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ayudará a Blogs recién nacidos como lo es PuroCuento, a abrirse un espacio en el
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original de esa idea.
martes, 6 de septiembre de 2016
domingo, 4 de septiembre de 2016
LA MAGIA DEL DOMINGO
Comparto con ustedes esta crónica que escribí hace varios años, en un domingo cualquiera, en la ciudad de Barranquilla
…Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y
reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.
Génesis 2:2.
Parece que los domingos trajeran adheridos en cada amanecer
ese letargo cósmico, ese cansancio infinito y una flojera crónica que nos quita
por completo las ganas de hacer algo productivo en todo el día. Los domingos
fueron hechos para descargar toda la pereza acumulada a cantaros en una semana
de absorbente ajetreo, de ir y venir; cinco o seis días de trabajo, estudio,
reuniones, etc. Y un día (algunas veces dos) al final de la exhaustiva semana
atiborrada de tanto estrés, para proporcionarle mas carga al maltratado cuerpo
en fiestas, parrandas, rumbas y demás jolgorios nocturnos.
En ese séptimo día de la semana todo parece distinto y
peculiar. El sol arde con más fuerza y arroja rayos de un amarillo intenso; los
colores tienen un matiz diferente, brillan de una manera altanera, como para
mantener el equilibrio ante la ausencia total de ruido y movimiento, los cuales
se toman también ese día de descanso.
No sé si el paisaje en verdad es diferente alcanzando su
máximo esplendor el día de su muerte (renaciendo con poco brillo en lunes), o
es una simple percepción de los agotados sentidos humanos, lo cierto es que ese
cambio en el entorno altera nuestras costumbres, nuestro rutinario estilo de
vida y nos lleva a realizar labores o tareas que no tienen cabida en los demás
días de la semana.
Hace un par de domingos, mientras disfrutaba de un
delicioso desayuno cargado en colesterol en uno de los almacenes de cadena más
importantes del país, vi como poco a poco la magia de ese séptimo día me
absorbía con rudeza. De un momento a otro como el inesperado tronar del firmamento
en un día de cielo despejado, solté los cubiertos dejándolos caer sobre la roja
bandeja que adornaba mi solitaria mesa, y comencé a mirar a mi alrededor
ignorando por completo el tentador y grasoso plato que me coqueteaba con su
exquisito perfume. Mis ojos se jactaron de un platillo mucho más interesante,
de situaciones que embarcaron a mi imaginación en un viaje de sutil locura y a
una interminable avalancha de emociones.
En la mesa que se
encontraba justo al frente de la mía, estaban un par de señores, sus cabellos
adornados por la nieve del tiempo mostraban que habían pasado hacia ya muchos
años las 50 primaveras. En las marcadas arrugas de la frente se podía leer
perfectamente el cansancio de toda una vida de lucha, y en sus profundas
miradas la extinta llama de la esperanza.
En su metálica mesa contrastaba el rojo lava de la bandeja
con el insípido verde de los vegetales que estaba consumiendo uno de ellos, y
con el verde intenso y provocador de una botella de la deliciosa cerveza
holandesa Heineken. Pero no fue la marchita apariencia de este par de
personajes, ni lo particular de sus desayunos lo que llevó mis sentidos y
completa atención hacia su mesa, para nada, fue su elocuente conversación, la
cual llegaba con claridad hasta mis oídos, la que interrumpió mi desayuno y me
sumergió en la misteriosa magia del Domingo.
El que disfrutaba con fingidos gestos del verde y saludable
plato de vegetales hervidos era el que mas fuerte hablaba, vestía suéter negro
deportivo sin mangas, pantaloneta juvenil de igual color y unos tenis blancos
con el famoso chulo de “Niké”. Este individuo de bigotes grises le comentaba a
su compañero sobre los últimos avances en el campo de la medicina, le hablaba
sobre los nuevos tratamientos para importantes dolencias y problemas de salud
de personas mayores. También hacia alusión a las nuevas drogas para el
colesterol, diabetes, osteoporosis, etc. A lo que decía le imprimía tal
seguridad que parecía ser un experto en el tema. El otro señor formalmente
vestido con pantalón de lino blanco, camisa gris y zapatos de cuero marrón, lo
escuchaba atentamente mientras en su cara se dibujaba cierta expresión de
éxtasis siempre que tomaba un sorbo de cerveza. Este personaje
considerablemente más robusto que el de la pinta deportiva hacia importantes
aportes a la conversación sobre medicinas y tratamientos que eran lo ultimo en
otros países. Al igual que su compañero sus palabras tenían talladas en cada
letra tal propiedad que no dudé un solo instante que se tratara de algún medico
compartiendo conocimientos con uno de sus colegas. cual grande fue mi sorpresa
cuando el individuo dueño del plato de vegetales al terminarse el ultimo
brócoli le dice a su acompañante: “viejo lucho si no hubiera estudiando derecho
creo que hubiese sido medico”, el otro le regala una leve sonrisa mientras mira
con nostalgia la verde botella de cerveza completamente vacía, se quita las
enormes gafas de su rostro y le responde con la voz bañada en melancolía: “la
medicina es muy bonita y mas a nuestra edad, a mí también me hubiera gustado
ser médico”.
Me dije de inmediato: << ¡caramba! Si estos
individuos fueran médicos, químicos farmaceutas o científicos, sin duda alguna
estarían dando importantes charlas a lo largo y ancho del planeta en auditorios
a reventar, y gozaran de fama y prestigio mundial debido a sus avanzados
conocimientos en la materia >>
Al instante de tan “apremiante” pensamiento, me llegó con
una fuerza volcánica una reflexión inesperada, y recordé de golpe todas esas
visitas a la camada de familiares con piel de papel arrugado y cabellos
desteñidos por la inclemencia de los años.
En esos exasperantes encuentros llegan como siempre los tan
acostumbrados y emotivos saludos y las infaltables frases de cajón: <<Ay
como estas de alto y simpático…..cada vez te pareces más a tu papá, ¿en que
curso estas ya? (Según la gastada percepción de estos amables dinosaurios voy a
seguir creciendo toda la vida y llevo mas de 20 años en el colegio)
Después de que indagan un poco en la vida de cada uno de
nosotros, y de preguntarme hasta la desesperación que en que curso estoy, y de
responderle cada vez con mas amabilidad y lentitud que hace años termine el
colegio, vienen los temas preferidos para estos seres de gastada voz y tierna
mirada: enfermedades, medicinas, dolencias y demás males de la vejez. Que no
son más que “achaques de viejo”.
Es en ese inmaterial estado del tiempo cuando se viene con
una furia extrema la avalancha de preguntas: ¿que tomo para este dolor?, ¿qué
me recomiendas para esta molestia?, ¿qué medicina es mejor para esto?, ¿qué
remedio en más efectivo para aquello?, ¿es mejor comprar la de marca o la
genérica?, ¿es normal que tal pastilla me de sueño?, ¿hasta cuando tengo que
seguir con el tratamiento?
En esas visitas eternas escucho gran cantidad de nombres de
medicamentos, de tratamientos, de dolencias, de partes del cuerpo que nunca
aparecieron en mis aburridas clases de anatomía. Ya casi rayando en la locura,
mientras mi papá en su calidad de medico empieza a recetarles un millón de
remedios para sus males reales e inventados digo para mis adentros: <<Nojoda,
acaban de decir tantos y tantos nombres de medicinas, y yo solo conozco el Dolex para el dolor de cabeza, y eso que vivo en la casa de un medico donde hay
cajas de pastillas y jarabes por todas partes>>
Esos desteñidos recuerdos, y el cuadro del par de señores
justo al frente de mi mesa, con su charla médica, sus desayunos tan particulares
e insípidos y la tristeza esculpida en sus miradas me hizo pensar con más
detenimiento en la vejez, en todo lo que viene con ella, en el sabio adagio que
dice que “la vejez no llega sola”, ¿pero que es lo que viene con la vejez? ¿Será
que lo único que trae la navegación de muchos años por los océanos de la vida
es una ingrata red llena de enfermedades, padecimientos, males y un saco inútil
atiborrado de conocimientos médicos que solo sirven para alimentar la angustia
e incentivar la invención de dolores? Llegué a la temprana conclusión que toda
esa experiencia que deja la suma de muchos amaneceres no sirve para nada en la
marchita etapa final de la vida, y terminamos todos sucumbiendo ante los
famosos achaques y preocupaciones por una quebrantada salud, producto no del
desgaste del cuerpo, si no por el abandono afectivo de los seres queridos, que
nos terminan confinando en el rincón mas oscuro, como a un mueble viejo que es
devorado día a día sin clemencia por el comején del olvido.
Miré una vez mas al dueto de veteranos y advertí que el
sujeto de camiseta negra y zapatos blancos deportivos se había marchado,
dejando a su compañero de debate contemplando en la soledad de una fría mesa de
electroplata, las grandes y apetitosas papayas que adornaban el sector de
frutas junto a la cafetería, mientras su pie seguía el compás de un merengue
dominicano y su cara volvía a pintarse de éxtasis con cada sorbo de la segunda
botella de cerveza, enseñándome que en ese momento no era viejo ni joven, que
en ese febril susurro de la mañana solo era un ser que disfrutaba de la
radiante belleza de las papayas, de las embriagantes notas de una trompeta y del
exquisito y afrodisíaco sabor de una buena cerveza. Me enseño en la distancia, sin
saberlo, que la vejez no llega de golpe, y que la vida nos entrena con esmero
para ese estado.
Ya cuando mi mente se despejaba del tráfico de reflexiones
sobre los adultos mayores, aprecie acercarse a la mesa que se encontraba justo
a mi derecha a un trío de individuos de abdomen hinchado, con bandejas
atestadas de comida rica en grasa, y orgullosamente vestidos con camisetas del
Atlético Júnior. De nuevo mi atención abandonó mi humeante plato y se postró en
la mesa de aquellos sujetos que aun no se habían terminado de sentar cuando ya
estaban engullendo con desesperación el collar de butifarras, chorizos,
morcillas y papas fritas que emperifollaban sus platos.
Enseguida me dije agregándole una pizca de humor al
pensamiento: <<erda, si el man de la camiseta oscura los viera, sin duda
alguna les pronosticaría un infarto en los próximos 5 años>>
Esos señores con el voraz apetito de una manada de leones
personificaron correctamente a ese tipo de personas que tienen al domingo no
como un simple y anhelado día de descanso, si no como un día glorioso de mundana
libertad. Donde pueden dejar a un lado la dieta de la semana y embuchar todo lo
que el estomago aguante, llenando el corazón y las arterias de grasa y a la vez
de felicidad. También tienen en ese día el escenario propicio para hartar
cuanta cerveza pase por sus manos, embriagando el alma de alegría. Y no llegué
a esta conclusión de sus gustos etílicos por la exuberante hinchazón de sus
vientres, mas bien fue por el deseo con que uno de ellos miro la verde y
tentadora botella de Heineken que bebía a sorbos pequeños el anciano de la mesa
de enfrente, y por la cara que puso al mejor estilo de Homero Simpson mientras
evocaba una cerveza imaginaria: <<hmmmm cervezaaa>>
Estos tres adictos al colesterol, que al igual que yo solo
deben conocer algún tipo de pastilla para el dolor de cabeza y como mucho una
sal de frutas para la indigestión, mostraron la viva imagen del hombre que cumple
al pie de la letra el primer mandamiento del Barranquillero: “amar a Júnior
sobre todos los equipos del mundo”, en algunos casos diría yo, no solamente
sobre todos los equipos, si no sobre todas las cosas.
Si había una pinta segura en toda la semana era la del
domingo, la acostumbrada camiseta rojiblanca del Júnior de Barranquilla, esa
estaba lista desde la noche anterior para en la mañana tenerla puesta lo antes
posible, seguramente para enviarle las buenas energías en calidad de ferviente
hincha al equipo amado desde temprano.
Fue ahí, de inmediato cuando pensé: joda verdad, hoy juega
el Júnior, debería ir al estadio. Pero también recordé lo corto que estaba de
plata y de tajo corté ese plan de la tarde.
Cuando levanté nuevamente la mirada ya los tres hombres se
levantaban de la mesa dejando sobre su metálica planicie los platos de icopor
completamente vacíos y limpios, como si nunca hubieran reposado en ellos tales
alimentos. Es mas, uno de los platos tenia algo que se me hizo parecido a una
violenta mordida, otra vez riendo para mis adentros me dije: <<estos
manes si que tenían hambre>>
Los vi desaparecer con los rostros bañados en satisfacción,
de pronto no por el engullido festín, más bien, pensé yo, por lo que venía
después de ese exagerado desayuno. Con la barriga mas abultada, producto esta
vez si, de su infinita glotonería, y luciendo con mas orgullo que antes la
camiseta de rayas rojas y blancas con el flamante numero 10 en la espalda, se
perdieron ante la romería de compradores en las cajas y se hundieron en el
resplandor matutino de la salida del almacén.
Habiendo desaparecido las distracciones en la cafetería me
propuse a terminar de una vez con todas con mi desayuno, el cual ya estaba
comenzando a perder ese fragante ardor y sublime encanto que tenia cuando se
poso sobre mi bandeja escarlata, para así continuar con las labores del domingo
que no serian otras que una larga y serena visita a unos familiares de
cabellera blanca, y sucumbir ante los hechizos de la programación de televisión
extranjera durante el calor de la tarde. Pero otra vez me resulto imposible
enfilar mi completa atención en la afanosa tarea de darle muerte a ese apetitoso
manjar, pues hizo su aparición en la álgida escena de la cafetería, entre los
obstáculos imperiosos de mesas y sillas regadas, una hermosa mujer de no mas de
23 años de edad, con una figura provocativamente esbelta y fresca, con su rubio
y húmedo cabello amarrado en una cola de caballo haciendo perfecto contraste
con su tersa piel de nácar, y una insinuante pinta que solo puede ser usada en
el abrazante clima del litoral caribe.
Anhelé de corazón que se sentara en mi mesa y me regalara
el resplandor inmaculado de su compañía durante el poco tiempo que faltaba para
terminar mi eterno desayuno, pero mientras absorbía la elipsis de su aromática
estela, una mano la apretó con propiedad y cariño por la muñeca y la condujo a
una mesa algo distante de la mía, pero al completo alcance de mi entrometida e
inquietante mirada.
Su rostro se ilumino con una gracia casi infantil al chocar
su mirada con la del compañero considerablemente mayor que la observaba con una
devoción al borde de lo religioso. Se abrazaron y besaron con demasiado amor
para ser novios, y definitivamente con mucha pasión para ser una pareja de
esposos. De pronto podrían estar recién casados, pero no vi anillos que
respaldaran mi curiosa suposición. Fue entonces cuando otra vez el delirante
encanto del séptimo día de la semana jugó con mi razón e hizo trizas mi cordura
llenando mi mente con chorros de fantástica locura, haciéndome ver a esos dos
enamorados como las frenéticas presas de un amor prohibido, las cuales
desbordan el sentimiento de sus pechos en el gélido refugio de un almacén de
cadena, entre las miradas chismosas de una cuadrilla de desconocidos y la
apacible caricia de las robustas y tiernas guayabas en el mostrador de frutas,
mientras consumen casi sin darse cuenta, un desayuno artificial que preste las
energías necesarias para poder soportar la potente tempestad de la faena de
amor del resto del día.
Mientras mas me adentraba a galope firme en la llanura de fantasías
desbordadas, me asaltó otra vez la luz de la sensatez, y me dije: <<erda
me voy a volver loco pensando tantas pendejadas, mejor me como esta vaina
rápido y me voy de aquí, nada de vejez, medicamentos, salud, cerveza, Júnior y
amor>>
Así que trinché con vigor el último trozo de salchicha
embarrada en salsa de tomate y me lo llevé a la boca, tragándolo casi entero,
bebí el ultimo sorbo del ácido jugo de maracuyá, me limpié los labios con la
servilleta y me dispuse a salir de ese lugar antes de seguir pensando en vainas
raras.
Al salir del almacén, mientras mis ojos se reponían de las
puñaladas del resplandor de la mañana, medité un poco sobre lo sucedido en la
cafetería, y mi única conclusión fue que el domingo me había presentado todo su
extraordinario embrujo en la vida e imagen de diferentes personas, las cuales
son todas mundos distintos, que forman en conjunto, este universo de locura de
la humanidad, que a veces pasa tan desapercibido en los demás días de la semana
donde solo queda tiempo para medio almorzar a las carreras y llegar a tiempo al
sitio de trabajo, medio saludar a la familia y empotrar la mirada en el
hechizante brillo de la televisión. En fin, en tanto ajetreo solo tenemos
tiempo para medio respirar, medio observar, medio amar, medio vivir.
Caminé por la calle pensando un poco aliviado, que en el
sombrío y gris despertar del lunes mi aguda percepción y delirantes sentidos
estarán enfocados otra vez en lo mismo, mientras con el pañuelo secaba el
rebosado brote de sudor en mi cara, y con el pecho hinchado dije a viva voz:
¡nojoda que sol tan hijueputa, tenia que ser domingo!
domingo, 28 de agosto de 2016
SUPERACION
Frontera celestial de sueños tristes
que frenas mi explosión sobre la cama
sujeta con firmeza aquella sábana
para no cruzar la raya que lo impide
Que se viste de gris con sus matices
destruyendo la pasión que me reclama
un trago alicorado en las mañanas
para sentir que el fuego aun existe
Y que arde con sus llamas elevadas,
manos largas sin guantes que se visten
del deseo fulminante que me embiste
de pararme algún día de esa cama
Y quemar el aire que rodea aquel fracaso
pestilente acero que irrumpe en mis entrañas
sujetando con su funda aceitosa mi garganta
para postrarme en el charco recio del ocaso
Porque quiero saborear el trago triste
mantenerlo vivo en mi boca con las llagas
que ha dejado el paso ardiente de esta daga
cercenando el éxito de un mundo que no existe
Para disfrutar así del beso fogoso de un buen triunfo
sobre las telas rasgadas de estas sabanas
que me quieren mantener absorto en su tejido
y evitar que explote mi valor sobre esta cama
Alvaro Ruiz Reyes
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes
viernes, 26 de agosto de 2016
A MI ABUELO
Hoy una vez más, y como en los últimos
15 tempestuosos días de este agosto interminable, desperté pensando en ti. ¿y cómo
no hacerlo? ... tu inesperada partida de esta tierra dejó un inmenso vacío que jamás
será llenado, lo sé. Pero el recuerdo mágico de tu existencia, y de tu extraordinario
paso por mi mundo brillará por siempre, más allá del sentimiento de congoja,
del tiempo que se esfuma, de la vida que avanza…y de la muerte misma.
Estos 15 días de un mundo opacado
por tu ausencia material, han ido transformando el ritmo de los latidos de mi
pecho, la forma en que recuerdo tus palabras firmes, tu voz de trueno, tus
hazañas en el mundo de la radio, y en tu maravilloso rol de abuelo. Han pasado
de ser sentimientos meramente tristes, llenos de dolor, arrepentimiento y en
algunas veces de rabia, a convertirse en un manso lago de melancolía, en donde
un suave viento de ternura y nostalgia impulsan sutilmente una balsa cargada de
reminiscencias.
Quiero recordar hoy con estas
letras que surgen del sentimiento profundo que me embarga, no al genio detrás de
los libretos de código del terror, la ley contra el hampa, casta de valientes y
demás obras que te hicieron figura en un medio ingrato que amaste con locura, incluso,
hasta el final de tus días. Ni a la
prodigiosa mente untada con un talento excepcional que machacaba la máquina de
escribir en un sinfónico abrazo creador de grandes y fantásticas historias. No,
mi memoria vestida con el grueso abrigo de la nostalgia se posa plácidamente sobre
aquel abuelo, padre y maestro. Esos recuerdos estupendos de una época pasada y
remota de risas infantiles y algodón de azúcar en el parque Suri Salcedo de nuestra
amada Barranquilla, vienen con imágenes perdidas de un color débil y pálido.
Con sabor a coca cola de la tienda, pan de bono del Ley de la 72, y confites
infinitos que salían todas las tardes del bolsillo de tu camisa. Llegan a mi
mente maltrecha con un perfumado aliento a tinto y cigarrillo de las oficinas
de caracol radio donde “regalaste” parte de tu imaginación y tu talento, y
donde me llevaste algunas veces a ser partícipe de la materialización de tus
sueños. Estos recuerdos desteñidos por el andar exasperante e inclemente de los
años en la superficie de mi vida, con boleros, rancheras y vieja música tropical
como melodía de fondo, están saturados por la ternura, el amor, por tus enseñanzas
y consejos. Como aquella noche remota de un domingo olvidado, en cercanías de
una pequeña tienda a orillas de la carrera 46, cuando me dijiste con tono enérgico
y con la amplitud de tu portentosa voz: “Te
tiene que ir bien el colegio, siendo hijo de quien eres, y más aún, siendo
nieto de quien eres” suavizaste luego el regaño con una sonrisa, una coca
cola helada y una historia de terror de la vieja Barranquilla.
Siempre recordaré tu figura en tu
habitación en Plazuela del Carmen, de espaldas a la puerta, sentado al borde de
la cama, escuchando grabaciones de tus programas viejos. Devolvías la cinta una
y otra vez escuchando apartes de tu enérgica voz. Yo seguía en la distancia todos
los movimientos en tu “sagrada comunión”, sin que advirtieras mi presencia y yo
sin saber el porqué de aquel extraño ritual. Solo disfrutaba de aquel ferviente
acto y me gustaba pensar que, en ese inmaterial instante, yo era el único oyente
de tu programa de radio, y que tenía en exclusiva, la espectacular esencia de
tu talento y creatividad. También recordaré aquellas tardes de brisa fresca
cuando iba a visitarte en Discos y licores, uno de mis lugares favoritos en
todo el mundo en esos días infantiles. El trayecto por la 72 y su ajetreo
constante, el bullicio de los vendedores ambulantes, los almacenes de ropa, los
diversos olores a gasolina quemada y arepa asada. Pasar la tarde escuchándote hablar
con los clientes y amigos sobre la música de oro de tiempos mejores y de aquellos
maravillosos artistas sepultados por el olvido de los años, mientras acababas con
vehemencia con el termo de tinto y la caja de cigarrillos. Aprendí a amar esa arcaica
música de otra época gracias a ti, gusto que aún conservo y que tendré toda mi
vida, con todas las valiosas enseñanzas y datos relevantes que nos dejaste para
disfrutar esas obras y artistas, más allá de la melodía misma, a un nivel
superior.
Tu presencia siempre fue una constante
en mi existencia, tus historias de espantos, tus anécdotas radiales, tus peleas
con figuras de la televisión, de la radio y de las letras. O con cualquier
pobre cristiano que te discutiera algo con pocos argumentos … te lo comías vivo
con datos, fechas, lugares y citas exactas. El hecho de cumplir años un día
antes que tú, nos daba cierta complicidad a la hora de las felicitaciones
correspondientes, siempre terminaba la llamada diciéndote: “gracias por llamarme ñoño, mañana te llamo yo a ti”. Ahora se me
arruga el corazón saber que más nunca haré esa llamada el día después de mi
cumpleaños, o por lo menos no de la forma acostumbrada con los medios de
telecomunicaciones de este mundo, sino con el pensamiento y el corazón con sus
latidos como tono. Mis manos no volverán a tocar las tuyas, ni sentiré nuevamente
el calor de tus abrazos y besos en la mejilla. Porque partiste definitivamente
de este mundo, Dios te llamó a su regazo para animar con tu gracia e imaginación,
en otro plano espiritual, en la eternidad, con un programa radial que no
acabará jamás.
Termino este sincero escrito
elevando con amor mis manos al cielo, para agradecerte por todo lo que en vida nos
diste, por tu esfuerzo y trabajo en momentos de crisis; por tu sangre y tus
genes. Por regalarme la dicha de tener, al igual que mi padre, tu nombre, y poder
habérselo dado a mi primogénito. Y como me lo escribiste en aquel hermoso poema
de antaño: “Soy lo prolongación de tu existencia”. Y viviré de la mejor manera
posible, para que donde estés te sientas orgulloso de este nieto, que en
silencio te amo, te admiró y respetó, y te seguirá amando, admirando y
respetando … siempre.
lunes, 22 de agosto de 2016
PURO CUENTO
PURO CUENTO
La vida transcurre en un ir y
venir de historias que vamos acumulando y guardando celosamente en nuestra
memoria. Nos reducimos entonces en meros cuentos de momentos vividos y pasados,
pero que brillan en nuestros recuerdos con un fulgor infinito y puro. Al mismo
tiempo, estos entrañables momentos vuelven a la vida cuando traspasan la
barrera de los pensamientos y se comparten con los demás, ya sea a viva voz, o
por la magia inmortal de las letras y la literatura. Muchos de esas historias han
sido vivencias, experimentos de la razón en un espacio y tiempo real, en cambio
otras, muy especiales, por cierto, son producto del parto exquisito de la
imaginación, de una rueda que no se detiene nunca, impulsada por la magia, la
fantasía y la explosión atómica de la locura.
Estas historias que hacen parte
de nuestra existencia individual se presentan al mundo de diferentes formas:
algunos se van por el camino largo, detallando sucesos, lugares, personas,
sentimientos, acontecimientos, etc. Con expresión sencilla y cotidiana, o con
el decorado sublime de la riqueza literaria. Manejan ritmos pausados, un andar
tranquilo sobre la llanura, y de repente, sobresale una montaña de emoción que perturba
la calma del mundo, precipitando el pulso, hasta encontrar otra vez, esa mansa
corriente de la estabilidad, aguardando la sorpresa de otro inesperado pico de
sensaciones. Otros, caminan con celeridad y fuerza desde el principio, llegando
directo al grano, al hecho, al motivo. Dejando al descubierto la intención después
de un muscular paseo por el relato, no sin despreciar el misterio, el suspenso,
la pasión y la riqueza de la forma en que se cuenta. También hay unos, que se
deslizan en la forma y coquetean con el fondo. Decoran la historia, la
embellecen, le marcan reglas, pautas, métrica y le dan alma. Un sentimiento en
cada frase, un latido especial en cada silaba, una gota de sangre y aliento en
cada letra.
Los anteriores son solo algunos géneros
literarios que se utilizan para contar una historia, dependiendo quizá del ánimo
del “contador” del suceso, y al mismo tiempo, de la intención de éste sobre los
efectos que su narración tendrá en la persona que recibe el relato, y que en
ese sutil y vaporoso momento recrea en su mente, haciendo suya la vivencia de
otro ser. Dándole colores a los sentimientos que otro le está contando, gestos
a los personajes, aromas a las situaciones, luz a los lugares y recordación con
latidos acelerados.
Por eso no importa si es una
novela, un cuento, o un poema. Al final es una historia que lleva una
intención, un mensaje y un mar infinito de emociones que se desborda a través de
nuestros ojos e inunda nuestra mente con un salino beso de imaginación y creatividad.
Es un sorbo acalorado de magia infinita, cascada diáfana de luz que moja nuestro
espíritu maltrecho, llenándolo de sensaciones alucinantes. Siendo la literatura
ese camino… largo, corto, real y ficticio al mismo tiempo. Puerta abierta a la
felicidad.
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