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lunes, 31 de octubre de 2016

OJOS AZULES, Presencia enloquecedora (Final)



PARTE FINAL





Recuerdo el día en que visité la casa de Orlando. El sol emanaba un calor tan intenso como ningún otro día de ese mes. Estaba en el carro, parqueado frente a su casa con un temor singular por conocer la verdad. La casa a simple vista parecía estar deshabitada, pero me di cuenta que las ventanas se encontraban abiertas y se escuchaba a lo lejos la melodía de una balada. Me bajé del auto sin mucha prisa y me dirigí a la puerta de la casa. Toqué el timbre y esperé, quizás unos cuantos segundos, pero no hubo respuesta. Volví a tocar el timbre y mientras seguía en mi angustiosa y sofocante espera, recordaba aquellos momentos cuando Orlando era un frecuente visitante de mi consultorio, de aspecto lánguido y rostro que plasmaba una interminable agonía y dolor. Un hombre de no más de 30 años con una importante enfermedad que comprometía sus pulmones. Pero mi rápido viaje a través del tiempo fue interrumpido por la puerta que se abrió: 

- ¡Doctor pero que sorpresa! – dijo mi antiguo paciente evidentemente contento.

Su aspecto no había variado mucho luego de varios meses desde la última vez que nos vimos, cuando me entregó el cuadro, a excepción de su mirada que se notaba claramente llena de vida. 

- ¿Que lo trae por acá doctor? Vamos pase, ésta en su casa – me dijo con tono familiar 

- Muchas gracias Orlando – dije mientras cruzaba la puerta.


Siempre he sido consiente que la relación entre un médico con su paciente se desarrolla mucho más rápido y de manera franca y honesta que la de dos amigos cercanos. Conocía muchos detalles de su vida, como el fracaso de su matrimonio, pero a pesar de esto, no podía dejar de sentirme incómodo. Supongo que siempre me he sentido incómodo con cualquiera. 

Me senté en el sofá de la sala ocultando la ansiedad que estaba por desbordarse a ese punto de la visita. Él se me acercó y me ofreció un café, pero dije cordialmente que no. Le pregunté cómo iba su salud, a lo que respondió.

- Muy bien doctor. Gracias a usted puedo seguir con mi vida –

No respondí nada. No tenía ánimos de seguir una charla que no llevaría a nada ni mucho menos la fuerza para fingir una respuesta cordial. Estaba destrozado mentalmente en ese punto de mi vida. Simplemente me quedé allí, mirando a un vacío en mi mente y esperando la respuesta a una pregunta que ni siquiera me había animado a formular. 

- Doctor ¿qué le pasa? – Dijo él con un tono más serio

La pregunta era sencilla para responder, pero difícil para pronunciarla. En ese punto pude darme cuenta que la mujer del cuadro no solo controlaba mis emociones, sino también manipulaba mi mente. Con gran esfuerzo pude sacar las palabras que tanto deseaba pronunciar.

- ¡el cuadro! –

- ¿el cuadro? – dijo él mientras se inclinaba hacia adelante

- Si, el cuadro que usted me dio hace tiempo, ¡hábleme de él! –

Miré la expresión de su rostro y esperaba ver plasmada la viva imagen del misterio, pero fue todo lo contrario. El hombre sonrió y tomó un sorbo de café y se quedó allí mirándome con esa sonrisa que me resultaba imposible descifrar. Se levantó de la silla en la que se encontraba, justo al frente mío y dijo: 

- Mi abuelo solía llamarla “la reina desnuda – pausó – Según cuenta mi abuelo, ese cuadro lo pintó un viejo amigo suyo de la escuela. No recuerdo su nombre, creo que era algo como “Joselito” no estoy seguro, pero sé que era un estupendo pintor. Y bueno ese cuadro le fue obsequiado a mi abuelo como una muestra de afecto. Significaba mucho para él, desde entonces, ver ese cuadro colgado en la sala de la casa – 

Me resultaba difícil creer esa historia y me pareció raro que me regalara el cuadro, a pesar del valor emotivo y sentimental que tenía

- ¿Y entonces por qué me regaló el cuadro? – Pregunté, atento a la expresión de su rostro.

- Doctor, usted salvó mi vida y estoy enormemente agradecido. No sabía cómo pagarle, así que decidí entregarle algo que tuviera un enorme valor sentimental para mi familia y para mí – 

Sus ojos se cristalizaron y dio media vuelta para ocultar sus lágrimas. Por un momento pude sentir una paz interior, aquella que había perdido hacía algún tiempo y me limité a decir: 

- Es usted una persona muy amable y sincera. Muchas gracias –

- Gracias a usted doctor – dijo mientras giraba su cabeza hacia mí 

Era imposible encontrar malas intenciones en sus acciones. No descartaba la posibilidad de que estuviera mintiendo, pero sus palabras resultaron convincentes. Entonces rondó por mi mente un pequeño detalle de gran importancia: El pintor del cuadro. 

- ¿Y sabe usted que es de la vida del autor del cuadro? - 

- Se suicidó – dijo – lo encontraron sentado en una silla en medio de su taller, con un tiro en la cabeza y sosteniendo aún el revólver con su mano izquierda- 

- Ya veo – dije con cierta satisfacción, como si aquella respuesta explicara todos los sucesos diabólicos que rondaban en torno a ese cuadro. 

- Dicen que fue por problemas económicos – continuó – pero sospecho que había algo más que lo condujera a tan aberrante final-

- ¿Por qué lo dice? – Pregunté. 

- Lo conocí muy poco, pero siempre me pareció un hombre extraño. Y desde niño siempre me dio la impresión de estar obsesionado con sus cuadros. Le obsesionaba que las miradas de sus personajes fueran perfectas, pero, en fin, solo estoy diciendo locuras –

Estuve a punto de decirle todo lo que estaba ocurriendo en mi casa, pero algo me detuvo. Quizás el temor de ser visto como un desquiciado se imponía sobre mis actos. Quería creerlo. 

- ¿Sería mucha molestia si pudiera ver una vez más el cuadro de mi abuelo?– dijo, deteniendo el caos que se generaba en mi cabeza 

Sin titubeos le dije que sí, y ambos nos embarcamos en el auto directo a la “casa del horror” 

En el camino fuimos conversando sobre el partido de futbol del día anterior, el cual no había visto pero sí había escuchado comentarios en la radio. 

Llegamos a la casa y tan pronto cuando nos bajamos del auto, pude sentir ese aire de tristeza y sufrimiento que tanto me enfermaba. Entramos a la casa y de inmediato se pudo ver el cuadro, glorioso a la vista de todo el que entrara, resplandeciendo el lugar y ocultando su terrible y demoniaco secreto. Orlando se quedó allí, en el umbral de la puerta observando detenidamente el cuadro, como si fuera la primera vez que lo hubiera visto. Se acercó lentamente, a paso hipnótico, sin quitarle la vista. Yo me limitaba simplemente a observar sus acciones. Y de repente se detuvo a mitad de camino, volvió su mirada hacia mí y sonrió. Era una sonrisa plena, como si su felicidad estuviera completa. Me extrañó mucho su mirada, por lo que le dije:

- ¿Qué ocurre? –

- No es nada – respondió – simplemente había olvidado esa mirada-

Sus palabras fueron como una estaca directamente clavada al corazón. No entendía el sentido de sus palabras, no comprendía nada. Mi mente quedó en blanco y sin capacidad de razonar. 

Orlando se acercó a mí y colocó su mano derecha en mi hombro izquierdo y me agradeció por permitirle ver el cuadro de su abuelo y que era hora de marcharse. Le dije instintivamente que lo llevaba a su casa, pero dijo:

- Está bien doctor, no se preocupe. Yo caminaré hasta mi casa…. Me siento con ánimos en esta mañana- 

No lo detuve, no pude hacerlo. Simplemente lo vi irse y perderse entre las personas, volteando su mirada una sola vez para decir adiós.



Aquel martes de septiembre fue particularmente aterrador. Mi familia ya me había abandonado hacía un par de semanas y desde entonces me sentía desprotegido ante esa fuerza demoniaca que cada día se adentraba más y más en mis emociones. Regresaba a casa a altas horas de la noche evitando estar en lo más mínimo con esa mujer merodeando por doquier. Me quedaba un par de horas más en el consultorio haciendo cualquier cosa que me ocupara la mente, o simplemente me iba a la tienda de la esquina a esperar que el tiempo recorriera su camino, tomando un par de cervezas y en ocasiones entablando una conversación con el dueño de la tienda. Tan pronto como llegué a esa espeluznante casa del horror, pude verla ahí, con todos los focos apagados. Era total la oscuridad, así como el interior de mi mente. Me quedé un par de minutos en el interior del auto, tomando fuerzas para entrar a “mi hogar” y poder dormir. Por más extraño y contradictorias suenen mis palabras, aquel cuadro se había apoderado por completo de mí. Dependía de él y me atormentaba en cada momento de mi vida. Estaba adicto a esa mujer de ojos hermosos y demoniacos. Transcurrieron unos diez minutos, tal vez más, hasta que pude bajarme del auto y entrar a la casa. Me dirigía lentamente con las llaves rebozando en mis manos y cuando estuve en la puerta, preparé mis oídos para escuchar una vez más esa melodía que no tenía origen alguno. Entré a la casa y todo estaba oscuro y sorpresivamente en silencio. Sentía más temor como ningún otro día. No sabía qué se podía esconder entre las cortinas de soledad y oscuridad que se alzaban ante mis ojos. Rápidamente busqué el encendedor de la lámpara que estaba a no menos de unos cuantos centímetros de la entrada, hasta que por fin lo encontré. La luz se encendió, cegándome con su resplandeciente luminosidad. Dejé caer el bolso que llevaba colgado en mi hombro derecho y di unos cuantos pasos hacia adelante hasta llegar al pie de la escalera. Tenía mi vista puesta en el suelo, y tan pronto la alcé estuve al frente del cuadro. Mis ojos no podían creer lo que era testigo y pronto la angustia y el temor se hicieron casi palpables; la mujer no estaba en la pintura. Una simple imagen de una habitación adornada con la Venus del espejo se había convertido aquella obra que deslumbraba a visitantes y atormentaba mi vida. Pronto un río de lágrimas recorría mi rostro y caían impregnándose en mi camisa. Con un movimiento agresivo, giré mi cabeza hacia la derecha, donde estaba el comedor y no vi nada. Rápidamente di un giro hacia la izquierda, directo a la sala, y pude presenciar a lo lejos, sentado en un sofá, entre penumbras y dándome la espalda, la silueta de una persona. Quedé petrificado, mirando lo que quizás sería la viva imagen de la locura. El temor se desvaneció, las lágrimas desaparecieron de mi rostro y solo quedó un ente vacío en un cuarto penumbroso. Sin ser consciente de lo que hacía caminé directo a lo que podría ser mi final. Solo podía distinguir la silueta de su cabeza, y pude notar el castaño de su larga cabellera. Me Detuve a unos cuantos pasos de lo que ya estaba seguro de que era la mujer del cuadro, y me quedé observándola. Quería tocarla y comprobar que era real lo que estaba siendo testigo, pero una fuerza mayor a mi cerebro detuvo mi brazo. Sin darme vuelta y sin quitarle los ojos de encima a la presencia fantasmagórica caminé hacia la puerta de la casa tan lentamente sin hacer ningún ruido. Di un último vistazo y cerré la puerta y me encontré aplacado por la luz de la luna situado en un rincón apartado del cielo. Mis piernas no podían sostener más el peso de mi cuerpo, y pronto caí rendido al suelo sin fuerzas ni siquiera para gritar. Me quedé derrumbado en el asfalto y esperé tranquilamente hasta perder la conciencia y caer rendido a lo profundo de mis sueños.


La mañana siguiente desperté con un terrible dolor cervical, el cual impidió que me levantara rápidamente del suelo. Sin poder siquiera comprender y analizar aquel inusual suceso de la noche anterior, entré con mayor tranquilidad a la casa y pude ver el cuadro, colgado en la pared de la escalera, con la mujer posando su mirada a mi destrozado ser. Todo tipo de emociones afloraron a partir de esa última mirada que lanzó con aquellas malas intenciones. El miedo pronto fue disipándose y dio lugar a una ira incontenible que encendía el más puro odio que jamás había sentido por algo o alguien. 

- ¿Qué miras? – dije a la mujer del cuadro con un tono de voz alto

La mujer se quedó ahí, sin darme respuesta alguna y solo mirándome con esos hermosos ojos azules.

- ¡Maldita sea! ¿qué quieres de mí? Me quitaste todo lo que quería y amaba y me dejaste abandonado, por favor dime ¿qué carajos quieres de mí? – 


Pero aquella dama de exuberante cuerpo y hermosos ojos azules, permanecía estática, mirándome fijamente a los ojos. En un arranque de locura mezclada con odio y enojo acumulado a lo largo de intensos meses cargados de miseria y dolor, corrí hacia las escaleras, tomé el cuadro y de un golpe rompí la pintura en pedazos. Sin quedar satisfecho y con el odio hirviendo la sangre en mis venas, tomé lo que quedaba del cuadro y salí de la casa. Arrojando los restos a la mitad de la calle, tomé el carro y pasé una y otra vez encima de ellos hasta ver los restos esparcidos en el asfalto. Detuve el auto en la mitad del camino y me bajé con mucha prisa hasta caer arrodillado en el agrietado suelo. Grité con una fuerza que provenía de lo más profundo de mi corazón:

- ¡Por fin te has ido puta! – 

Y quedé arrodillado en la mitad de la calle, rodeado por varios vecinos curiosos que no ocultaban su cara de temor y asombro al ver mi rostro desquiciado de victoria……


Han estallado varios amaneceres después de la destrucción física de aquella pintura del infierno, pero aquellos ojos azules siguen mirándome en las noches. A pesar de haber destruido por completo ese cuadro, no he podido sacar de mi mente esa mirada encantadora, perversa, malvada, delirante……. Pero eso acabará pronto. Con el revólver que sostengo en mi mano izquierda terminaré finalmente con mi sufrimiento, y pronto me hallaré en una bolsa plástica con los sesos desparramados y una sonrisa victoriosa plasmada en mi rostro.





FIN



Un cuento de:
Miguel Ángel Ruiz Reyes

lunes, 24 de octubre de 2016

OJOS AZULES, Presencia enloquecedora (Parte I)



Comparto con ustedes éste espectacular y espeluznante Thriller psicológico, escrito por mi hermano Miguel Ángel Ruiz. ¡Que lo disfruten! 


PARTE I




El chirrido del mecedor en el que me encuentro sentado me tiene al borde de la desesperación, pero más que nada, la soledad me tiene al borde de la locura. Todo gracias al cuadro que había recibido como obsequio de un paciente, hace ya más de 4 años. A pesar de haberlo destruido, su imagen sigue perturbándome, y hasta el día de hoy, en el que pienso acabar con mi soledad, recuerdo el día en el que llevé a casa el cuadro que me acabaría por completo.

Era un lunes 13 de abril y recuerdo con exactitud el fuerte viento que concurría. Los arboles de la calle se mecían agresivamente dando la impresión de que se desprenderían de la tierra en la que habían nacido. Regresaba a la casa, dichoso de haber escuchado las palabras de agradecimiento de un paciente, y sobre todo, el “regalo” que me había dado. Era obvio que se trataba de un cuadro. Estaba envuelto en papel periódico, haciendo que no se apreciara la imagen que se encontraba ahí. El paciente, cuyo nombre no quiero mencionar ahora, me sugirió que mirara el cuadro, pero no accedí. Quería verlo junto con mi familia y así detallarlo junto con ellos. En fin, regresaba a casa en el automóvil que había comprado hace un par de meses junto con el misterioso cuadro que tanto ansiaba observar. Al llegar a casa, salí rápidamente del carro y me dirigí hacia el baúl en busca de la obra de arte. Cuidadosamente lo saqué del carro y lo sostuve fuertemente en mis brazos, para que no se me escapara debido a la fuerza del viento. Rápidamente me dirigí hacia la puerta de la casa y entré. Ya adentro, escuchaba las voces de los niños y un tenue sonido de la guitarra de mi hijo mayor se oía a lo lejos. Caminé hacia la sala y apoyé el cuadro en la pared. En eso mi esposa Karen apareció:

- Qué bueno que llegaste. La cena está casi lista- posteriormente me dio un beso

- Que bien, pero antes quiero mostrarte algo. Es un regalo que me dio un paciente- 

Giré mi cabeza, y señalándole el cuadro le dije:

- Mira, ahí está-

- Pues vamos a descubrirlo, ¿qué estamos esperando? - me dijo con cierta emoción 

Los dos nos arrodillamos en el suelo, y comenzamos a partir el papel periódico que cubría el cuadro. Con emoción destrozaba el papel, y por un momento recordé me niñez, cuando me despertaba en ese 25 de diciembre a ver los regalos que había traído el niño Dios. Lentamente la imagen se dejaba ver. Observé unas gruesas piernas y un piso ajedrezado. Con emoción, seguía destrozando el papel, hasta que la pintura se vio con claridad. Quedé maravillado con la imagen que estaba en frente de mis ojos. Era una mujer semidesnuda de fascinante belleza con muslos exageradamente gruesos que aumentaban curiosamente la exuberancia de su hermosura. Se encontraba apoyada en una pared, posando de manera sensual para el misterioso pintor del cuadro, invisible a la vista de todos. Atrás, no muy lejos de ella, se distinguía el famoso cuadro de “La Venus del espejo” de Velázquez, pero más que nada quedé sorprendido por su mirada sensual, pero a la vez malévola. 

- Pero está muy bonita la pintura- me dijo Karen mientras detallaba el cuadro

- ¡Opino lo mismo! -

- ¿Pero en donde lo colgamos? - dijo mientras miraba a su alrededor

Comenzamos a mirar a nuestro alrededor buscando el sitio indicado para colocar el cuadro. Mi vista se fijaba en posibles lugares en donde podría lucir, pero ninguno era lo bastante digno como para colocar tan semejante belleza, hasta que mis ojos localizaron el sitio perfecto. Se trataba de la pared de las escaleras, ideal para que fuera visto por los huéspedes y demás personas.

- Karen mira en las escaleras. Es el sitio perfecto para colgar el cuadro- le dije señalando el lugar

- ¡es verdad! Vamos a colocarlo de una vez, y así cuando los niños bajen a cenar, se lleven una sorpresa- contesto ella entusiasmada

Tomamos el cuadro entre los dos y lo llevamos con suma delicadeza hacia las escaleras. Por fortuna había un viejo clavo puesto en la pared, que en un pasado tuvo la función de soportar otro cuadro, menos vistoso y hermoso que el que sostenía en mis manos. Subimos unos cuantos escalones y silenciosamente colgamos la llamativa pintura en la pared. Luego de tal acción mi esposa Karen subió al segundo piso, mientras tanto, me quedé parado en medio de las escaleras, observando la hermosa obra de arte que me habían regalado. Observaba el majestuoso y curioso cuerpo de la mujer, pero más que nada, admiraba los maravillosos ojos que tenían aquella ficticia dama; Azules como las aguas del mar Caribe o como el cielo en una tarde de junio. Realmente eran los ojos más hermosos que había visto. Por un momento sentía como me sumergía en sus ojos, y navegaba en sus azules aguas. Pero de repente, algo en el cuadro me resulto angustioso. No veía nada malo, pero sentía un escalofrió en todo mi cuerpo. Los vellos de mis brazos se erizaron y mis piernas no respondían a las órdenes de mi cerebro. Solo me quedaba ver la mujer en el cuadro, que me miraba con ojos malignos.

- ¿Papá que nos trajiste? - gritaba Andrés, mi hijo menor emocionado mientras bajaba las escaleras. Detrás suyo lo seguía mi querida hija Juliana gritando –mi mamá dice que nos tienes una sorpresa-

El terror que sentía se desvaneció como una cortina de humo, al igual que el rostro perverso de la mujer en el cuadro. Abracé a los dos cariñosamente y de inmediato les mostré la pintura sobre la pared. Para mi sorpresa, los dos se mostraron un tanto decepcionados, y lo reflejaban diciendo: – pensaba que era un juguete – 

Sin darle mayor importancia a los niños giré mi cabeza para saludar a mi hijo mayor Ernesto, de 15 años, que se encontraba bajando las escaleras. Me saludó con frialdad, como si fuera otra de sus rutinas diarias. En fin, nos reunimos todos en el comedor, y cenamos de manera emotiva y calurosa, reflejando el buen momento que estábamos pasando a nivel personal. El resto de la noche transcurrió con normalidad. Nos retiramos a nuestros respectivos cuartos y nos preparamos para dormir. Por mi parte me quedé mirando la televisión por algunos minutos, hasta que caí en un profundo sueño.


Desperté en medio de la noche sin motivo alguno. Simplemente abrí los ojos y me levanté de la cama, sin siquiera saber lo que pasaba. Miré a mí alrededor, y solo veía la estela de la oscuridad que me rodeaba. Apenas reconocía las figuras del cuarto y no escuchaba ruido alguno. Todo estaba en silencio. Con cuidado caminé hacia las escaleras con el fin de ir a la cocina en busca de un vaso de agua. Mis píes se hacían cada vez más livianos con cada paso que daba y de vez en cuando tenía que buscar la pared con mi mano pues la oscuridad permanecía en los alrededores. Ya en las escaleras escuché un sutil sonido proveniente de la planta baja. No pude distinguir lo que escuchaba, pero me hacía sentir singularmente relajado. Perdido en un mar de sombras y estando atrapado en mis pensamientos, bajé las escaleras, ya no en busca de un vaso de agua, sino de la procedencia del sonido. Cada escalón que bajaba, sentía cómo un extraño frio recorría mi cuerpo y, sobre todo, cómo el sonido se hacía más claro y fuerte. No era algo que podría describir con palabras, ni siquiera tatareando como lo haría con la melodía de una canción. Era totalmente indescriptible. Seguía bajando los escalones, tan lentamente como podía hacerlo. Entonces ocurrió. Me encontraba justo al frente del nuevo cuadro que horas antes había colgado. Mis piernas, como había ocurrido anteriormente, carecían de movilidad por más que lo intentara. Pero de pronto, escuché muy cerca de mi oído las palabras que tanto me hicieron sentir terror: -te estoy observando- inmediatamente cerré los ojos y grité, tan fuerte como pude. De repente sentí como caía en un oscuro vacío interminable en donde mis gritos se perdieron en la distancia, hasta que me encontré en el suelo del cuarto, cubierto de sudor y lágrimas. – ¡oh dios mío!, que sueño- dije mientras me incorporaba. Convencido de que era una terrible pesadilla, me dirigí hacia el baño a lavarme el rostro, hasta que a lo lejos escuché una hermosa melodía procedente de las escaleras. Era una voz femenina que emanaba una cálida y casi hipnótica sensualidad. Con gran temor caminé sigilosamente hacia la cama, y me acosté sobre ella, cerrando los ojos y esperando a que fuera un sueño…


Pasaron un par de meses y los fenómenos se hacían cada vez más intensos y duraderos. Intentaba a toda costa convencer a la familia de los extraños sucesos que giraban en torno al cuadro, pero simplemente recibía un rotundo rechazo ante mis aparentes locuras. Mi estado era cada vez más preocupante para toda la familia; mis hijos pronto se fueron distanciando de mí acudiendo solamente para casos de extrema urgencia. Mis pensamientos se convirtieron pronto en pesadas cargas de emociones incontenibles, llegando al punto de reprocharle a mi esposa cualquier decisión o simple detalle que hiciera. Más que nada, me sentía enormemente atraído por esa esbelta y exuberante figura que yacía inalcanzable en las escaleras. Pasaba horas sentado al pie de las escaleras mirando el cuadro sin con la mente revuelta. Una caja con una extraña mezcla de ideas y pensamientos era mi cabeza en ese punto de mi vida. Quería deshacerme de él, pero me era imposible hacerlo. Me destruía tenerlo y me destrozaba botarlo.

Una noche de un día que no recuerdo, desperté al tacto de la luz con mis parpados. El resplandor provenía del baño. Me levanté de la cama, no sin antes escuchar la misteriosa melodía adornando las penumbras de la habitación. Un tanto desorientado me dirigí hacia el baño y encontré a mi esposa Karen, sentada en el retrete llorando silenciosamente. Esa imagen hasta el día de hoy nunca se ha podido borrar de mis recuerdos. Me miró, mostrando la tristeza en sus ojos y me dijo unas cuantas palabras que resultaron como latigazos en la espalda:

- No puedo más con esta situación –

No quise decir nada por temor de agravar las cosas 

- He intentado por todos los medios de llevarte a un especialista, pero tú no aceptas. He querido deshacerme del cuadro, pero siempre te interpones. No vas casi al trabajo vigilando que nada le pase al cuadro. ¡No puedo más! –

- Karen no me hagas esto – dije con las lágrimas a punto de brotar de mis ojos

- Lo siento, pero ya he tomado una decisión. Temo por la salud de mis hijos y por la mía, es lo mejor para todos – 

Se levantó del retrete y secando las lágrimas que recorrían su hermoso rostro, se dirigió hacia mí. Tomó con sus suaves y cálidas manos empapadas de lágrimas mí demacrado rostro y dijo:

- No me iré para siempre, espero que tú tampoco lo hagas- 

Sus palabras resultaron como un remolino al interior de mi cabeza. No supe su significado o eso creí en ese delicado instante. Era mi deber buscar la solución a mi problema, y recuperar a mi familia. El tiempo se estaba acabando.

Temía estar perdiendo la razón, pero estaba completamente seguro de lo que era testigo. Sin más rodeos decidí investigar la procedencia de aquel misterioso y diabólico cuadro que atormentaba mi vida y el único lugar en donde podía comenzar mi investigación era con el paciente que me había dado aquel infame regalo. Orlando Ballestas era su nombre y vivía no muy lejos de mi consultorio. Lo que descubriría, sería sencillamente… ¡Espeluznante!


Miguel Ángel Ruiz Reyes


CONTINUARÁ...

Espera el próximo Lunes la segunda parte del cuento



jueves, 22 de septiembre de 2016

CONFINADO (Última parte)


PARTE FINAL



La siesta se prolongó más allá de los cálculos y los conteos de minutos llenando barriles de horas, que al mismo tiempo colmaron bodegas enteras de meses, inclusive de años. Mi vida se congeló en la oscuridad de esa caja de 1,2 X 1,2 metros, donde aprendí a vivir curtido de soledad y demencia. Al principio me sorprendió el no sentir hambre, quizá por alimentarme día a día del caldo ácido del miedo y la crema batida de la rabia. Al mismo tiempo las necesidades fisiológicas habían desaparecido de mi débil cuerpo, seguramente consecuencia de lo primero: al no comer, no cagaba, si no cagaba, la idea de morir de una vez por un chorro infinito de diarrea  no sucedería jamás. Pero no aguardé únicamente por una muerte lenta y pacífica. Intenté muchas veces a lo largo de ese encierro ilógico acabar con mi sufrimiento eterno, sin éxito alguno. Un día cualquiera, de esos dominados por la depresión, destrocé a puño limpio el apagado espejo de la celda. Tomé uno de los afilados fragmentos y cercené mis venas ansiosas. Pero la sangré no brotó. Iracundo agarré otro pedazo puntiagudo y me lo clavé en el cuello, pero ni dolor sentí. Fue ahí cuando la teoría de encontrarme en el limbo cobró fuerza. Seguramente había muerto destrozado por el impacto del ascensor y mi alma había quedado encerrada en ese espacio diminuto aguardando la sentencia final, mi condena. O el dictamen ya había sido anunciado, y era padecer eternamente en ese recinto maldito. Mientras esa fatal idea se cocinaba en mi subconsciente, yo seguía maquinando planes para acabar con mi infortunio. Me apuñalé varias veces con la llave del carro, me tragué las llaves del apartamento con todo y llavero. Componía canciones enteras con el acústico martillar de mi cabeza contra el piso y las paredes, pero nunca llegué a sentir dolor, y mucho menos a probar el fermentado aliento de la muerte expelido por sus dientes rancios y su  rostro huesudo. Así que un día, de esos de extraña alegría, decidí acabar con esas ideas suicidas y acostumbrarme a vivir de recuerdos, de sueños, de ideas. El primer recuerdo que llegó a esa fétida cárcel, fue precisamente la última imagen seductora que estremeció mi universo en un baile de lujuria antes de quedar atrapado en el confinamiento de mis miedos. Esa bella joven con su cuerpo bien formado y pinta deportiva apretada en sus carnes firmes; gotitas brillantes de sudor en su rostro pícaro e insinuante, que me había acompañado en medio de pensamientos libidinosos antes del derrumbe de mi vida, apareció en el tóxico y avinagrado espacio de 1,2 X 1,2 metros del endiablado ascensor, vestida de luz, inmaculada.  Con su toallita sobre el hombro derecho, cola de caballo apresando una cabellera negra y espesa, y esa Lycra negra potenciadora de sus nalgas duras y macizas.

<< ¿Es una alucinación? – me pregunté en medio de mi excitación – Sea un sueño u otra sorpresa de éste limbo eterno, la voy a disfrutar, y como prometí hace algún tiempo, la voy a poner a chillar.>>

Sin dar más espera a mis manos ansiosas y a mi corazón acelerado en latidos perturbados, me abalancé sobre mi presa vencida. La agarré con firmeza por su fina cintura, y choqué mis labios secos contra su boca azucarada probando el néctar de su boca y la textura de su lengua inquieta.

– ¡Señor! – Me dijo sin aliento – Deje algo para mañana
– El mañana no existe en este hueco, mi amor – Le respondí mientras le destrozaba el Top sobre su pecho erguido, dejando al descubierto un par de colinas coronadas con rosados pezones llenos de luz – Esto es un día largo y eterno, mi día de suerte por lo que veo. Cállate y disfruta.

De igual forma, y de un solo golpe, la despojé de su apretada lycra negra y de su delicado panty blanco de encaje. Quedando la obra de arte de su sexo al descubierto, sublime y tierno, tal como lo había imaginado en tantos años de encierro y soledad. Y lo mejor de todo, a merced de mi pasión ilimitada y mis sucios deseos encarnizados y reprimidos. Sin perder más tiempo, desgasté la piel húmeda de mis manos fuertes, mis labios agrietados y mi lengua ardiente sobre esa geografía montañosa y fragante de abdomen plano, glúteos redondos, vellos erizados al mínimo roce de mis dedos ansiosos, mientras sus acalorados suspiros de placer alimentaban una furia volcánica en mi entre pierna envuelta en el fuego de la excitación. Pero cuando mi “flecha” en llamas incendiada, estaba lista para clavarse en lo más profundo de ese cuerpo monumental y luminoso, se quebró de repente entre mis afanadas manos esa figura desnuda de bellas carnes, dejando mil esquilas de luz flotando en medio de la oscuridad asesina de mi tumba cubica. Quedando yo agitado, consternado, con las ganas florecidas y el cuerpo en llamas, al tiempo que una maldición por mi infortunio explotó de mi garganta y rebotó por las paredes metálicas del éste cofre maldito que disfrutaba con el espectáculo de mi desgracia.

– ¡Maldita sea mi suerte y mi vida! – Grité con todas mis fuerzas – ¡Esto no me puede estar pasando! ¡No me pueden dejar con las ganas!

Lloré de rabia una vez más tirado en el piso de caucho del ascensor, sin consuelo alguno, hasta que mi corazón encontró la calma en otro recuerdo, un recuerdo amado: Luciana. El día que la conocí en aquel establecimiento de libros y café, en medio de suaves luces verdes y naranjas, con sus ojos bellos devorando un gigantesco libro de Tolstoi y unas galletas de macadamia. Con esa imagen tenue, con el aroma a café, y el sabor de su primera mirada, me fundí en el bálsamo de un sueño donde se recreaba ese instante, por la eternidad.

Un tiempo después de la “aparición divina” de la joven, y de vivir de ideas, sueños y recuerdos, decidí inyectarme entusiasmo, y recorrí ese cajón infame una y otra vez. A veces durante horas y horas en línea recta, acumulando kilómetros en mis suelas. Me parecía muy raro como la dimensión de ese recinto estaba ligada con mi estado de ánimo. Cuando sentía “felicidad”, se ensanchaba sin límites, convirtiéndose en una enorme llanura por donde podía correr, brincar, y rodar durante horas sepultado en la oscuridad. Otras veces cuando intentaba correr embriagado por la rabia y la depresión, me golpeaba la cara con las paredes de la mazmorra, sintiendo cómo estas se acercaban apretando mi cuerpo con ese asfixiante y rudo abrazo. Así que opté por estar siempre feliz y disfrutar de la vida en ese encierro. De hacer las paces con mí destino, con mi suerte y con mis pensamientos. 
Me disculpé en la distancia cósmica con mi novia, por todos los engaños en nuestros 10 años de compartir un sentimiento, que sólo llegué a sentir real en mi absurdo confinamiento. Extrañé por mucho tiempo los deliciosos gestos de su rostro delicado, el perfume dulce de su voz cálida, y todos los movimientos perfectos de su cuerpo floral. Estampé su nombre en las 4 paredes de mi desdicha: “Luciana”, y grabé su sonrisa inmaculada en el techo de mi corazón, para que derramara luz en el valle oscuro de mi existencia extinta.  Pero a pesar de aumentar los días de felicidad, no todo fue tranquilidad y paz en mi extraño mundo de tinieblas. Muchas veces escuchaba durante largos periodos la voz clara de mis familiares. Sus reproches, sus insultos, y a veces, su llanto prolongado. También llegaba la voz de Luciana con todos sus matices amados, pero estaba llena de melancolía y de tristeza. Contagiándome de sus estropeados sentimientos de dolor, consiguiendo que el espacio de mi encierro se encogiera, hasta sentir los cuatro muros apretando con rudeza mi cuerpo derrotado, invadiendo el diminuto mundo con el crujir de mis huesos partidos. Siempre que esto sucedía, una lluvia de manos luminosas invadía mi dimensión y asechaban mi vida. Me tiraban del cabello, me agarraban por los brazos, por el cuello, por los pies y halaban con fuerza tratando de elevarme. Otras veces estas mismas manos siniestras me golpeaban la cara, la espalda el pecho y me agarraban por las muñecas con firmeza. Pero  siempre me defendía con vehemencia, con ahínco,  y las mordía sin pudor sintiendo el oxido sabor de la sangre jugueteando en mi colérica boca, viéndolas partir nuevamente y como las vi llegar, flotando con su resplandor alucinado en el infinito de la oscuridad.

Pero una “noche” (así llamé al periodo de tiempo en que dedicaba más tiempo a dormir) escuché otra vez en la lejanía, el llanto calmado de Luciana forrado por la felpa del eco. Mi corazón estreñido se quebró a la mitad al primer sollozo del ser amado. Ella repetía mi nombre una y otra vez, clamando por mi regreso.

– Abel, Abel, Abel – Rogaba – Regresa Abel, vuelve a mi –

Ya había escuchado ese clamor en distintas voces conocidas y queridas. Lo que me insinuaba estar dormido, perdido, secuestrado, o en una cama de un hospital en estado de coma.

<< ¡Eso es! – Pensé – de todas las locas hipótesis de mi raro destierro y clausura, esa debe ser la real… debo estar en un hospital dormido. Seguramente sobreviví al impacto del ascensor y quedé con serios traumas cráneo-encefálicos que me mantienen soñando. Esas últimas palabras de Luciana eran las piezas definitivas para armar el rompecabezas de mi tragedia >>

– Por favor Abel vuelve, regresa a mi lado –
– ¡Si mi amor, volveré a ti! – Grité – ¿pero dime cómo vuelvo? ¿Cuál es el camino de regreso?

Como si hubiera escuchado mi pregunta, me respondió  atravesando la barrera dimensional entre los dos, gritando con todas sus fuerzas. Esta vez su cálida voz cayó como piedra sin vestigios de eco o lejanía.

– Déjate llevar Abel, déjate llevar. ¡No me muerdas más!

Asombrado por el revelador mensaje, levanté mis ojos dormidos al irreal techo de mi aposento opresor y grité con vehemencia esperando el brillo perturbador de aquellas manos que tanto temía:

– Aquí estoy Luciana, llévame contigo, ¡rescátame de este encierro por favor!

Y explotó el cielo de mi mundo, de mi mazmorra pestilente, donde había vivido refugiado de mis miedos y a merced de ellos al mismo tiempo durante varios años. Y brotaron como ramas luminosas aquellas manos límpidas con las que tanto había luchado y a las que había mordido hasta el cansancio en defensa de mi integridad mental, sin saber que eran las puertas hondas hacia la libertad absoluta. Me acogieron con dulzura, me acariciaron el rostro, el cabello enmarañado y secaron mis lágrimas amargas. Luego se deslizaron por mi barbilla, mi cuello, mis hombros y se posaron en mi antebrazo derecho, halando suavemente hacia arriba. Sentí como mis pies se despegaron del húmedo piso de caucho del ascensor. El calor constante había desaparecido, mis pulmones se hincharon llenándose de un aire nuevo y fresco, mientras mi cuerpo entero levitaba sostenido fuertemente por el enjambre de manos piadosas que me guiaban por un sendero luminoso hacía un firmamento interminable de paz y de dicha. Por fin sentía la tranquilidad que tanto había añorado en los interminables días, meses y años de cautiverio en ese féretro asfixiante y aniquilador de esperanza, que me había devorado en aquella mañana remota, cuando me encontraba fulminado de miedo con mi pulcro traje blanco y a pocas horas de mi trascendental boda, la cual pensaba retomar una vez fuera del apestoso túnel. Pero antes de asomar mi humanidad golpeada por la barrera inmaterial hacía el mundo real, fuera del estado de coma profundo, la voz de Luciana me entregó un mensaje aterrador:

– Eso es amor mío – dijo con la voz sumergida en llanto – Sigue la luz para que por fin puedas descansar de esta pesadilla –

– ¡No puede ser! – Grité – ¡Me voy a morir! –

Esa camino luminoso era la ruta hacia el más allá, hacia el descanso eterno, ¡hacia la muerte!
Increíblemente después de tanto buscar el rustico corte de la guadaña mortal sobre mi cuello, ahora que lo sentía deslizarse implacable sobre mi garganta desnuda, no lo quería. ¡No, no, no! ¡No  quería  morir!, quería seguir viviendo aunque fuera en la oscuridad y soledad hiriente de mi encierro, de mi conocido ascensor del infierno, de mi guarida sofocante que había aprendido a soportar, e inclusive, a querer. A vivir de mis recuerdos, de mis añoranzas y de mis miedos recurrentes. Pero ahora nada podía hacer, por fin salía del limbo agobiante rumbo a lo desconocido, rumbo al punto final de mi existencia, a la muerte. Así que con resignación me dejé absorber por la cascada de luz que empapó todo mi cuerpo sudado y me transportó, después de mucho padecer, a la paz absoluta de mi ser.
–Perdón papá y mamá por mi distanciamiento, nunca los dejé de querer. Perdón amigos míos por todos los errores. Perdón vida por no valorarte lo que te merecías. Perdón Luciana, te fallé, fuiste lo que más amé y lo que más extrañaré. Espero volver a verte un día.

Y así dije adiós a todo, y a todos mientras mi cuerpo se desintegraba quedando sólo un gas inerte rodeando mis pensamientos y mis sentimientos más profundos. Untado de paz sucumbí y me mezclé con el universo que me acogía con una sonrisa de estrellas, tan luminosa como la de mi amada Luciana, iluminando mi sendero, por toda la eternidad.








EPÍLOGO


– Me alegro mucho que hayan decidido internale, créanme que aquí estará mucho mejor que en ese armario. –

– Fue muy difícil doctor, pensamos que se recuperaría en cualquier momento. Usted sabe, empezó a mostrar síntomas de mejoría cuando salió del armario y caminaba por toda la casa. Corría, saltaba, comía lo que le provocaba de la nevera, iba al baño, y se le veía a veces tan feliz, que pensamos que mejoraría, que gran error.

– Varias veces les dije que estos desequilibrios mentales ligados al parecer a una esquizofrenia no eran de fácil tratamiento, y mucho menos se curaban por sí solos. Su hijo por algún motivo buscó refugio en una realidad diferente dentro del armario de su habitación, y durante estos meses se acostumbró a ella, desconectándose por completo de la realidad.

– ¿Pero se va a curar doctor? Dígame la verdad por favor, no le mienta a una madre.

– No puedo asegurar nada en este momento señora, apenas vamos a comenzar con el tratamiento.

– ¿Pero es necesario que esté aquí doctor? Él no es agresivo, y ese tratamiento se lo podrían dar en casa ¿no? Los únicos brotes de violencia los dio cuando tratábamos de sacarlo a la fuerza del armario. Ahí pataleaba y nos mordía las manos.

– Señor Sanabria, una vez más le digo que su hijo estará muy bien aquí. Por ahora sólo le hemos dado unos sedantes. Más adelante comenzaremos el tratamiento. Más bien acompáñenme para terminar el trámite de ingreso.

Luciana sólo se limitaba a escuchar la conversación y a secar de sus ojos un llanto insipiente que humedecía su vista. Miraba al amor de su vida postrado en una cama con los ojos perdidos, la mirada muerta, y un gesto extraño. No parecía el mismo que un par de meses antes le pidió por fin la mano en matrimonio, después de 10 años de espera. Lo amaba profundamente, y por eso sabía, que era mejor que estuviese ahí. Lo supo siempre desde que lo vio perdido en la oscuridad del armario.

– Vamos Luciana, despídete de Abel y acompáñanos hija.
– Ya voy doña Raquel, deme sólo un minuto.
– Bueno Lucy, te esperamos afuera.

Luciana se acercó al cuerpo sedado de Abel, y deslizó suavemente sus dedos trémulos sobre la pradera alborotada y ceniza de su cabello. Besó su frente húmeda y se despidió para siempre de él. Sabiendo que Abel se había marchado para siempre de ese cuerpo, mucho antes de encerrarse en el armario. Ojalá se haya despedido amándola como siempre ella lo había amado a él, y con la pequeña esperanza de encontrarlo algún día, aunque fuera en el confinamiento de su alma, o un rincón oscuro de su atormentado corazón.




FIN






ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes



jueves, 15 de septiembre de 2016

CONFINADO (Segunda parte)


SEGUNDA PARTE


Pensaba muchas cosas mientras en ascensor descendía a velocidad “normal”… 12…11…10… ¿Qué ruta tomar para llegar rápido a la iglesia?, ¿cómo clavar a mi nueva esposa para que se sintiera como si fuera la primera vez?, ¿cuál sería el tiempo prudente para el primer desliz? … todo en completa calma, cuando de pronto, otra vez el mundo se zarandeó en el interior del ascensor, revolviéndome el estomago y golpeando todo mi cuerpo en ese bamboleo infernal.  Las luces comenzaron a espabilar copiosamente y un ruido metálico y agudo envolvió el ambiente ahogando por completo mis alaridos de pavor. De repente el endemoniado cajón de lata comenzó a caer con furia a una velocidad asombrosa, que hizo volar mi cuerpo aterrado hasta el cuadriculado techo de madera, donde quede pegado a merced de la aceleración y aguardando el choque definitivo y fulminante con el suelo donde se despedazaría esa infernal caja junto con mi desparramado ser, formando una masa irreconocible de escombros y viseras, que aun vibrarían por el poderío del impacto. Mi vida llegaba a su fin.


El ascensor se detuvo antes de chocar con el piso, en una sinfonía de sonidos metálicos que destrozaron mis oídos y quebrantaron mis nervios por completo. Me encontraba nuevamente en el suelo de caucho del enlatado ataúd, con el cuerpo magullado, la cara cortada, el traje destruido. Seguramente todo pasó en unos pocos segundos, pero en medio de mi terror parecieron horas eternas de padecimiento, de dolor y de angustia. Me puse de pie torpemente, pues aun me encontraba bajo efectos de un terrible mareo, y con algo de esfuerzo comencé a presionar desesperadamente el botón para abrir la puerta, pero nada ocurrió. El panel de botones parecía muerto, de igual forma la pantalla de LCD donde solía dibujarse el número del piso actual. Procedí entonces con aflores de locura a hundir repetitivamente el botón de alarma, luego el que se adornaba con una figura de teléfono, seguramente para pedir auxilio al mundo exterior. Pero nada ocurrió, nadie respondió.

– Calma, calma – Me dije agitadamente – hay que mantener la calma, pronto el imbécil de Jorge se dará cuenta que el ascensor está averiado y mandará a buscar al personal de mantenimiento. Es cuestión de soportar unos minutos –

Pero los minutos pasaron con la suavidad cortante de la desesperación, y con la pánfila velocidad de unos pies untados de plomo, y nada pasó, nadie llamó, ningún ruido en las cercanías de mi encierro. Reinaba una hiriente calma, un silencio tormentoso y una preocupación creciente de estar sepultado bajo toneladas de escombros, en medio de una ciudad muerta, destruida por un terremoto nefasto, sin personal de mantenimiento cerca, sin rescatistas al tanto del pobre imbécil encerrado en el ascensor, y con una boda suspendida por la ausencia de un novio que se perdió en su egoísmo y su cobardía. Entonces grité, lloré, reí y oré. Pero nada conseguía esa dosis de paz que necesitaba para enfriar mi cabeza y armar una estrategia de fuga, de escape o simplemente de auxilio. Pero de repente, sepultado en mi congoja, sentí un bulto en el bolsillo derecho de mi percudido pantalón de lino, ¡si, era mi celular! ¿Por qué no había pensado en usarlo antes?... ¡qué estúpido!...con una sola llamada tendría a todo el personal de bomberos y a todos los rescatistas de la ciudad tratando de sacarme de mi celda cubica. Pero mi naciente ilusión fue destrozada con el terrible mazo de la realidad, pues el maldito celular brillaba con un funesto mensaje en su pantalla que decía para dolor mío: Sin servicio. 

– ¡Malditos celulares! – Grité – ¿Por qué en los ascensores quedan sin señal?

Apreté con fuerza al maldito aparato y lo destrocé contra el piso del ascensor, maldiciendo una y otra vez a todas las compañías de telefonía celular, a los fabricantes de celulares, y a los malnacidos que diseñaron este endemoniado ascensor sepultado en el interior del edificio, en una fosa de concreto y hierro donde escasamente entran moléculas de oxigeno para respirar. Pero al ver regadas las tripas del celular y la batería en el piso de la caja infernal, desvíe la rabia hacia mi furioso e iracundo genio,  por haber destruido el único artefacto de distracción, o de salvación. Y al mismo tiempo lo único que podría darme la hora en ese horno de latón, y mantenerme ligado así al susurro inmaterial del tiempo. Ahora estaba a merced de los cálculos, de la aproximación de los minutos, del conteo mental en intervalos de 60 en 60 para sumar minutos a los cestos de las horas de confinamiento. Y así lo hice, hasta que mis ojos se cerraron lentamente sucumbiendo sin remedio al peso del miedo y del agotamiento mental, hasta sumergirme en la oscuridad del sueño cuando llegaba forzosamente al número 4880 de mi absurdo conteo.



Un calor asfixiante me arrancó del placido país del sueño, al tiempo que un zumbido devoraba el silencio al interior de aquella infernal “lata de sardinas”. Mi vista cansada, nublada y desesperada comenzó a buscar la fuente de ese ruido, para comprobar si por algún motivo estaba ligado con el aumento de la temperatura en el ascensor. En efecto, el sonido rasposo que llegaba a mis oídos era el agónico clamado del ventilador que se encontraba en el techo, el cual estaba chorreando su último aliento de vida, limitando el aire “fresco” que alimentaba el interior de mi celda, hasta que, en un aullido solitario de perro, se arrojó a la muerte de los aparatos eléctricos: se quemó. Dejándome una terrible sensación de ahogo, de calor, de locura. Sentía mi piel hirviendo, mi sangre burbujeando, mi cuerpo derretido, mis pulmones apretados y mi corazón desbocado en latidos insolentes. No podía respirar, hablar, concentrarme en un punto fijo. Tenía nauseas, temblores que dominaban mi cuerpo lamido en un sudor de hielo, miedo, pavor. Quería escapar de las densas sábanas que me arropaban en esa caverna y respirar, y gritar y vivir, y casarme. Así que comencé a gritar, a llorar una vez más y a golpear las paredes tratando de destruir esas barreras que me apresaban, sin conseguir el éxito en mi cometido. Desesperado y aturdido incrusté mis dedos en la ranura de las puertas para abrirlas a la fuerza, pero no cedieron ni un milímetro, dejándome una vez más exhausto, adolorido, derrotado y con los dedos destrozados. Pero me inyecté fortaleza una vez más y con mi última reserva de aliento me apoyé en una de las paredes y coloqué mi pie derecho en la baranda que se encontraba justo debajo del espejo. Tomé impulso y di un fuerte puñetazo al rígido y cuadriculado techo de madera. Lo impacté con toda mi furia una y otra vez, hasta desprender el aditamento ornamental que forraba lo más alto de mi cámara mortuoria, dejando al descubierto una fuerte lamina metálica que no cedió al desespero de mis golpes. Una vez más las películas de acción me habían fallado. No encontré la puerta de escape por donde entran y salen los héroes de la pantalla grande, destruyendo así la última esperanza de salvación que arropaba en lo más profundo de mi agobiada existencia. Y para colmo de males, producto de esos acalorados azotes, las lámparas comenzaron otra vez con un incesante parpadeo, convirtiendo al ascensor en una pequeña discoteca, hasta que sucumbieron, al igual que el ventilador, dejando mi vida en las tinieblas, sin aire, sin ventilación sin esperanzas y pataleando en el infesto y nauseabundo lodazal del miedo, la demencia y la desesperación. 
Me tiré al suelo, y me encogí en uno de los ardientes rincones al tiempo que me despojaba mecánicamente de los zapatos, el pantalón y la camisa. Lloré en silencio, y me dejé llevar de nuevo por el agotamiento, perdiendo la consciencia con la imagen resplandeciente y borrosa de mi novia estampada en el invisible tapiz de mi memoria. Añorando su presencia tierna y sus manos delicadas corriendo raudas por la pradera ceniza de mi pelo. Sus labios frescos derretidos en mi boca hambrienta y su sonrisa cristalina iluminando mi sendero. Era precisamente eso, su sonrisa, lo que más extrañaba en aquella cloaca lúgubre y solitaria. Aquellos labios arqueados, que no vería jamás. 


CONTINUARÁ...

Espera el próximo jueves la parte final del cuento.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

MIS CUENTOS EN AMAZON (EL PAYASO Y LA BRUJA DEL HAMBRE)

Amigos, los dejo con las reseñas que hizo el personal del portal literario Argentino Queleo.com.ar, acerca de dos cuentos de mi autoría, que se encuentran disponibles a la venta en formato Ebook, en la plataforma Kindle de Amazon.com.


EL PAYASO

“El payaso” forma parte una antología de cuentos de locura del autor Álvaro Ruiz Reyes, y es definitivamente locura una de las palabras que bien podría describir este relato. Un cuento atravesado por el erotismo, por las fantasías de Carolina, su protagonista, una bella joven decidida, soberbia, dispuesta siempre a lograr aquello que se propone y bendecida por la dicha de alcanzar siempre sus propósitos. Decidida a concretar un encuentro intimo con un payaso, sale una noche a disfrutar de la discoteca con sus amigos, lugar que le permita cumplir con su loca fantasía. Su encuentro con el payaso, objeto de su deseo, parece ser una más de sus cómodas conquistas, pero Carolina desconoce el elevado precio que pagara por satisfacerla.

Otro cuento breve del autor, que expone como la vergüenza, la burla y la cobardía, desatan la ira más profunda y apasionada, de un personaje, que acostumbrado a ser objeto de risas, miradas, susurros y burlas, estalla una noche, descargando toda la rabia, ira y resentimiento acumulado durante tanto tiempo. Una historia que comienza siendo un relato picante y divertido, que poco a poco se va convirtiendo y viviéndose más oscura y dramática.
Encuentra la reseña en el siguiente Link: http://queleo.com.ar/el-payaso/



LA BRUJA DEL HAMBRE
Un día común y corriente, rutinario y habitual, puede cambiar tu vida. Precisamente es la vida del personaje de este cuento la que va a cambiar drásticamente en el día y lugar menos pensado, en aquel restaurant al que, en forma cotidiana, se dirige, con las ansias de escapar durante un rato de sus obligaciones laborales, cada mediodía en busca de su almuerzo, de esos platos que tanto conoce y tan bien le saben, para luego y una vez satisfecho, regresar a la oficina, a cumplir con sus rígidos horarios de trabajo. Lo que este personaje desconoce, es que uno de esos días no será como cualquier otro, no podrá ni volver a su trabajo, ni recuperar esa calma y tranquilidad que, bien a su pesar, definen su vida. La culpable de este episodio, parece ser una misteriosa y desagradable compañía que se le presenta en el restaurant y se sienta en su mesa para compartir un simple almuerzo. Así comienza esta historia, y a ustedes les dejo el reto de completar el final de este episodio, y descubrir si, al fin y al cabo, todo resulta tal como parece en un principio.
Es un relato corto, que se lee muy rápido, que está muy bien escrito y que parece tener un desenlace predecible, que no lo es tanto; en pocas páginas produce un torbellino de emociones e impresiones, que entretienen y divierten, hasta llegar al desenlace del relato en un dramático final.
En frasco pequeño y para todo público, una buena dosis de intriga, ironía, misterio, entretenimiento, sensaciones y alucinaciones
Encuentra la reseña en el siguiente Link: http://queleo.com.ar/la-bruja-del-hambre/

CONSIGUELO EN AMAZON: LA BRUJA DEL HAMBRE