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jueves, 25 de junio de 2020

LA BRUJA DEL HAMBRE (Parte final)



PARTE FINAL

Y sus ojos se abrieron nuevamente, recibiendo un chorro límpido de luz amarilla. Y un centenar de murmullos llegaron con mucho eco y distorsión a sus oídos muertos.

<< ¿Qué me pasa? – Pensó – ¿Dónde estoy? ¿Estaré muerto?>>

Pero al aclararse su vista y al sintonizarse sus oídos con la frecuencia de las voces a su alrededor, descubrió que se encontraba tirado en la calle de su conocido sector laboral, justo en la esquina donde reposaba como siempre la carpa roja que protegía del sol al “Quiosco de Joaco”, en el cual pudo apreciar a pesar del aturdimiento y la distancia, el ajetreo de siempre.

– ¿Qué pasó? – Le preguntó a un “cuidador” de carros de la zona a quien conocía desde hacía varios años – ¿cómo llegué hasta aquí?
– Docto, usted salió corriendo del quiosco de Joaco y al llegar aquí a la esquina se desmayó. Yo lo recogí enseguida y lo ayudé a levantar. Un cliente del restaurante que salió al mismo tiempo que usted me comentó que usted se había parado normal de la mesa, pagado la cuenta, y que cuando puso el primer pie afuera, salió disparado como bala hasta que se tumbó aquí en la grama.
– ¿Cuánto tiempo duré inconsciente?
– Como un minuto diría yo

Aun con un dolor de cabeza insoportable terminó de ponerse en pie, sacó su billetera y con algo de temor y cautela buscó un billete de diez mil. Lo removió con cuidado y se alegró de no verlo transformarse en mariposa una vez se encontró fuera.
– Toma Lucas, gracias por tu ayuda.

Después de recibir las gracias eternas por la bonificación, paró un taxi, se acomodó en su asiento de felpa, y pidió que lo llevaran a la dirección de su casa.

Durante el viaje revivió las imágenes de la bruja, la apestosa y repugnante comida, el perfume nefasto, las miles de mariposas negras que revoletearon por todo el restaurante. Aun podía sentir en su realidad palpable, como estos endemoniados espectros acariciaban su cabeza y su cara con sus alas de mentira.

Ya en su casa con una fiebre altísima y alucinaciones espeluznantes, sintió un ardor profundo en sus entrañas, como si corriera un rio de ácido en su interior. De repente un hambre voraz se apodero de él, y comenzó a devorar con locura todo lo que encontró en la nevera, inclusive un pollo crudo y congelado. Pero nada podía calmar ese apetito violento que lo dominaba. Cuando terminó con todo alimento en su casa salió como loco hacia la tienda, y se gastó el dinero que le quedaba en frutas, verduras, embutidos, gaseosas y golosinas. Pero no consiguieron apaciguar sus ansias de comida. Fue ahí cuando se arrepintió de darle tanto dinero al loco del parqueo, pues con esa suma pudo haber comprado algunas cosas más.

Sin un peso el bolsillo volvió a su apartamento, y acabó con el arroz crudo, las lentejas, los frijoles, la sal, el azúcar y todos los condimentos. Después, impulsado por el hambre engulló las plantas ornamentales de su balcón y la tierra húmeda de las macetas, sin conseguir la saciedad y tranquilidad anhelada. Entonces, abrumado por el ardor en su estómago y por la locura, se tiró al piso y lloró a caudales. Lloró y lloró hasta que se resecaron sus ojos, y sin más llanto que expulsar, devolvió todo lo que se había comido en un vomito que se regó por toda la sala. Se tiró otra vez en el suelo y se restregó con el jugo rancio de sus entrañas hasta que perdió el conocimiento lentamente, en un viaje profundo y sin regreso. Así pasó todo el largo fin de semana. Comiendo porquerías y vomitándolas a los pocos minutos, en medio de un descalabro mental impresionante y de un espíritu muerto que solo pensaba en comer y comer.

El lunes llegó con un pensamiento que se incrustó en su mente agobiada. Tenía que volver donde Joaco para averiguar qué había pasado en ese viernes negro durante el almuerzo. Que había pasado con la bruja, donde podía conseguirla. Tal vez si se disculpaba por no haberle comprado el primer perfume, o por no haber probado su carne en bistec, ella retiraría ese terrible hechizo del hambre que no podía saciar. Así que se arregló lo mejor que pudo y salió de su apartamento rumbo al apartamento de al lado. Tocó la puerta de su vecino, y le pidió dinero prestado para un taxi. Éste se sorprendió al verlo en tan deprimente estado y se ofreció a llevarlo al trabajo. Durante el camino pararon tres veces debido a nauseas espantosas que lo obligaban a vomitar sangre pura y espesa. El vecino insistió para llevarlo a un hospital para que recibiera atención médica, pero él se negó, comprendiendo dentro de su mente enferma y absurda, que su cura no estaba en manos de ningún médico, sino en la piedad de la asquerosa bruja en el Quiosco de Joaco. Pero no lo comentó, solo le salió con algunas escusas tontas y lo convenció de llevarlo a su edificio. Una vez que se bajó del carro, y observó a su vecino alejarse, corrió impulsado y motivado por la esperanza de la cura, y de agarrar por fin la tranquilidad con sus manos huesudas. Esa calma que tanto había odiado, de la cual tanto había despotricado por tener que cargar la cruz de una vida sin emociones fuertes ni aventuras, pero que en ese momento anhelaba recuperar con locura. Quería estar otra vez inmerso en las mansas aguas de la rutina laboral, del aburrimiento ejecutivo, del estrés profesional, de los chismes de oficina, y cumplir estrictamente los horarios estipulados de todo y para todo. Para entrar a las 8am, ir al baño a las 10:15am, salir a almorzar a las 12:30m, volver a la oficina a la 1:10pm, descansar hasta las 2:00pm, ir al baño otra vez a las 3:15pm, comer una merienda a las 4:30pm, ir otra vez al baño a las 5:45pm y salir de la oficina a las 6:00pm para estar en su casa a más tardar a las 7:00pm para cenar y ver la televisión hasta que la noche lo sorprenda con el garrote del sueño y del cansancio, para así recargar baterías y continuar con el mismo horario al día siguiente, durante toda la semana, el año y la vida.

Ya con el aliento totalmente agotado y los ojos sumergidos en unas ojeras profundas y negras como la noche, llegó a la entrada del exuberante Quiosco de Joaco, con su entorno mugriento testigo del show central de su desgracia, el cual, como era costumbre, se encontraba cerrado a esa naciente hora del día.

Irritado, cansado, molido y enfermo, comenzó a patear la puerta del restaurante acompañando los frenéticos golpes con el látigo de su débil voz. Insistió durante varios minutos ante la vista inquisidora de los vecinos y peatones aglomerados en la acera. Hasta que por fin la puerta cedió y apareció en el umbral la mesera de siempre, la del último año, con sus caderas descubiertas y juguetonas. La mulata lo miró con una expresión de victoria untada en su cara morena, lo agarró fuertemente por el brazo y lo llevó al interior del popular restaurante.

– Cálmate por favor, no llores más – Le dijo con cariño – Aquí estoy yo para protegerte, para cuidarte de todas las cosas malas del mundo.

Él se sorprendió de aquel trato maternal de aquella joven mujer con la que sólo había hablado de comida durante pocos segundos cada día, de quien no conocía ni su nombre, ni origen, ni absolutamente nada de nada.

– Necesito que me ayudes – Irrumpió – El Viernes estuve almorzando aquí ¿te acuerdas? Necesito que me di…
– Cálmate amor, todo a su debido tiempo. Sé que tienes un hambre horrible y por eso te sientes muy mal, tan aturdido y desesperado. Espérame unos minutos y te traigo algo que te va a encantar.
– Es que tu no entiendes, yo…
– ¡Que te esperes te digo! – Gritó la mulata con tono autoritario – Toma, lee el periódico mientras te preparo la comida.

Él agarró con resignación y aturdimiento el diario. Y sin explicarse el por qué de su obediencia a pesar de su desesperación, abrió las páginas y comenzó a hojear las noticias con una extraña sensación de paz que no sentía desde el viernes cuando salió de la oficina rumbo al fatídico almuerzo. Después del disfrute en silencio de ese lapso de relajación, comenzó a sobrevolar otra vez con despiste las regiones informativas del periódico local, hasta que una noticia lo llevó a un aterrizaje forzoso: Muere anciana al arrojarse de un puente peatonal. La foto que acompañaba al artículo noticioso en la sección judicial era nada más y nada menos que la de su asquerosa, irritante, y exasperante acompañante de almuerzo. La mujer que tanto odiaba desde que su mundo se hizo trizas por ese maligno hechizo del hambre infinita. La que en el artículo describían como una mujer altruista, con mucho dinero, que había dedicado su vida y su fortuna en trabajos sociales con jóvenes y ancianos indigentes, y que el viernes anterior exactamente a las dos en punto de la tarde, había decidido acabar con su vida al arrojarse de un puente peatonal cercano al sector comercial de la ciudad, después de haber almorzado tranquilamente en un restaurante de la zona.

Soltó el periódico por la explosión nuclear del miedo en su interior. Primero pensó que, muerta la bruja, si su hechizo seguía vigente, quería decir que ya nada podía hacer, estaba condenado eternamente al sufrimiento. Pero después de unos segundos de meditación, y adicionando gramos de razón a su intelecto, y de sentirse un perfecto imbécil por creer en brujas y hechizos. Se paró de su nuevo trono de tranquilidad con la firme intención de buscar cuanto antes atención médica, como lo sugirió su vecino, y como cualquier persona sensata hubiera hecho al mismo instante de presentare esos terribles síntomas.

<< Ojalá aun no sea demasiado tarde – pensó – ¡Que estúpido he sido!>>

Pero antes de dar el primer paso hacia la sensatez miró una vez más la mortuoria foto del diario amarillista, donde la anciana yacía tirada sobre el pavimento con su cuerpo retorcido y la boca ensangrentada. La detalló con infinito cuidado y esmero, hasta que fue fulminado por una aterradora revelación.

– ¡No puede ser! – Gritó al tiempo que destrozaba la página del diario y caían al suelo los restos de su razón extinta.

La fotografía mostraba, además del cuerpo inerte de aquella irritante mujer, varías mariposas negras muertas a su lado, igual a las que lo habían atormentado en su alucinación macabra. Descubrió entonces, fundamentado en su locura, que la pobre señora también había sido víctima de otro ser lleno de maldad. No había otra explicación en el mundo de los desesperados, del cual él era el rey. Esa pobre anciana, según rezaba el periódico, era una ser bueno, bondadoso, entregado a sus semejantes. De repente una luz reveladora explotó en su intelecto destruido despejando cualquier duda y aniquilando toda sensatez:

<<Entonces la bruja es…. >>

– ¿Ya leíste la noticia de tu compañera de mesa del viernes? – Preguntó la joven mulata saliendo de la cocina con un plato de comida en una bandeja roja – Es una pena ¿verdad? Pero siempre he dicho que las personas deben ser amables, corteses, guardar la altanería. Lo que más rabia me da en mi trabajo de mesera, es que me apuren con groserías. ¿Y esa vieja era grosera e irritante verdad?

Su mundo empezó a girar con turbulencia, mientras el piso bajo sus pies hinchados se hacía migajas polvorientas.

– ¡Tú eres la culpable de su muerte! ¡Te vengaste por su mala actitud durante el almuerzo y la drogaste para que se lanzara del puente! Igual hiciste conmigo. ¿Qué porquería me diste? ¿Qué droga, que narcótico, que brujería le echaste a la comida para que tuviera esas alucinaciones tan espantosas y para que nunca se me quite el hambre? ¡Responde de una buena vez maldita bruja!
– Lo único que te voy a decir es que, si quieres alcanzar la tranquilidad, si quieres poder calmar tu apetito y recuperar tu vida, tienes que venir a mí. Yo te daré la cura todos los días hasta que me dé la gana de dejarte libre de esta atadura, o cuando me aburra de ti.

El rostro recobró el color por la rabia que estalló en su alma herida. Apretó el puño con fuerza y lanzó el golpe directo a su infame hechicera, pero una barrera invisible frenó su aguerrido ataque, y lo arrojó de rodillas al suelo sucio del recinto siniestro, con la respiración cortada y la vista borrosa.

– No sigas luchando contra lo irremediable amor – Dijo la mujer con ternura – Más bien acomódate aquí en tu mesa favorita, donde almuerzas todos los días y cómete tu almuerzo ¡ahora!

El obedeció como perro faldero y comenzó a hartarse primero el hirviente plato de sopa de costilla con huesos carnudos, y luego el plato de carne guisada, arroz blanco, tajadas de plátano maduro y ensalada blanca, todo esto acompañado con un vaso gigante de agua de panela con limón y hielo picado. Hasta que por fin pudo saciar su hambruna.

Después de un par de días en el hospital, atendiendo la orden de su ama, volvió a su adorada rutina, a su horario definido en la torre destructora de los sueños donde reposaba su blanca oficina sin sabor. Llevando en sus espaldas el saco abultado de una vida insulsa, sin pasión y sin emociones extremas. Asistiendo todos los días religiosamente al majestuoso Quiosco de Joaco a calmar su hambre y los deseos carnales de su dueña, con total resignación y sin emoción alguna. Porque las brujas existen, y no son como las pintan en los cuentos: viejas con una enorme nariz decorada con una verruga peluda. Colgadas en una escoba que les sirve de transporte surcando los cielos en compañía de un gato negro, arrojando una risa malvada y brebajes para convertir a sus enemigos en sapos y lagartos. Las brujas pueden aparecer en el momento menos esperado con la inocente figura de una insignificante mulata de un pueblo olvidado de la región, con caderas sublimes, grandes ojos marrones y un corazón negro repleto de maldad. Y lo digo yo, que escribo este relato en tercera persona, compartiendo mi infeliz historia con todo aquel que se interese en mi desgracia, y a manera de nota de despedida antes de disparar esta escopeta que tapizará alegremente con mis sesos destrozados esta solitaria habitación, y me llevará de una vez por todas, al umbral de la satisfacción total.

FIN



ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes



jueves, 23 de agosto de 2018

FELIZ CUMPLEAÑOS ÑOÑO




Ayer, en medio de una cascada de sol y buenos deseos, de abrazos, besos y cariño sincero, se cumplió una vez mas el aniversario de mi nacimiento, mi cumpleaños número 35 bajo un inmaculado cielo de agosto, y por segundo año consecutivo, tu llamada no llegó. El calor de tu voz fuerte permaneció como un recuerdo fundido en las fosas mi memoria, mas no sonó como siempre lo hacía cada 22 de agosto, con aquel fulgor de los tiempos idos, ni con el cariño cansado de los últimos años. No me arropó con su canto habitual, ni me acarició la brisa fresca que traía el acostumbrado y oportuno consejo. Quedó sólo la ausencia que hiere a cuenta gotas, el vacío del silencio, la expectativa quebrada el mil pedazos, y un alma abatida porque tú no estás.

Decidí entonces esperarte con paciencia loca en el asiento de mis sueños. Descubrir tu figura en la distancia, tus movimientos en el horizonte inmaterial, y el centelleo de tu mirada al final del camino. Anhelaba sentir una vez más el aroma fresco de un abrazo, el beso cálido de tu corazón cansado, una sonrisa, un apretón palpitante de tus manos, tu voz, una palabra, un suspiro. Pero me perdí en el laberinto oscuro de mis pensamientos trémulos, sin encontrar la ruta hacía el tranquilo mundo de los sueños. Naufragué en un mar embravecido de reminiscencias, y me ahogué el torbellino violento del insomnio. Recordé mi niñez a tu lado, los paseos por el parque, el aroma a café y cigarrillo en el ambiente, la música vieja como fondo constante, la radio como centro del universo, y el fascinante terror de tus historias. Galopé entonces a paso lento por el muro que puso la distancia, las llamadas y visitas esporádicas, el tiempo desperdiciado, los encuentros cortos, los mensajes que aun conservo y atesoro en mi celular. Quise revivir aquella tarde soleada donde con todos tus nietos y bisnietos explotó en tu rostro la alegría y la satisfacción de haber dejado un legado más importante en esa descendencia que en el mismo mundo de la radio. Pero me asfixiaron las telarañas de los años transcurridos y me perdí el humo negro del pasado.

Hoy, 23 de agosto, en medio de un cielo sombrío que se caía a pedazos en un aguacero interminable, no pude hacer la llamada para felicitarte por el que sería tu cumpleaños número 85. Se me atragantaron los buenos deseos en mi alma y se llenó de congoja mi corazón. Te tuve en mi mente y en mi pecho durante todo el día, como todos los días en los últimos dos años. Hasta que descubrí, justo cuando se fundía el sol en un mar ceniciento bajo un firmamento mojado, que tu presencia se encuentra en cada célula de mi cuerpo, que en verdad soy la prolongación de tu existencia. Tu rostro ilumina mi espejo, es tu nombre el que adorna mi firma, y estas ahí donde el corazón te recuerda y te extraña. Por eso no intentaré buscarte en mis sueños… más bien esperaré pacientemente tu visita en mis pensamientos, para abrazarte y besarte con cada recuerdo, sabiendo que de alguna manera este mensaje, y los buenos deseos por tu cumpleaños, te llegarán con toda intensidad, en un marco espiritual diferente, misterioso, luminoso…. Cargado de amor.

Feliz cumpleaños abuelo querido…. Feliz cumpleaños ñoño.



ALVARO RUIZ REYES

Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

jueves, 15 de septiembre de 2016

CONFINADO (Segunda parte)


SEGUNDA PARTE


Pensaba muchas cosas mientras en ascensor descendía a velocidad “normal”… 12…11…10… ¿Qué ruta tomar para llegar rápido a la iglesia?, ¿cómo clavar a mi nueva esposa para que se sintiera como si fuera la primera vez?, ¿cuál sería el tiempo prudente para el primer desliz? … todo en completa calma, cuando de pronto, otra vez el mundo se zarandeó en el interior del ascensor, revolviéndome el estomago y golpeando todo mi cuerpo en ese bamboleo infernal.  Las luces comenzaron a espabilar copiosamente y un ruido metálico y agudo envolvió el ambiente ahogando por completo mis alaridos de pavor. De repente el endemoniado cajón de lata comenzó a caer con furia a una velocidad asombrosa, que hizo volar mi cuerpo aterrado hasta el cuadriculado techo de madera, donde quede pegado a merced de la aceleración y aguardando el choque definitivo y fulminante con el suelo donde se despedazaría esa infernal caja junto con mi desparramado ser, formando una masa irreconocible de escombros y viseras, que aun vibrarían por el poderío del impacto. Mi vida llegaba a su fin.


El ascensor se detuvo antes de chocar con el piso, en una sinfonía de sonidos metálicos que destrozaron mis oídos y quebrantaron mis nervios por completo. Me encontraba nuevamente en el suelo de caucho del enlatado ataúd, con el cuerpo magullado, la cara cortada, el traje destruido. Seguramente todo pasó en unos pocos segundos, pero en medio de mi terror parecieron horas eternas de padecimiento, de dolor y de angustia. Me puse de pie torpemente, pues aun me encontraba bajo efectos de un terrible mareo, y con algo de esfuerzo comencé a presionar desesperadamente el botón para abrir la puerta, pero nada ocurrió. El panel de botones parecía muerto, de igual forma la pantalla de LCD donde solía dibujarse el número del piso actual. Procedí entonces con aflores de locura a hundir repetitivamente el botón de alarma, luego el que se adornaba con una figura de teléfono, seguramente para pedir auxilio al mundo exterior. Pero nada ocurrió, nadie respondió.

– Calma, calma – Me dije agitadamente – hay que mantener la calma, pronto el imbécil de Jorge se dará cuenta que el ascensor está averiado y mandará a buscar al personal de mantenimiento. Es cuestión de soportar unos minutos –

Pero los minutos pasaron con la suavidad cortante de la desesperación, y con la pánfila velocidad de unos pies untados de plomo, y nada pasó, nadie llamó, ningún ruido en las cercanías de mi encierro. Reinaba una hiriente calma, un silencio tormentoso y una preocupación creciente de estar sepultado bajo toneladas de escombros, en medio de una ciudad muerta, destruida por un terremoto nefasto, sin personal de mantenimiento cerca, sin rescatistas al tanto del pobre imbécil encerrado en el ascensor, y con una boda suspendida por la ausencia de un novio que se perdió en su egoísmo y su cobardía. Entonces grité, lloré, reí y oré. Pero nada conseguía esa dosis de paz que necesitaba para enfriar mi cabeza y armar una estrategia de fuga, de escape o simplemente de auxilio. Pero de repente, sepultado en mi congoja, sentí un bulto en el bolsillo derecho de mi percudido pantalón de lino, ¡si, era mi celular! ¿Por qué no había pensado en usarlo antes?... ¡qué estúpido!...con una sola llamada tendría a todo el personal de bomberos y a todos los rescatistas de la ciudad tratando de sacarme de mi celda cubica. Pero mi naciente ilusión fue destrozada con el terrible mazo de la realidad, pues el maldito celular brillaba con un funesto mensaje en su pantalla que decía para dolor mío: Sin servicio. 

– ¡Malditos celulares! – Grité – ¿Por qué en los ascensores quedan sin señal?

Apreté con fuerza al maldito aparato y lo destrocé contra el piso del ascensor, maldiciendo una y otra vez a todas las compañías de telefonía celular, a los fabricantes de celulares, y a los malnacidos que diseñaron este endemoniado ascensor sepultado en el interior del edificio, en una fosa de concreto y hierro donde escasamente entran moléculas de oxigeno para respirar. Pero al ver regadas las tripas del celular y la batería en el piso de la caja infernal, desvíe la rabia hacia mi furioso e iracundo genio,  por haber destruido el único artefacto de distracción, o de salvación. Y al mismo tiempo lo único que podría darme la hora en ese horno de latón, y mantenerme ligado así al susurro inmaterial del tiempo. Ahora estaba a merced de los cálculos, de la aproximación de los minutos, del conteo mental en intervalos de 60 en 60 para sumar minutos a los cestos de las horas de confinamiento. Y así lo hice, hasta que mis ojos se cerraron lentamente sucumbiendo sin remedio al peso del miedo y del agotamiento mental, hasta sumergirme en la oscuridad del sueño cuando llegaba forzosamente al número 4880 de mi absurdo conteo.



Un calor asfixiante me arrancó del placido país del sueño, al tiempo que un zumbido devoraba el silencio al interior de aquella infernal “lata de sardinas”. Mi vista cansada, nublada y desesperada comenzó a buscar la fuente de ese ruido, para comprobar si por algún motivo estaba ligado con el aumento de la temperatura en el ascensor. En efecto, el sonido rasposo que llegaba a mis oídos era el agónico clamado del ventilador que se encontraba en el techo, el cual estaba chorreando su último aliento de vida, limitando el aire “fresco” que alimentaba el interior de mi celda, hasta que, en un aullido solitario de perro, se arrojó a la muerte de los aparatos eléctricos: se quemó. Dejándome una terrible sensación de ahogo, de calor, de locura. Sentía mi piel hirviendo, mi sangre burbujeando, mi cuerpo derretido, mis pulmones apretados y mi corazón desbocado en latidos insolentes. No podía respirar, hablar, concentrarme en un punto fijo. Tenía nauseas, temblores que dominaban mi cuerpo lamido en un sudor de hielo, miedo, pavor. Quería escapar de las densas sábanas que me arropaban en esa caverna y respirar, y gritar y vivir, y casarme. Así que comencé a gritar, a llorar una vez más y a golpear las paredes tratando de destruir esas barreras que me apresaban, sin conseguir el éxito en mi cometido. Desesperado y aturdido incrusté mis dedos en la ranura de las puertas para abrirlas a la fuerza, pero no cedieron ni un milímetro, dejándome una vez más exhausto, adolorido, derrotado y con los dedos destrozados. Pero me inyecté fortaleza una vez más y con mi última reserva de aliento me apoyé en una de las paredes y coloqué mi pie derecho en la baranda que se encontraba justo debajo del espejo. Tomé impulso y di un fuerte puñetazo al rígido y cuadriculado techo de madera. Lo impacté con toda mi furia una y otra vez, hasta desprender el aditamento ornamental que forraba lo más alto de mi cámara mortuoria, dejando al descubierto una fuerte lamina metálica que no cedió al desespero de mis golpes. Una vez más las películas de acción me habían fallado. No encontré la puerta de escape por donde entran y salen los héroes de la pantalla grande, destruyendo así la última esperanza de salvación que arropaba en lo más profundo de mi agobiada existencia. Y para colmo de males, producto de esos acalorados azotes, las lámparas comenzaron otra vez con un incesante parpadeo, convirtiendo al ascensor en una pequeña discoteca, hasta que sucumbieron, al igual que el ventilador, dejando mi vida en las tinieblas, sin aire, sin ventilación sin esperanzas y pataleando en el infesto y nauseabundo lodazal del miedo, la demencia y la desesperación. 
Me tiré al suelo, y me encogí en uno de los ardientes rincones al tiempo que me despojaba mecánicamente de los zapatos, el pantalón y la camisa. Lloré en silencio, y me dejé llevar de nuevo por el agotamiento, perdiendo la consciencia con la imagen resplandeciente y borrosa de mi novia estampada en el invisible tapiz de mi memoria. Añorando su presencia tierna y sus manos delicadas corriendo raudas por la pradera ceniza de mi pelo. Sus labios frescos derretidos en mi boca hambrienta y su sonrisa cristalina iluminando mi sendero. Era precisamente eso, su sonrisa, lo que más extrañaba en aquella cloaca lúgubre y solitaria. Aquellos labios arqueados, que no vería jamás. 


CONTINUARÁ...

Espera el próximo jueves la parte final del cuento.

viernes, 26 de agosto de 2016

A MI ABUELO

Hoy una vez más, y como en los últimos 15 tempestuosos días de este agosto interminable, desperté pensando en ti. ¿y cómo no hacerlo? ... tu inesperada partida de esta tierra dejó un inmenso vacío que jamás será llenado, lo sé. Pero el recuerdo mágico de tu existencia, y de tu extraordinario paso por mi mundo brillará por siempre, más allá del sentimiento de congoja, del tiempo que se esfuma, de la vida que avanza…y de la muerte misma.

Estos 15 días de un mundo opacado por tu ausencia material, han ido transformando el ritmo de los latidos de mi pecho, la forma en que recuerdo tus palabras firmes, tu voz de trueno, tus hazañas en el mundo de la radio, y en tu maravilloso rol de abuelo. Han pasado de ser sentimientos meramente tristes, llenos de dolor, arrepentimiento y en algunas veces de rabia, a convertirse en un manso lago de melancolía, en donde un suave viento de ternura y nostalgia impulsan sutilmente una balsa cargada de reminiscencias.

Quiero recordar hoy con estas letras que surgen del sentimiento profundo que me embarga, no al genio detrás de los libretos de código del terror, la ley contra el hampa, casta de valientes y demás obras que te hicieron figura en un medio ingrato que amaste con locura, incluso, hasta el final de tus días.  Ni a la prodigiosa mente untada con un talento excepcional que machacaba la máquina de escribir en un sinfónico abrazo creador de grandes y fantásticas historias. No, mi memoria vestida con el grueso abrigo de la nostalgia se posa plácidamente sobre aquel abuelo, padre y maestro. Esos recuerdos estupendos de una época pasada y remota de risas infantiles y algodón de azúcar en el parque Suri Salcedo de nuestra amada Barranquilla, vienen con imágenes perdidas de un color débil y pálido. Con sabor a coca cola de la tienda, pan de bono del Ley de la 72, y confites infinitos que salían todas las tardes del bolsillo de tu camisa. Llegan a mi mente maltrecha con un perfumado aliento a tinto y cigarrillo de las oficinas de caracol radio donde “regalaste” parte de tu imaginación y tu talento, y donde me llevaste algunas veces a ser partícipe de la materialización de tus sueños. Estos recuerdos desteñidos por el andar exasperante e inclemente de los años en la superficie de mi vida, con boleros, rancheras y vieja música tropical como melodía de fondo, están saturados por la ternura, el amor, por tus enseñanzas y consejos. Como aquella noche remota de un domingo olvidado, en cercanías de una pequeña tienda a orillas de la carrera 46, cuando me dijiste con tono enérgico y con la amplitud de tu portentosa voz: “Te tiene que ir bien el colegio, siendo hijo de quien eres, y más aún, siendo nieto de quien eres” suavizaste luego el regaño con una sonrisa, una coca cola helada y una historia de terror de la vieja Barranquilla.

Siempre recordaré tu figura en tu habitación en Plazuela del Carmen, de espaldas a la puerta, sentado al borde de la cama, escuchando grabaciones de tus programas viejos. Devolvías la cinta una y otra vez escuchando apartes de tu enérgica voz. Yo seguía en la distancia todos los movimientos en tu “sagrada comunión”, sin que advirtieras mi presencia y yo sin saber el porqué de aquel extraño ritual. Solo disfrutaba de aquel ferviente acto y me gustaba pensar que, en ese inmaterial instante, yo era el único oyente de tu programa de radio, y que tenía en exclusiva, la espectacular esencia de tu talento y creatividad. También recordaré aquellas tardes de brisa fresca cuando iba a visitarte en Discos y licores, uno de mis lugares favoritos en todo el mundo en esos días infantiles. El trayecto por la 72 y su ajetreo constante, el bullicio de los vendedores ambulantes, los almacenes de ropa, los diversos olores a gasolina quemada y arepa asada. Pasar la tarde escuchándote hablar con los clientes y amigos sobre la música de oro de tiempos mejores y de aquellos maravillosos artistas sepultados por el olvido de los años, mientras acababas con vehemencia con el termo de tinto y la caja de cigarrillos. Aprendí a amar esa arcaica música de otra época gracias a ti, gusto que aún conservo y que tendré toda mi vida, con todas las valiosas enseñanzas y datos relevantes que nos dejaste para disfrutar esas obras y artistas, más allá de la melodía misma, a un nivel superior.
Tu presencia siempre fue una constante en mi existencia, tus historias de espantos, tus anécdotas radiales, tus peleas con figuras de la televisión, de la radio y de las letras. O con cualquier pobre cristiano que te discutiera algo con pocos argumentos … te lo comías vivo con datos, fechas, lugares y citas exactas. El hecho de cumplir años un día antes que tú, nos daba cierta complicidad a la hora de las felicitaciones correspondientes, siempre terminaba la llamada diciéndote: “gracias por llamarme ñoño, mañana te llamo yo a ti”. Ahora se me arruga el corazón saber que más nunca haré esa llamada el día después de mi cumpleaños, o por lo menos no de la forma acostumbrada con los medios de telecomunicaciones de este mundo, sino con el pensamiento y el corazón con sus latidos como tono. Mis manos no volverán a tocar las tuyas, ni sentiré nuevamente el calor de tus abrazos y besos en la mejilla. Porque partiste definitivamente de este mundo, Dios te llamó a su regazo para animar con tu gracia e imaginación, en otro plano espiritual, en la eternidad, con un programa radial que no acabará jamás.

Termino este sincero escrito elevando con amor mis manos al cielo, para agradecerte por todo lo que en vida nos diste, por tu esfuerzo y trabajo en momentos de crisis; por tu sangre y tus genes. Por regalarme la dicha de tener, al igual que mi padre, tu nombre, y poder habérselo dado a mi primogénito. Y como me lo escribiste en aquel hermoso poema de antaño: “Soy lo prolongación de tu existencia”. Y viviré de la mejor manera posible, para que donde estés te sientas orgulloso de este nieto, que en silencio te amo, te admiró y respetó, y te seguirá amando, admirando y respetando … siempre.