lunes, 24 de octubre de 2016

OJOS AZULES, Presencia enloquecedora (Parte I)



Comparto con ustedes éste espectacular y espeluznante Thriller psicológico, escrito por mi hermano Miguel Ángel Ruiz. ¡Que lo disfruten! 


PARTE I




El chirrido del mecedor en el que me encuentro sentado me tiene al borde de la desesperación, pero más que nada, la soledad me tiene al borde de la locura. Todo gracias al cuadro que había recibido como obsequio de un paciente, hace ya más de 4 años. A pesar de haberlo destruido, su imagen sigue perturbándome, y hasta el día de hoy, en el que pienso acabar con mi soledad, recuerdo el día en el que llevé a casa el cuadro que me acabaría por completo.

Era un lunes 13 de abril y recuerdo con exactitud el fuerte viento que concurría. Los arboles de la calle se mecían agresivamente dando la impresión de que se desprenderían de la tierra en la que habían nacido. Regresaba a la casa, dichoso de haber escuchado las palabras de agradecimiento de un paciente, y sobre todo, el “regalo” que me había dado. Era obvio que se trataba de un cuadro. Estaba envuelto en papel periódico, haciendo que no se apreciara la imagen que se encontraba ahí. El paciente, cuyo nombre no quiero mencionar ahora, me sugirió que mirara el cuadro, pero no accedí. Quería verlo junto con mi familia y así detallarlo junto con ellos. En fin, regresaba a casa en el automóvil que había comprado hace un par de meses junto con el misterioso cuadro que tanto ansiaba observar. Al llegar a casa, salí rápidamente del carro y me dirigí hacia el baúl en busca de la obra de arte. Cuidadosamente lo saqué del carro y lo sostuve fuertemente en mis brazos, para que no se me escapara debido a la fuerza del viento. Rápidamente me dirigí hacia la puerta de la casa y entré. Ya adentro, escuchaba las voces de los niños y un tenue sonido de la guitarra de mi hijo mayor se oía a lo lejos. Caminé hacia la sala y apoyé el cuadro en la pared. En eso mi esposa Karen apareció:

- Qué bueno que llegaste. La cena está casi lista- posteriormente me dio un beso

- Que bien, pero antes quiero mostrarte algo. Es un regalo que me dio un paciente- 

Giré mi cabeza, y señalándole el cuadro le dije:

- Mira, ahí está-

- Pues vamos a descubrirlo, ¿qué estamos esperando? - me dijo con cierta emoción 

Los dos nos arrodillamos en el suelo, y comenzamos a partir el papel periódico que cubría el cuadro. Con emoción destrozaba el papel, y por un momento recordé me niñez, cuando me despertaba en ese 25 de diciembre a ver los regalos que había traído el niño Dios. Lentamente la imagen se dejaba ver. Observé unas gruesas piernas y un piso ajedrezado. Con emoción, seguía destrozando el papel, hasta que la pintura se vio con claridad. Quedé maravillado con la imagen que estaba en frente de mis ojos. Era una mujer semidesnuda de fascinante belleza con muslos exageradamente gruesos que aumentaban curiosamente la exuberancia de su hermosura. Se encontraba apoyada en una pared, posando de manera sensual para el misterioso pintor del cuadro, invisible a la vista de todos. Atrás, no muy lejos de ella, se distinguía el famoso cuadro de “La Venus del espejo” de Velázquez, pero más que nada quedé sorprendido por su mirada sensual, pero a la vez malévola. 

- Pero está muy bonita la pintura- me dijo Karen mientras detallaba el cuadro

- ¡Opino lo mismo! -

- ¿Pero en donde lo colgamos? - dijo mientras miraba a su alrededor

Comenzamos a mirar a nuestro alrededor buscando el sitio indicado para colocar el cuadro. Mi vista se fijaba en posibles lugares en donde podría lucir, pero ninguno era lo bastante digno como para colocar tan semejante belleza, hasta que mis ojos localizaron el sitio perfecto. Se trataba de la pared de las escaleras, ideal para que fuera visto por los huéspedes y demás personas.

- Karen mira en las escaleras. Es el sitio perfecto para colgar el cuadro- le dije señalando el lugar

- ¡es verdad! Vamos a colocarlo de una vez, y así cuando los niños bajen a cenar, se lleven una sorpresa- contesto ella entusiasmada

Tomamos el cuadro entre los dos y lo llevamos con suma delicadeza hacia las escaleras. Por fortuna había un viejo clavo puesto en la pared, que en un pasado tuvo la función de soportar otro cuadro, menos vistoso y hermoso que el que sostenía en mis manos. Subimos unos cuantos escalones y silenciosamente colgamos la llamativa pintura en la pared. Luego de tal acción mi esposa Karen subió al segundo piso, mientras tanto, me quedé parado en medio de las escaleras, observando la hermosa obra de arte que me habían regalado. Observaba el majestuoso y curioso cuerpo de la mujer, pero más que nada, admiraba los maravillosos ojos que tenían aquella ficticia dama; Azules como las aguas del mar Caribe o como el cielo en una tarde de junio. Realmente eran los ojos más hermosos que había visto. Por un momento sentía como me sumergía en sus ojos, y navegaba en sus azules aguas. Pero de repente, algo en el cuadro me resulto angustioso. No veía nada malo, pero sentía un escalofrió en todo mi cuerpo. Los vellos de mis brazos se erizaron y mis piernas no respondían a las órdenes de mi cerebro. Solo me quedaba ver la mujer en el cuadro, que me miraba con ojos malignos.

- ¿Papá que nos trajiste? - gritaba Andrés, mi hijo menor emocionado mientras bajaba las escaleras. Detrás suyo lo seguía mi querida hija Juliana gritando –mi mamá dice que nos tienes una sorpresa-

El terror que sentía se desvaneció como una cortina de humo, al igual que el rostro perverso de la mujer en el cuadro. Abracé a los dos cariñosamente y de inmediato les mostré la pintura sobre la pared. Para mi sorpresa, los dos se mostraron un tanto decepcionados, y lo reflejaban diciendo: – pensaba que era un juguete – 

Sin darle mayor importancia a los niños giré mi cabeza para saludar a mi hijo mayor Ernesto, de 15 años, que se encontraba bajando las escaleras. Me saludó con frialdad, como si fuera otra de sus rutinas diarias. En fin, nos reunimos todos en el comedor, y cenamos de manera emotiva y calurosa, reflejando el buen momento que estábamos pasando a nivel personal. El resto de la noche transcurrió con normalidad. Nos retiramos a nuestros respectivos cuartos y nos preparamos para dormir. Por mi parte me quedé mirando la televisión por algunos minutos, hasta que caí en un profundo sueño.


Desperté en medio de la noche sin motivo alguno. Simplemente abrí los ojos y me levanté de la cama, sin siquiera saber lo que pasaba. Miré a mí alrededor, y solo veía la estela de la oscuridad que me rodeaba. Apenas reconocía las figuras del cuarto y no escuchaba ruido alguno. Todo estaba en silencio. Con cuidado caminé hacia las escaleras con el fin de ir a la cocina en busca de un vaso de agua. Mis píes se hacían cada vez más livianos con cada paso que daba y de vez en cuando tenía que buscar la pared con mi mano pues la oscuridad permanecía en los alrededores. Ya en las escaleras escuché un sutil sonido proveniente de la planta baja. No pude distinguir lo que escuchaba, pero me hacía sentir singularmente relajado. Perdido en un mar de sombras y estando atrapado en mis pensamientos, bajé las escaleras, ya no en busca de un vaso de agua, sino de la procedencia del sonido. Cada escalón que bajaba, sentía cómo un extraño frio recorría mi cuerpo y, sobre todo, cómo el sonido se hacía más claro y fuerte. No era algo que podría describir con palabras, ni siquiera tatareando como lo haría con la melodía de una canción. Era totalmente indescriptible. Seguía bajando los escalones, tan lentamente como podía hacerlo. Entonces ocurrió. Me encontraba justo al frente del nuevo cuadro que horas antes había colgado. Mis piernas, como había ocurrido anteriormente, carecían de movilidad por más que lo intentara. Pero de pronto, escuché muy cerca de mi oído las palabras que tanto me hicieron sentir terror: -te estoy observando- inmediatamente cerré los ojos y grité, tan fuerte como pude. De repente sentí como caía en un oscuro vacío interminable en donde mis gritos se perdieron en la distancia, hasta que me encontré en el suelo del cuarto, cubierto de sudor y lágrimas. – ¡oh dios mío!, que sueño- dije mientras me incorporaba. Convencido de que era una terrible pesadilla, me dirigí hacia el baño a lavarme el rostro, hasta que a lo lejos escuché una hermosa melodía procedente de las escaleras. Era una voz femenina que emanaba una cálida y casi hipnótica sensualidad. Con gran temor caminé sigilosamente hacia la cama, y me acosté sobre ella, cerrando los ojos y esperando a que fuera un sueño…


Pasaron un par de meses y los fenómenos se hacían cada vez más intensos y duraderos. Intentaba a toda costa convencer a la familia de los extraños sucesos que giraban en torno al cuadro, pero simplemente recibía un rotundo rechazo ante mis aparentes locuras. Mi estado era cada vez más preocupante para toda la familia; mis hijos pronto se fueron distanciando de mí acudiendo solamente para casos de extrema urgencia. Mis pensamientos se convirtieron pronto en pesadas cargas de emociones incontenibles, llegando al punto de reprocharle a mi esposa cualquier decisión o simple detalle que hiciera. Más que nada, me sentía enormemente atraído por esa esbelta y exuberante figura que yacía inalcanzable en las escaleras. Pasaba horas sentado al pie de las escaleras mirando el cuadro sin con la mente revuelta. Una caja con una extraña mezcla de ideas y pensamientos era mi cabeza en ese punto de mi vida. Quería deshacerme de él, pero me era imposible hacerlo. Me destruía tenerlo y me destrozaba botarlo.

Una noche de un día que no recuerdo, desperté al tacto de la luz con mis parpados. El resplandor provenía del baño. Me levanté de la cama, no sin antes escuchar la misteriosa melodía adornando las penumbras de la habitación. Un tanto desorientado me dirigí hacia el baño y encontré a mi esposa Karen, sentada en el retrete llorando silenciosamente. Esa imagen hasta el día de hoy nunca se ha podido borrar de mis recuerdos. Me miró, mostrando la tristeza en sus ojos y me dijo unas cuantas palabras que resultaron como latigazos en la espalda:

- No puedo más con esta situación –

No quise decir nada por temor de agravar las cosas 

- He intentado por todos los medios de llevarte a un especialista, pero tú no aceptas. He querido deshacerme del cuadro, pero siempre te interpones. No vas casi al trabajo vigilando que nada le pase al cuadro. ¡No puedo más! –

- Karen no me hagas esto – dije con las lágrimas a punto de brotar de mis ojos

- Lo siento, pero ya he tomado una decisión. Temo por la salud de mis hijos y por la mía, es lo mejor para todos – 

Se levantó del retrete y secando las lágrimas que recorrían su hermoso rostro, se dirigió hacia mí. Tomó con sus suaves y cálidas manos empapadas de lágrimas mí demacrado rostro y dijo:

- No me iré para siempre, espero que tú tampoco lo hagas- 

Sus palabras resultaron como un remolino al interior de mi cabeza. No supe su significado o eso creí en ese delicado instante. Era mi deber buscar la solución a mi problema, y recuperar a mi familia. El tiempo se estaba acabando.

Temía estar perdiendo la razón, pero estaba completamente seguro de lo que era testigo. Sin más rodeos decidí investigar la procedencia de aquel misterioso y diabólico cuadro que atormentaba mi vida y el único lugar en donde podía comenzar mi investigación era con el paciente que me había dado aquel infame regalo. Orlando Ballestas era su nombre y vivía no muy lejos de mi consultorio. Lo que descubriría, sería sencillamente… ¡Espeluznante!


Miguel Ángel Ruiz Reyes


CONTINUARÁ...

Espera el próximo Lunes la segunda parte del cuento



jueves, 20 de octubre de 2016

EL CARNICERO DE KRYPTON (Primera parte)



PRIMERA PARTE


La situación se había vuelto inmanejable en esa mañana fría de Octubre en medio de la lluvia amarilla de hojas secas y una tenue luz que no era más que la señal homónima de la catástrofe. Centenares de policías rodeaban el banco con lo mejor de su artillería y entrenamiento, sumado a los deseos encarnizados de ajusticiar al criminal más temido y buscado del mundo en el último año. La armada, el ejército, la fuerza aérea, la agencia de inteligencia y los federales estaban todos trabajando en extraña armonía por el bien de la nación, y según uno de los altos funcionarios del gobierno, por la paz y tranquilidad del planeta entero. Lo que éste alto lame botas del estado no podía sospechar, y menos aun al apreciar ese espectacular despliegue de infinito poder militar condensado en el centro de la ciudad, con más de 50 cuadras untadas de soldados, tanques, cañones, misiles, francotiradores y un sin número de artefactos tecnológicos traídos de la ciencia ficción a brindar servicios de defensa y ataque. Era que no poseían, a pesar de todo, las suficientes balas, hombres y explosivos, para detener la tragedia que brillaba en el interior del Banco Central de la ciudad. Que se esparciría por todo el mundo como una incontrolable peste de dolor, y donde ya estaba corriendo la sangre de los inocentes, cual camino de pólvora rozado por el aliento incendiario de una chispa, desde que Superman decidió en una mañana parecida a ésta un año atrás, acabar con la humanidad.

- Si Tom, desde aquí podemos apreciar la edificación de 80 pisos donde se encuentran las oficinas del Banco Central de Metrópolis. Ese resplandor verde que parece bordear toda la estructura, y que toda la nación y el mundo observan en este momento gracias a las cámaras de su noticiero MNN, es un campo electromagnético de un extraño mineral llamado “Kryptonita”. Según confiables fuentes del gobierno, esta tecnología fue proporcionada por el reconocido criminal y terrorista Alexander Joseph Luthor, mejor conocido como Lex Luthor.

- Bill, que más se sabe de ese extraño campo de fuerza. ¿Cuál es su función principal? ¿Cómo opera? ¿Por qué Luthor colabora con la justicia? ¿Pidió algo a cambio?

- Tom realmente es muy poco lo que sabemos de esta tecnología en cuanto a su funcionamiento. Pero nos han confirmado que el mineral llamado Kryptonita, el cual es muy escaso en la tierra, parece tener propiedades radioactivas que afectan físicamente a Superman, y gracias a esto se le ha podido mantener atrapado en las instalaciones del Banco, mientras los negociadores, el ejército y la policía tratan de llegar a un acuerdo con el criminal y detener así el derramamiento de sangre de los rehenes.

- Cuéntanos de Luthor Bill, ¿por qué colabora con la justicia? Seguramente ha pedido algo a cambio.

-  Cierto Peggy, según la información que se maneja en la zona, Lex Luthor entregó a las autoridades un prototipo para la creación de este campo de fuerza, así mismo las coordenadas exactas donde podían encontrar el mayor número de rocas o fragmentos de Kryptonita. Parece que por ésta colaboración Luthor recibiría una rebaja en su condena de tres cadenas perpetuas. Recordemos que Alexander Luthor se encuentra en prisión desde hace 3 años, pagando una condena por terrorismo y genocidio. Por lo pronto es todo lo que sabemos desde la zona verde, como ha sido llamada por los militares. Sigan en estudio Tom y Peggy.

- Gracias Bill por toda esa valiosa información, volveremos con usted a la “zona verde” cuando tengamos avances en la noticia más importante a nivel mundial, y que se puede apreciar por las pantallas de MNN.

- Así es Tom, para los que nos sintonizan en este momento les recordamos que la noticia más importante del día la protagoniza Superman, el cual se encuentra atrapado en el Banco Central de Metrópolis, donde fue acorralado luego de que las autoridades apoyados por las agencias de inteligencia frustraran el que sería su decimo robo en la semana en toda la órbita mundial, y el numero 1223 que se conoce hasta al momento.

- Es importante mencionar Peggy que en el Banco Superman tiene como rehenes a 254 personas, a quienes amenazó con asesinar si no era retirada en la próxima hora la barrera que impide su huida del recinto.

-  Es cierto Tom, estas personas son trabajadores del banco y clientes que se encontraban en el lugar a la hora del robo. Recordemos que al principio de la transmisión reportábamos 304 personas, pero el grupo se ha reducido a 254 luego de que el ex – héroe del planeta, conocido por todos como Superman, y ahora con el alias de “El carnicero de Kryptón”, asesinó a sangre fría y con sus propias manos a 50 inocentes, prometiendo acabar con 50 más en la próxima hora si no era retirada la extraña barrera luminosa que apreciamos en este instante en pantalla, y que parece estar constituida con un mineral que causa serios daños físicos al secuestrador.

- ¿Pero cómo se convirtió el héroe más amado del mundo, insignia de nuestra nación en el terrible villano que ahora asesina a las personas que antes protegía? Nuestra compañera Wilma White nos ha preparado este pequeño, pero completo informe:

Después de defender exitosamente al mundo entero de la última amenaza terrorista del líder criminal Lex Luthor, Superman recibió condecoraciones en toda la tierra de manos de los principales líderes de cada país. Fue nombrado por la Unión europea de naciones, como la persona más importante del mundo, entre otros reconocimientos. Fue invitado a un sin número de homenajes por su heroica labor y su lucha constante por la paz y la justicia. Luego de un tiempo, desapareció de la escena mundial, de la televisión, de la radio y de todos los medios de comunicación. Extrañamente junto con el también se fueron los homicidios, los delitos, los robos, y reinó la utópica paz mundial. Pero, así como se esfumó a mediados del mes de agosto de hace dos años, irrumpió nuevamente con violencia en la vida pública, esta vez no por un acto magnánimo de heroísmo. Ante la sorpresa y el horror del planeta entero, fue grabado por las cámaras de seguridad de éste mismo banco hace casi un año, exactamente el 24 de Octubre a las 11:23 de la mañana, destrozando la bóveda principal con toda su fuerza, ira y poder, agarrando todo lo que cupo en sus poderosas manos de acero y salir disparado como bala con un jugoso botín. Después de éste hecho delictivo, que dejó tres personas muertas, siguió su embestida criminal por todo el país, efectuando el mismo modus operandi. Luego de saquear todas las principales arcas de la nación, y de acabar con la mitad de las fuerzas armadas y muchos civiles, amplió sus horizontes criminales y regó terror en todo el mundo, robando bancos, joyerías, tiendas de abarrotes y locales de tecnología. En su incomprensible asonada brutal por los 5 continentes además de cuantiosas pérdidas económicas, dejó también caos, destrucción y muerte. Millones murieron por el accionar de su poder físico, su fuerza, y su interminable maldad. Sus ojos quemaron el presente de muchas naciones y destruyeron al mismo tiempo, el futuro de la humanidad completa. Hoy, después de casi un año de violencia y terror, de intentos fallidos de todos los ejércitos de la tierra por acabar con este monstruo extraterrestre de capa roja y alma negra, por fin se le pudo pegar el primer golpe, y tenerlo bajo aparente control en las instalaciones del primer banco que robó, y que las autoridades militares, y todos los seres humanos rogamos sea el último. Aun nos queda una pregunta, que se la han hecho todas las personas en estos 358 días de calvario. ¿Qué paso con nuestro amado héroe? ¿Cuando murió la piedad dentro de él dejando cabida solo para la bestia que nos está acabando? ¿Por qué ese apetito voraz de sangre y dinero? ¿Qué hace este engendro de otro mundo con…

- ¡Apaga esa maldita cosa Will antes que pierda la poca cordura que me queda!

- Si, Súper, ya la apago.

- ¡Muévete rápido imbécil si no quieres ser el rehén 51 en perder la miserable vida!
- Ya está señor, ya apagué el televisor, por favor no me haga daño, yo solo soy un simple guardia de seguridad, tengo familia, hijos pequeños que dependen de mí, por favor señor Superman no…

- ¡Cállate ya idiota, no me animes a callarte con mis manos!

Escupió un par de insultos mas al pobre hombre mientras éste regresaba a su lugar de reclusión, junto a sus otros 253 compañeros de infortunio. Luego, se levantó de un improvisado asiento de escombros y apuntó su mirada azul a la enorme brecha que atravesaba todos los pisos del edificio, y donde se filtraba el cielo de octubre teñido con el verde toxico de su única arma mortal: La Kriptonita. Luego de apreciar la textura de su jaula electromagnética, dio un fuerte puñetazo a uno de los muros cercanos destrozándolo como cartón, y alterando a los rehenes con la demostración de su interminable poder y su efervescente cólera.

<<Atrapado como un pájaro –pensó–  Atrapado. >>

Las 254 personas que llenaban la sala principal del Banco más importante de la ciudad, se encontraban sentadas en el brillante piso de granito pulido, apretados unos contra otros, mientras una pila de cadáveres manchados de sangre se podía apreciar con horror por uno de los ventanales de la sala contigua, llenando a los miserables sobrevivientes con incontrolables temblores, esfínteres débiles, olores nauseabundos y uno que otro navegando en las arenas de la locura con la razón quebrada por el ferroso martillo del miedo.


En el centro de la enorme sala se encontraba una abertura que cercenaba la estética luminosa del piso de granito, donde se colaba, entre unas rocas acomodadas a la carrera, un débil resplandor verde que mantenía a raya al terrible opresor y criminal. Era éste mismo monstruo que los apresaba en esta mañana de octubre, igual a todas las de este mes frío en mitad del otoño, el que alguna vez admiraron por su entrega y sacrificio por el bien de los demás. Pero que hoy lucía distinto con ese uniforme azul desteñido y descosido. La capa sucia y rasgada, el cabello curtido y enmarañado, su rostro manchado por la maldad y el afloro de una barba insipiente y desaseada, evidencia palpable de su destrozo mental. No, no era el mismo. Simplemente no podía ser aquel que surcaba los cielos a la velocidad del rayo con una sonrisa estampada en la cara. El que tenía siempre una frase alentadora, y una mirada clara. Aquel pájaro azul que combatía dementes criminales que amenazaban la estabilidad de todo un planeta, y que siempre sacrificaba su vida sin pensarlo dos veces en cada intervención heroica, dentro y fuera de la tierra. ¿Pero claro, con todos esos poderes quien no? – decían algunos contradictores que hoy vitoreaban ante todos por haber tenido siempre la razón sobre este sujeto peligroso de Kryptón – pero no eran sus poderes lo que lo hacían grande. Era su integridad, su compromiso, su entrega, su responsabilidad con la justicia, y sus deseos interminables de un lugar mejor para vivir. Pero nunca nadie se preguntó qué pasaba con éste ser en la intimidad de su conciencia. Que pensaba de todo, que quería en la vida, cuáles eran sus deseos o sus sueños. Todos asumieron que salvar el mundo de locos villanos, y detener robos y violaciones lo hacía feliz, llenando por completo su existencia. Nadie, después de las toneladas de medallas que le dieron, y que más tarde las devoraría el oxido y el olvido, lo buscó, lo llamó, lo necesitó. Por eso hoy, con sus ojos azules destilando rencor y maldad, con sus labios apretados y sosteniendo un gesto de rencor en su alma, aprisionaba a 254 desgraciados, por los cuales no sentía la más mínima consideración, ni respeto alguno por sus pueriles vidas de gusanos temerosos. ¿Pero, era ésta la razón de todo el frenesí de destrucción? La respuesta, saldría de su boca rugosa y seca, frente a las cámaras de televisión y en directo para el mundo entero, como acto final de un exuberante espectáculo mediático, bajo la carpa colorada del circo entero de la humanidad.




CONTINUARÁ...


Espera el próximo jueves la segunda parte del cuento.

jueves, 29 de septiembre de 2016

El Payaso


#JuevesdeCuento



Éste cuento hace parte de la recopilación de cuentos de mi autoría, MAR DEMENTE, Nueve cuentos de Locura, disponible en Amazon.com. Espero sea de su agrado.

***


Cuando Carolina abrió sus ojos verdes en esa mañana fría regada por una llovizna perpetua y triste, tuvo la convicción absoluta y la certeza total de que en el transcurso de ese opaco día de Marzo, por fin se cumpliría su más enferma y decadente fantasía sexual: Tirarse a un Payaso.
Por eso se despertó rociada por el bálsamo de la felicidad y se levantó de su cama caliente de un solo salto, guardando dentro de sí los mejores ánimos del mundo en mucho tiempo, pues algo le decía que tantos fracasos le habían dejado el conocimiento suficiente para saber cómo y dónde debía buscar al candidato perfecto. Así que sin perder más tiempo se puso en la difícil tarea de pensar desde ese preciso instante en la pinta adecuada para la ocasión: no muy insinuante, pero provocadora. Eso sí, la ropa interior no guardaría tapujos y enseñaría completamente lo mejor de su bien formada figura de Top Model.
El día transcurrió en medio de pensamientos obscenos, selección de lencería, y conjuros secretos de belleza. Una inmensa emoción la hacía temblar por momentos de solo imaginar ese blanco rostro coloreado, con unos labios rojos desparramados en un gesto punzante de gracia y burla, decorado con una enorme nariz plástica y ojos relampagueantes de felicidad. Sin darse cuenta, y en medio de lujuriosos suspiros, ya tenía el negro rostro de la noche encima, engalanada por el rítmico canto de la lluvia vacilante de todo el día. Después de armar vía Whatsapp el plan nocturno perfecto con sus compinches de siempre, de encontrar el traje apropiado, accesorios indicados y tonalidad de maquillaje perfecta, tarea que casi la adentra en la profundidad de la madrugada, tomó su lujoso automóvil y emprendió a toda prisa el camino rumbo a la locura y hacia la promesa mordaz del placer total.

Después de un interminable trayecto por la autopista norte, y de conseguir un lugar de parqueo de lujo gracias al poder infinito de su coquetería, por fin se posó en la puerta del establecimiento de la rumba del momento mostrando todo el esplendor de su picante belleza y porte sin igual, cuando sin esperarlo, en medio del gentío que se afanaba por entrar al sagrado recinto de la diversión, distinguió en la distancia a una figura desdeñada y fangosa, que representaba en su lastimera existencia, todo lo que ella necesitaba para dar rienda suelta a su fantasía y convertirla de una vez por todas en una realidad palpable. Porque nunca a lo largo de su vida de placeres y caprichos se había quedado con las ganas de hacer algo, de cumplir un sueño, de alcanzar una meta por muy difícil que ésta fuera. Por eso se alejó de su grupo de amigos pretenciosos y con total determinación caminó con su andar imponente por toda la acera de la discoteca, haciendo sonar con enjundia sus altos y finos tacones sobre el pavimento besado por la lluvia. Se acercó a la rústica figura y tocó el hombro empapado y blando de aquel espectro de la noche, sabiendo que después de esa charla, su vida cambiaría para siempre.

Y ahí estaba él, un cuarto de hora después, con su bufonesco y gastado rostro adornando la fea habitación de un asqueroso motel barato en el centro de la ciudad, donde reposaba una escultura desnuda de mujer sobre una cama sucia, desordenada, harapienta y sazonada con el sudor agrio de varios amantes cortos de presupuesto pero con exceso de deseos, lujuria y pasión. Como ese miserable payaso que la devoraba con sus ojos rojos y cansados, sintiendo en la lejanía de sus cuerpos calientes esa piel fresca, perfumada y suave, en contraste con los callos de sus manos rusticas y malvadas, ansiosas de esa carne, de esas curvas de silicona cinceladas en el gimnasio y en el quirófano; de aquella boca vaporosa pintada de ese rojo carmesí provocador, que lo invitaba a zambullirse en el deseo y consumir violentamente el jugo efervescente de su sexo en llamas, en la que se había convertido a pesar de la llovizna interminable, en su noche de suerte.
Ella lo observaba con sus ojos verdosos y seguros. Lo reparaba de los pies a la cabeza, y cada detalle de su pintoresca vestimenta la llevaba al límite estrepitoso del placer. No había dudas de lo acertada de su elección, después de los tres fracasos anteriores en busca de cumplir su fantasía mas retorcida y encontrar por fin la excitación absoluta. Ese payaso de la calle, quien había llegado a ella como una aparición divina en la puerta de la discoteca más popular del momento, sería el instrumento apropiado para alcanzar ese sueño sexual en aquella noche lluviosa y fría de la capital, sin duda alguna, su noche de suerte. Por eso cuando lo vio acercarse a la mugrienta cama con su nariz roja desteñida y su peluca crespa color fucsia, sintió una explosión en todo su cuerpo erizado, y un temblor incontenible en sus robustas y bien formadas piernas. El espectáculo estaba a punto de comenzar.

El payaso comenzó a recorrer la geografía montañosa de su cuerpo expuesto con sus manos sucias y ásperas sintiendo la superficie acuosa vibrar indefensa bajo el roce potente de la yema de sus dedos inquietos. Luego, ella  sintió el contacto de su añeja lengua de fuego sobre la piel tersa de su marcado abdomen. Sintió también sus labios agrietados en la mejilla izquierda, su aliento agrio y  fermentado, y el colorete barato que se mezclaba uniformemente con el sudor de sus pechos erguidos y de su cuello delicado absorto en la lujuria total.
Ella suspiraba por el infinito deleite, jadeaba por el acelerado latir de su corazón fatigado, mientras acariciaba la ropa deteriorada, sucia, satinada y multicolor de su vistoso amante. Comenzando por el pantalón bombacho lleno de agujeros y empapado de un olor bestial, pasando luego por los remendados tirantes color purpura untados de grasa y mugre, terminado en su desgarrada camisa verde fosforescente y chaleco amarillo con bolas rojas impregnado por un aroma a gasolina quemada, leche rancia, tabaco, cerveza y orín ácido, donde pudo sentir una barriga hinchada, grasosa y redonda bajo el brillo opacado de aquel uniforme de batalla, que se zarandeaba y palpitaba como con vida propia chocando bruscamente contra su cuerpo emocionado. En ese momento supo en medio de la neblina de su mente excitada, que estaba muy cerca de lograr su macro orgasmo intenso con ese payaso harapiento, viejo y mal oliente, lo que no pudo hacer con aquel otro refinado arlequín de la televisión, ni ese otro bufón desgraciado que sonsacó de un prestigioso circo Mexicano, ni mucho menos el Gigoló musculoso y varonil que contrato, vistió y maquilló con la más ridícula y sugestiva indumentaria de payaso y de mimo alcanzando solo un elevado pico de aburrimiento y frustración. Pero todo eso pertenecía al pasado, fueron ensayos necesarios que le demostraron que su objetivo estaba en la calle, en lo ocasional, en la frontera de lo vulgar y repugnante. Por eso cuando lo vio sentado en el andén a las afueras de la discoteca, con sus ropas húmedas, desteñidas, manchadas, y con una botella de aguardiente envuelta rústicamente en una bolsa de papel marrón, se lanzó de inmediato hacia ese ser siniestro, robusto, sin afeitar y de dientes amarillos, para proponerle el Show de su vida, el espectáculo circense de sus sueños, envuelto por el celofán de la pasión y amarrado por el lazo rojo de la lujuria. Y ahora en este instante, cuando lo sentía caliente entre sus piernas perfectas, solo faltaba que ese hostil y desaliñado “profesional” callejero del humor, le clavara su portentosa fecha de acero inoxidable en lo más profundo de la mojada e hirviente caverna de su ser.
Fue en ese momento agudo cuando el agitado saltimbanqui, aquel mequetrefe inmundo, entendió el sutil mensaje de su compañera de faena quien tenía abierta las puertas del placer esperando su brutal embestida final. Así que sin perder más tiempo, pero sin demostrar el desespero y el hambre, se quitó su colorida peluca crespa y la arrojó hacía el aire denso de la habitación. Luego retiró sus feos tirantes y dejó caer su ridículo pantalón, dejando al descubierto unos deprimentes y gastados calzoncillos pardos, decorados con agujeros de polillas y manchas de blanqueador al tiempo que escupía una fragancia penetrante y nauseabunda mezcla de sudor podrido y orín seco, que a ella le pareció la materialización odorífica del placer. El payaso le regaló una sonrisa de picardía enseñándole sus dientes amarillos manchados de nicotina y café, mientras se quitaba lentamente esos tristes y pestilentes calzones quedando al aire libre su sexo aguado, amorfo y totalmente muerto.
Cuando ella vio la pequeña e inerte gelatina en la entre pierna de su amante se le borró inmediatamente la sonrisa traviesa del rostro. Él sintió  enseguida su inquisidora mirada verde y decepcionada clavarse en el cadáver de su miembro, al tiempo que su consternación y vergüenza se hacían insoportables. Trató sin éxito de revivirlo con un par de bofetadas, de despertarlo de su sueño profundo con pensamientos sucios, de animarlo con la estampa de mujer que tenía enfrente completamente desnuda y en bandeja, solo para él, pero nada funcionaba. Siempre pensó que su problema de virilidad era culpa de su gorda, vieja y desagraciada mujer, y más aun cuando uno de sus amigos más sabios de la calle decía: “el huevo no se muere, se aburre”. Él estaba totalmente de acuerdo, pero si ésta jovencita de cabello castaño claro, ojos verdes, carita de princesa, cuerpo de diosa con un abdomen plano, trasero redondo, senos grandes de silicona, estatura, porte, clase y con una aroma celestial brotando de su piel de azúcar no podía “entretener al muñeco” la cosa estaba realmente difícil. Estaba a punto de coger sus puercas ropas y salir corriendo cuando una carcajada quebró la tensión del momento y frenó su cometido. Era ella, su presa, la que reía con tal bullicio. La que lanzaba risotadas al aire y lloraba de alegría, o de burla, él no lo precisaba en el momento. Pero esas carcajadas eran puñaladas certeras que lo laceraban, lo herían, lo maltrataban en el lugar más doloroso para un hombre: el ego. Entonces el pobre y andrajoso guasón comenzó a llorar en silencio mientras la risa iba creciendo en volumen, en intensidad haciéndose más potente y letal a su orgullo quebrado y dignidad extinta. Él, acostumbrado a la risa de la gente, a que se burlaran todo el tiempo de sus actos, de sus chistes, de sus monerías en los semáforos y en los buses de transporte público, le parecía insoportable ser blanco de ésta “broma” en especial. Le carcomía el alma, lo llenaba de frustración, de dolor, de ira, de una rabia incontrolable hasta el punto de querer borrar ese sonido para siempre del ambiente, de no volver a escuchar nunca más la risa de nadie. Dejar de esforzarse para sacar carcajadas y golpear a todo aquel que se atreviera a arrojarle una sonrisa aunque fuera de lejos. Así que sin darse cuenta concentró todo su resentimiento en su mano derecha, y lanzó un fuerte latigazo cargado de dolor y rencor hacia la fuente tentadora de la risa, destrozándole los labios carmesí en el primer contacto. Pero la risa seguía y seguía. Cada vez más eficaz, más afilada y aguda. Le dio bofetadas en todos los sentidos hasta que se le entumeció el brazo sin lograr callar el estruendo de la burla. Desesperado, y con el colorete chorreado en su rostro arrugado, decidió apretarle la garganta con tanta fuerza que se detuviera el flujo endemoniado de esa carcajada demente, y así lo hizo con vigor, con fortaleza y determinación. Estrangulando a la bella joven con sus manos toscas, rusticas y malvadas, sintiendo su cuello magullado y molido entre sus dedos vivos. De repente un ardor incontrolable se apoderó de su entrepierna y un volcán enardecido en su interior estalló queriendo fluir a través de su miembro enfurecido y vital. Ella seguía riendo y llorando de alegría, y más aun al sentir aquella estaca enterrarse victoriosa en lo más recóndito de su cueva ansiosa quemando su interior con esa lava ardiente de pasión. Llenando su cuerpo exhausto de sensaciones maravillosas, inimaginables y placenteras nunca antes probadas en el manjar humeante del sexo: el macro orgasmo intenso. Y explotaron juntos en un huracán de los mil demonios, y una oleada de luz los cubrió al tiempo que los gritos se confundieron en un solo sonido de poder que reventó los empañados y sucios ventanales de la asquerosa habitación generando una lluvia nutrida de esquilas sobre la cama de vapor y entre los cuerpos mezclados en su superficie mojada y grasienta.

Después del frenesí el payaso Chispita, como se hacía llamar en sus actos de humor callejero, abrió lentamente los ojos rojos y cansados. Se pasó su mano callosa por la cara sudada y con el maquillaje corrido. Se colocó lentamente su vestimenta puerca, satinada, multicolor. Recogió la peluca crespa fucsia que le cubría una incipiente calva y las hebras cenicientas de su cabello, y la acomodó diligentemente sobre su cabeza. Tomó la bolsa sarnosa con sus pocas pertenecías y sacó una botella de aguardiente envuelta en papel marrón. Bebió todo el licor de un solo sorbo y dijo: Trato cumplido mamacita rica. Cerró los ojos inertes de su amada y salió corriendo del cuarto dejándola tendida en la cama, totalmente desnuda y con una expresión fija en su rostro muerto, de felicidad.



FIN

ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes




Consigue este cuento, y 8 más en el libro MAR DEMENTE, Nueve cuentos de locura, en la plataforma Kindle de Amazon.com


domingo, 25 de septiembre de 2016

MI MAS BELLO POEMA


#DomingodePoesia






Eres un poema encerrado en un cuerpo de mujer
con floridos versos esculpidos en tu sonrisa de leche
con mimosas palabras chispeando en tus ojos de mar
escrito a pulso por la gracia bendita del santo creador
y plasmado en el oro de tus cabellos de sol


Eres poesía en movimiento
con musicales estrofas bordadas en tu piel de azúcar
con métrico acento en los pliegues de tu voz de querubín
rimando en fogosa pasión sobre tus manos de princesa
tu alma divina con tu esplendorosa belleza


Eres también la balada de mi corazón en llamas
con un coro fulgurante en tu boca de durazno
con el estribillo del amor reflejado en el cristal de tu mirada
cantada en agonía ardiente y plano desespero
por el burbujeante latir de mi pecho


Y ahora que te tengo amarrada a mi alma enamorada,
estoy más que nunca convencido en el calor de esta mañana
que eres el himno armónico del amor de mi vida
mi único villancico en nochebuena
mi canción de cuna preferida
mi poesía y mi más bello poema




ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

jueves, 22 de septiembre de 2016

CONFINADO (Última parte)


PARTE FINAL



La siesta se prolongó más allá de los cálculos y los conteos de minutos llenando barriles de horas, que al mismo tiempo colmaron bodegas enteras de meses, inclusive de años. Mi vida se congeló en la oscuridad de esa caja de 1,2 X 1,2 metros, donde aprendí a vivir curtido de soledad y demencia. Al principio me sorprendió el no sentir hambre, quizá por alimentarme día a día del caldo ácido del miedo y la crema batida de la rabia. Al mismo tiempo las necesidades fisiológicas habían desaparecido de mi débil cuerpo, seguramente consecuencia de lo primero: al no comer, no cagaba, si no cagaba, la idea de morir de una vez por un chorro infinito de diarrea  no sucedería jamás. Pero no aguardé únicamente por una muerte lenta y pacífica. Intenté muchas veces a lo largo de ese encierro ilógico acabar con mi sufrimiento eterno, sin éxito alguno. Un día cualquiera, de esos dominados por la depresión, destrocé a puño limpio el apagado espejo de la celda. Tomé uno de los afilados fragmentos y cercené mis venas ansiosas. Pero la sangré no brotó. Iracundo agarré otro pedazo puntiagudo y me lo clavé en el cuello, pero ni dolor sentí. Fue ahí cuando la teoría de encontrarme en el limbo cobró fuerza. Seguramente había muerto destrozado por el impacto del ascensor y mi alma había quedado encerrada en ese espacio diminuto aguardando la sentencia final, mi condena. O el dictamen ya había sido anunciado, y era padecer eternamente en ese recinto maldito. Mientras esa fatal idea se cocinaba en mi subconsciente, yo seguía maquinando planes para acabar con mi infortunio. Me apuñalé varias veces con la llave del carro, me tragué las llaves del apartamento con todo y llavero. Componía canciones enteras con el acústico martillar de mi cabeza contra el piso y las paredes, pero nunca llegué a sentir dolor, y mucho menos a probar el fermentado aliento de la muerte expelido por sus dientes rancios y su  rostro huesudo. Así que un día, de esos de extraña alegría, decidí acabar con esas ideas suicidas y acostumbrarme a vivir de recuerdos, de sueños, de ideas. El primer recuerdo que llegó a esa fétida cárcel, fue precisamente la última imagen seductora que estremeció mi universo en un baile de lujuria antes de quedar atrapado en el confinamiento de mis miedos. Esa bella joven con su cuerpo bien formado y pinta deportiva apretada en sus carnes firmes; gotitas brillantes de sudor en su rostro pícaro e insinuante, que me había acompañado en medio de pensamientos libidinosos antes del derrumbe de mi vida, apareció en el tóxico y avinagrado espacio de 1,2 X 1,2 metros del endiablado ascensor, vestida de luz, inmaculada.  Con su toallita sobre el hombro derecho, cola de caballo apresando una cabellera negra y espesa, y esa Lycra negra potenciadora de sus nalgas duras y macizas.

<< ¿Es una alucinación? – me pregunté en medio de mi excitación – Sea un sueño u otra sorpresa de éste limbo eterno, la voy a disfrutar, y como prometí hace algún tiempo, la voy a poner a chillar.>>

Sin dar más espera a mis manos ansiosas y a mi corazón acelerado en latidos perturbados, me abalancé sobre mi presa vencida. La agarré con firmeza por su fina cintura, y choqué mis labios secos contra su boca azucarada probando el néctar de su boca y la textura de su lengua inquieta.

– ¡Señor! – Me dijo sin aliento – Deje algo para mañana
– El mañana no existe en este hueco, mi amor – Le respondí mientras le destrozaba el Top sobre su pecho erguido, dejando al descubierto un par de colinas coronadas con rosados pezones llenos de luz – Esto es un día largo y eterno, mi día de suerte por lo que veo. Cállate y disfruta.

De igual forma, y de un solo golpe, la despojé de su apretada lycra negra y de su delicado panty blanco de encaje. Quedando la obra de arte de su sexo al descubierto, sublime y tierno, tal como lo había imaginado en tantos años de encierro y soledad. Y lo mejor de todo, a merced de mi pasión ilimitada y mis sucios deseos encarnizados y reprimidos. Sin perder más tiempo, desgasté la piel húmeda de mis manos fuertes, mis labios agrietados y mi lengua ardiente sobre esa geografía montañosa y fragante de abdomen plano, glúteos redondos, vellos erizados al mínimo roce de mis dedos ansiosos, mientras sus acalorados suspiros de placer alimentaban una furia volcánica en mi entre pierna envuelta en el fuego de la excitación. Pero cuando mi “flecha” en llamas incendiada, estaba lista para clavarse en lo más profundo de ese cuerpo monumental y luminoso, se quebró de repente entre mis afanadas manos esa figura desnuda de bellas carnes, dejando mil esquilas de luz flotando en medio de la oscuridad asesina de mi tumba cubica. Quedando yo agitado, consternado, con las ganas florecidas y el cuerpo en llamas, al tiempo que una maldición por mi infortunio explotó de mi garganta y rebotó por las paredes metálicas del éste cofre maldito que disfrutaba con el espectáculo de mi desgracia.

– ¡Maldita sea mi suerte y mi vida! – Grité con todas mis fuerzas – ¡Esto no me puede estar pasando! ¡No me pueden dejar con las ganas!

Lloré de rabia una vez más tirado en el piso de caucho del ascensor, sin consuelo alguno, hasta que mi corazón encontró la calma en otro recuerdo, un recuerdo amado: Luciana. El día que la conocí en aquel establecimiento de libros y café, en medio de suaves luces verdes y naranjas, con sus ojos bellos devorando un gigantesco libro de Tolstoi y unas galletas de macadamia. Con esa imagen tenue, con el aroma a café, y el sabor de su primera mirada, me fundí en el bálsamo de un sueño donde se recreaba ese instante, por la eternidad.

Un tiempo después de la “aparición divina” de la joven, y de vivir de ideas, sueños y recuerdos, decidí inyectarme entusiasmo, y recorrí ese cajón infame una y otra vez. A veces durante horas y horas en línea recta, acumulando kilómetros en mis suelas. Me parecía muy raro como la dimensión de ese recinto estaba ligada con mi estado de ánimo. Cuando sentía “felicidad”, se ensanchaba sin límites, convirtiéndose en una enorme llanura por donde podía correr, brincar, y rodar durante horas sepultado en la oscuridad. Otras veces cuando intentaba correr embriagado por la rabia y la depresión, me golpeaba la cara con las paredes de la mazmorra, sintiendo cómo estas se acercaban apretando mi cuerpo con ese asfixiante y rudo abrazo. Así que opté por estar siempre feliz y disfrutar de la vida en ese encierro. De hacer las paces con mí destino, con mi suerte y con mis pensamientos. 
Me disculpé en la distancia cósmica con mi novia, por todos los engaños en nuestros 10 años de compartir un sentimiento, que sólo llegué a sentir real en mi absurdo confinamiento. Extrañé por mucho tiempo los deliciosos gestos de su rostro delicado, el perfume dulce de su voz cálida, y todos los movimientos perfectos de su cuerpo floral. Estampé su nombre en las 4 paredes de mi desdicha: “Luciana”, y grabé su sonrisa inmaculada en el techo de mi corazón, para que derramara luz en el valle oscuro de mi existencia extinta.  Pero a pesar de aumentar los días de felicidad, no todo fue tranquilidad y paz en mi extraño mundo de tinieblas. Muchas veces escuchaba durante largos periodos la voz clara de mis familiares. Sus reproches, sus insultos, y a veces, su llanto prolongado. También llegaba la voz de Luciana con todos sus matices amados, pero estaba llena de melancolía y de tristeza. Contagiándome de sus estropeados sentimientos de dolor, consiguiendo que el espacio de mi encierro se encogiera, hasta sentir los cuatro muros apretando con rudeza mi cuerpo derrotado, invadiendo el diminuto mundo con el crujir de mis huesos partidos. Siempre que esto sucedía, una lluvia de manos luminosas invadía mi dimensión y asechaban mi vida. Me tiraban del cabello, me agarraban por los brazos, por el cuello, por los pies y halaban con fuerza tratando de elevarme. Otras veces estas mismas manos siniestras me golpeaban la cara, la espalda el pecho y me agarraban por las muñecas con firmeza. Pero  siempre me defendía con vehemencia, con ahínco,  y las mordía sin pudor sintiendo el oxido sabor de la sangre jugueteando en mi colérica boca, viéndolas partir nuevamente y como las vi llegar, flotando con su resplandor alucinado en el infinito de la oscuridad.

Pero una “noche” (así llamé al periodo de tiempo en que dedicaba más tiempo a dormir) escuché otra vez en la lejanía, el llanto calmado de Luciana forrado por la felpa del eco. Mi corazón estreñido se quebró a la mitad al primer sollozo del ser amado. Ella repetía mi nombre una y otra vez, clamando por mi regreso.

– Abel, Abel, Abel – Rogaba – Regresa Abel, vuelve a mi –

Ya había escuchado ese clamor en distintas voces conocidas y queridas. Lo que me insinuaba estar dormido, perdido, secuestrado, o en una cama de un hospital en estado de coma.

<< ¡Eso es! – Pensé – de todas las locas hipótesis de mi raro destierro y clausura, esa debe ser la real… debo estar en un hospital dormido. Seguramente sobreviví al impacto del ascensor y quedé con serios traumas cráneo-encefálicos que me mantienen soñando. Esas últimas palabras de Luciana eran las piezas definitivas para armar el rompecabezas de mi tragedia >>

– Por favor Abel vuelve, regresa a mi lado –
– ¡Si mi amor, volveré a ti! – Grité – ¿pero dime cómo vuelvo? ¿Cuál es el camino de regreso?

Como si hubiera escuchado mi pregunta, me respondió  atravesando la barrera dimensional entre los dos, gritando con todas sus fuerzas. Esta vez su cálida voz cayó como piedra sin vestigios de eco o lejanía.

– Déjate llevar Abel, déjate llevar. ¡No me muerdas más!

Asombrado por el revelador mensaje, levanté mis ojos dormidos al irreal techo de mi aposento opresor y grité con vehemencia esperando el brillo perturbador de aquellas manos que tanto temía:

– Aquí estoy Luciana, llévame contigo, ¡rescátame de este encierro por favor!

Y explotó el cielo de mi mundo, de mi mazmorra pestilente, donde había vivido refugiado de mis miedos y a merced de ellos al mismo tiempo durante varios años. Y brotaron como ramas luminosas aquellas manos límpidas con las que tanto había luchado y a las que había mordido hasta el cansancio en defensa de mi integridad mental, sin saber que eran las puertas hondas hacia la libertad absoluta. Me acogieron con dulzura, me acariciaron el rostro, el cabello enmarañado y secaron mis lágrimas amargas. Luego se deslizaron por mi barbilla, mi cuello, mis hombros y se posaron en mi antebrazo derecho, halando suavemente hacia arriba. Sentí como mis pies se despegaron del húmedo piso de caucho del ascensor. El calor constante había desaparecido, mis pulmones se hincharon llenándose de un aire nuevo y fresco, mientras mi cuerpo entero levitaba sostenido fuertemente por el enjambre de manos piadosas que me guiaban por un sendero luminoso hacía un firmamento interminable de paz y de dicha. Por fin sentía la tranquilidad que tanto había añorado en los interminables días, meses y años de cautiverio en ese féretro asfixiante y aniquilador de esperanza, que me había devorado en aquella mañana remota, cuando me encontraba fulminado de miedo con mi pulcro traje blanco y a pocas horas de mi trascendental boda, la cual pensaba retomar una vez fuera del apestoso túnel. Pero antes de asomar mi humanidad golpeada por la barrera inmaterial hacía el mundo real, fuera del estado de coma profundo, la voz de Luciana me entregó un mensaje aterrador:

– Eso es amor mío – dijo con la voz sumergida en llanto – Sigue la luz para que por fin puedas descansar de esta pesadilla –

– ¡No puede ser! – Grité – ¡Me voy a morir! –

Esa camino luminoso era la ruta hacia el más allá, hacia el descanso eterno, ¡hacia la muerte!
Increíblemente después de tanto buscar el rustico corte de la guadaña mortal sobre mi cuello, ahora que lo sentía deslizarse implacable sobre mi garganta desnuda, no lo quería. ¡No, no, no! ¡No  quería  morir!, quería seguir viviendo aunque fuera en la oscuridad y soledad hiriente de mi encierro, de mi conocido ascensor del infierno, de mi guarida sofocante que había aprendido a soportar, e inclusive, a querer. A vivir de mis recuerdos, de mis añoranzas y de mis miedos recurrentes. Pero ahora nada podía hacer, por fin salía del limbo agobiante rumbo a lo desconocido, rumbo al punto final de mi existencia, a la muerte. Así que con resignación me dejé absorber por la cascada de luz que empapó todo mi cuerpo sudado y me transportó, después de mucho padecer, a la paz absoluta de mi ser.
–Perdón papá y mamá por mi distanciamiento, nunca los dejé de querer. Perdón amigos míos por todos los errores. Perdón vida por no valorarte lo que te merecías. Perdón Luciana, te fallé, fuiste lo que más amé y lo que más extrañaré. Espero volver a verte un día.

Y así dije adiós a todo, y a todos mientras mi cuerpo se desintegraba quedando sólo un gas inerte rodeando mis pensamientos y mis sentimientos más profundos. Untado de paz sucumbí y me mezclé con el universo que me acogía con una sonrisa de estrellas, tan luminosa como la de mi amada Luciana, iluminando mi sendero, por toda la eternidad.








EPÍLOGO


– Me alegro mucho que hayan decidido internale, créanme que aquí estará mucho mejor que en ese armario. –

– Fue muy difícil doctor, pensamos que se recuperaría en cualquier momento. Usted sabe, empezó a mostrar síntomas de mejoría cuando salió del armario y caminaba por toda la casa. Corría, saltaba, comía lo que le provocaba de la nevera, iba al baño, y se le veía a veces tan feliz, que pensamos que mejoraría, que gran error.

– Varias veces les dije que estos desequilibrios mentales ligados al parecer a una esquizofrenia no eran de fácil tratamiento, y mucho menos se curaban por sí solos. Su hijo por algún motivo buscó refugio en una realidad diferente dentro del armario de su habitación, y durante estos meses se acostumbró a ella, desconectándose por completo de la realidad.

– ¿Pero se va a curar doctor? Dígame la verdad por favor, no le mienta a una madre.

– No puedo asegurar nada en este momento señora, apenas vamos a comenzar con el tratamiento.

– ¿Pero es necesario que esté aquí doctor? Él no es agresivo, y ese tratamiento se lo podrían dar en casa ¿no? Los únicos brotes de violencia los dio cuando tratábamos de sacarlo a la fuerza del armario. Ahí pataleaba y nos mordía las manos.

– Señor Sanabria, una vez más le digo que su hijo estará muy bien aquí. Por ahora sólo le hemos dado unos sedantes. Más adelante comenzaremos el tratamiento. Más bien acompáñenme para terminar el trámite de ingreso.

Luciana sólo se limitaba a escuchar la conversación y a secar de sus ojos un llanto insipiente que humedecía su vista. Miraba al amor de su vida postrado en una cama con los ojos perdidos, la mirada muerta, y un gesto extraño. No parecía el mismo que un par de meses antes le pidió por fin la mano en matrimonio, después de 10 años de espera. Lo amaba profundamente, y por eso sabía, que era mejor que estuviese ahí. Lo supo siempre desde que lo vio perdido en la oscuridad del armario.

– Vamos Luciana, despídete de Abel y acompáñanos hija.
– Ya voy doña Raquel, deme sólo un minuto.
– Bueno Lucy, te esperamos afuera.

Luciana se acercó al cuerpo sedado de Abel, y deslizó suavemente sus dedos trémulos sobre la pradera alborotada y ceniza de su cabello. Besó su frente húmeda y se despidió para siempre de él. Sabiendo que Abel se había marchado para siempre de ese cuerpo, mucho antes de encerrarse en el armario. Ojalá se haya despedido amándola como siempre ella lo había amado a él, y con la pequeña esperanza de encontrarlo algún día, aunque fuera en el confinamiento de su alma, o un rincón oscuro de su atormentado corazón.




FIN






ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes



domingo, 18 de septiembre de 2016

POEMA AL OLEO

#DomingodePoesia




Quiero en ésta acuarela naranja de mil soles
arrancar de mi viejo pincel las telarañas
desempolvar mi paleta olvidada de colores
y pintar un poema con el oleo de mi alma


Quiero enderezar el desgastado caballete
que aún conserva de su pasado algunas manchas
aquellas que no pudo eliminar el diluyente
 huellas de que alguna vez hubo templanza


Quiero regar sobre el lienzo el color verde
acentuar con la espátula flexible la esperanza
barnizar la opaca alegría que se pierde
y encontrar la mezcla sutil de la confianza


Quiero convertir este poema en una obra de arte
moldear cada letra con finas pinceladas
colorear cada verso con la pasta del amor sublime
y enmarcar este sentimiento que me llena, en la eternidad.



ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes