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miércoles, 27 de mayo de 2020

LA BRUJA DEL HAMBRE (Primera parte)





El medio día llegó adornado por el hastío, la fatiga y un cansancio mental demoledor. El reloj marcaba las 12:30 en punto, mientras el estómago con los repetitivos ladridos y quejidos, anunciaba el fin de la primera jornada laboral, al tiempo que reclamaba con altanería la dosis adecuada y merecida de exquisita grasa y ardiente carbohidrato para recargar las baterías de un cuerpo desecho y continuar así con la corrida de la segunda faena de trabajo, que al igual que la primera estaría salpicada por la rutina, el aburrimiento y el sabor amargo de la derrota. Así que sin esperar a que el minutero conquistara una fracción adicional en la geografía del tiempo, tomó su letargo impulsado por el hambre y por el deseo de respirar aire puro y dirigió su paso maltrecho hacia el mundo exterior, sin saber en ese sutil instante de felicidad, que jamás volvería de ese almuerzo maldito, receta putrefacta de la muerte.


Al salir de la torre prisionera de los sueños, donde se ubicaba su oficina, el sol quemó su piel dormida con el ataque letal de sus despiadados rayos asesinos, mientras sus pulmones se hincharon con los gases “puros” del ambiente citadino atestados de Smog y un montón de porquerías más, pero que en ese ligero soplo de bullicio se vistieron con un burbujeante sabor de libertad, que impregnó su pecho de latidos y su alma de una fugaz satisfacción total. Sin duda alguna, la calma antes de la tragedia.

Ya sin más síntomas en su débil cuerpo que una ansiedad atroz, aceleró el paso hacia su destino final. El camino se hizo eterno por los efectos desgastantes del hambre física, del calor agobiante, del ruido insoportable de miles de motores ardiendo al mismo tiempo, pero sobre todo por un naciente sentimiento de desgracia que se había apoderado, en medio de un trago acalorado de gasolina quemada, de su tranquilidad. Y había diluido casi por completo la dicha sentida hacía pocos minutos al cruzar el umbral luminoso del cansancio espiritual, rumbo a la hora y media de independencia. Era una sensación algo conocida, Igual que otras veces cuando el cielo se vestía con el manto gris del invierno, o cuando los problemas laborales traspasaban la barrera de la hora del almuerzo, generando incomodidad hasta con la propia sombra. Pero al mismo tiempo con un ingrediente enigmático, más allá de la preocupación, del estrés, de la locura. Era más bien una premonición, un pálpito, que lo invitaba a dar media vuelta y saciar su hambruna en otro lugar, lejos de aquella carpa roja que daba sombra a una terraza enorme repleta de sillas y mesas plásticas; atestada de platos efervescentes y grasosos; llena de empleados hambrientos, meseros sudados, ejecutivos sin tiempo, y una que otra mosca indestructible y voraz. Pero lo limitado de su tiempo no permitía buscar otro recinto calmante de su furia estomacal, y la cercanía de este “restaurante” con su lugar de oficio, era una tentación a su pereza cósmica, además, no sería la primera vez que se convertiría en un comensal más de este selecto y exclusivo lugar, llevaba más de un año  degustando las delicias típicas de la región con todos sus excesos de condimentos y colesterol, envueltas en un nombre peculiar, casi excitante a su insaciable apetito: “Almuerzo Corriente”, o como lo conocía todo el universo del proletariado ejecutivo : “El corrientazo”.


Sacudiendo entonces sus temores sin fundamentos y dudas estúpidas, apresuró su andar bajo el rejo inclemente del endemoniado sol del mediodía, hasta que se encontró en todo el frente del majestuoso “Quiosco de Joaco”, el nombre insípido de un sitio sin bríos ni belleza, pero vital a esa hora del día para los muchos esclavos aglomerados en esa zona comercial. Extrañamente, a la hora pico de los restaurantes ejecutivos del sector, el Quiosco de Joaco se encontraba poco concurrido. Algunas personas solitarias devoraban los “exquisitos” manjares del escaso menú, el cual se hallaba ilustrado en un tablero de acrílico a la vista de todos los clientes. Otros lucían sus vientres hinchados mientras reposaban la llenura con los ojos clavados en el pequeño televisor de 14 pulgadas que brillaba como un lucero solitario en el tapiz de un inmenso cielo negro de fondo, justo en el rincón superior izquierdo del mostrador. De repente un gruñido enfurecido del estómago lo devolvió a la realidad y lo increpó por la demora en escoger la mesa y pedir el suculento manjar, o corrientazo sublime. Sin perder más tiempo entonces, dirigió su andar y su atención afilada al puesto que había ocupado durante todo el año cuando llegaba a tiempo al restaurante, justo en la hilera central en el medio de la terraza. Cerca de la salida, cerca a punto de pago y en todo el frente del diminuto televisor. Una vez en posesión de su lugar plástico humectado por el paso fugaz de un trapo asqueroso encargado de limpiar todas las mesas, y pringado por el tufo de la sarna, llamó a la empleada a cargo de tomar los pedidos en esa línea de puestos centrales. Era la mesera de siempre, la que lo había atendido todos los días de lunes a viernes a la hora del almuerzo durante el último año. Era una mujer de curvas exageradas, mulata hasta los pies, con el cabello rizado recogido en un moño amorfo y horripilante, la cual le había mandado señales untadas de coquetería y picardía, y en ocasiones representadas en raciones dobles de carne, de sopa o tajadas de plátano maduro, pero se habían diluido en el desinterés por parte de él, quien se dedicó a ignorarla todos los días y a mantenerla en su lugar de mesera, hasta que ella con aparente resignación lo alejó de su corazón y de sus deseos y lo mantuvo en su lugar de cliente, como a todos los demás que iban en deglutir los hirvientes alimentos y a salir con rapidez de ese horno viviente. Así que, como en los últimos encuentros lo recibió con una mirada helada que contrastaba con el ambiente infernal bajo la carpa roja besada por el fuego solar.


– ¿Que va a ordenar señor?

– Tráeme por favor una “corriente” de carne guisada con arroz blanco, sin granos y con ensalada blanca – le dijo saboreando el platillo solo con nombrarlo

– Ya se acabó la ensalada blanca – respondió la mulata con su acento sabanero – solo queda ensalada verde.

<< ¡Últimamente siempre se acaba esa bendita ensalada! – Pensó – hasta en un día como hoy que está el restaurante vacío>>

– Bueno, tráeme la ensalada verde entonces.

– ¿Algo más? – preguntó con la impaciencia reflejada en sus ojos marrones.

– Mmmm sí. No me sirvas agua de panela por favor – respondió – tráeme mejor una gaseosa y un vaso con hielo.


La morena apuntó con rapidez el pedido en un papel amarillento y lo arrojó en la mesa. Luego se alejó velozmente contoneando sus caderas voluminosas y sudadas, y entregó el mensaje en la cocina con un grito poderoso:


– ¡Uno con carne guisada sin granos para la mesa 8!


Unos pocos minutos más tarde apareció nuevamente con un humeante plato de sopa como aperitivo que apresuró en colocar en la mesa plástica de un rojo pálido, aun dominada por la fragancia destilada por el sucio limpión y la corteza lustrada por la grasa dormida de anteriores servicios.

– Muchas gracias morena –Le dijo – Ojalá no se demore tanto el seco

– Ya ahorita sale


Toda esta ceremonia hacia parte del rastrillar de su agobiante rutina. Día tras día de repasar el mismo camino, de recorrer los mismos pasos, de comer la misma carne guisada y mezclar su aceitoso jugo con el grasoso arroz inmortalizado con la forma del pocillo. Sumando a todo este festín de la costumbre, el aburrimiento de una vida predecible, tranquila, sin emociones fuertes ni giros inesperados.  Pero todo esto terminaría en pocos minutos, justo después de la primera cucharada hirviente de sopa de hueso, bajo una carpa plástica que parecía ceder al incendio del cielo, y bajo la mirada maligna de un ser siniestro, enviado al parecer, por el mismo Lucifer.


Ya con su “aperitivo” en la mesa, observaba cómo el plato emanaba un vapor condimentado y suculento. Un hueso picudo y sin carne sobresalía como un iceberg en el océano grasiento de la sopa, al tiempo que las verduras cocidas flotaban mostrando su rica textura. Su nariz devoraba ese aderezado aire salino mientras su atormentado estomago torturado clamaba por el inmediato baño caliente de ese rico néctar de colesterol y harina. No lo hizo esperar más, y casi se traga la cuchara entera en el primer sorbo ardiente de ese líquido aceitoso, salado, rociado de limón y ají picante que se deslizó por su garganta ansiosa y comenzó a llenar su cuerpo nuevamente con energías ilimitadas y placer. Tan extasiado estaba con ese delicioso y fogoso trago de sopa, que no advirtió a la mujer que se había posado presurosamente justo al frente suyo, en la misma mesa y con una sonrisa amarilla de encías inflamadas chocando con sus ojos sorprendidos y excitados.


 – ¿Está ocupado el lugar? – Preguntó la mujer sin cambiar su expresión sonriente – ¿me puedo sentar aquí?

<<Pero si ya estas sentadas –Pensó – ¿Quién será esta vieja tan fea y mal vestida?>>

– Claro señora, no hay problema.


La mujer acomodó sus posaderas flacas en la silla plástica y colocó su viejo y gastado bolso de cuero negro sobre la mesa, mientras seguía con su asquerosa sonrisa pegada como estampa en su cara arrugada de uva pasa manchada por años de sol. Una vez alcanzada la comodidad deseada, llamó a la mesera y ordenó un almuerzo corriente con carne en bistec y una porción adicional de arroz blanco y sin tajadas de plátano amarillo. La mulata apuntó el pedido, arrojó el papel con el valor del mismo sobre la mesa, y corrió hacia la cocina a anunciar la petición de la nueva clienta, con la misma fuerza de siempre, estremeciendo todo el lugar.


La mujer que ahora le hacía compañía en la mesa, clavó de inmediato sus ojos grandes y cansados sobre el plato de sopa que su acompañante apresuraba en tomar. A pesar de la concentración en su alimento, éste pudo inspeccionar a su extraña compañera en medio de cada cucharada. Tenía el cabello corto de un raro tono anaranjado con unos visos blancos en las sienes, algo ondulado y peinado hacia atrás. El rostro mostraba maltrato y dolor, al tiempo que era surcado por profundas arrugas y huellas de despigmentación en su piel vieja. Pero sin duda alguna, lo que llamó su atención fue su expresión de burla y picardía. Desde que la vio sentarse al frente suyo no había quitado esa sonrisa con tintes de maldad, ni esa mirada de ojos luminosos abiertos totalmente que parecían brillar mucho más que el despiadado sol en el firmamento tropical. Sentía el peso de esa mirada penetrar su cuerpo y leer su alma, su mente, sus pensamientos paranoicos. Trató sin éxito de pensar en otras cosas, en el trabajo, en la sopa, en el almuerzo que demoraban en servir, pero nada lo hacía olvidarse, aunque fuera por un instante de esos ojos clavados en su vida como puñales en un trozo de queso añejo. Inmediatamente cayó sobre él como un baño de agua sucia, aquel temor absurdo que se había apoderado de su tranquilidad hacía unos minutos, y que había desechado por falta de motivos palpables y reales, pero ahora, que tenía a esa inmunda vieja al frente, con esa mirada penetrante y esa risa de dientes dañados y encías rancias, ese pulso de advertencia había tomado por fin una figura real causando el impacto suficiente para dejar la sopa a un lado, pagar la cuenta sin haber visto siquiera el almuerzo con la tradicional carne guisada, y correr hacía la torre destructora de sus sueños a buscar la seguridad de la costumbre en su oficina blanca y apacible. Pero antes de lograr su cometido, la “doña” dispersó sus pensamientos dementes con una inocente pregunta:


– ¿Por qué demoraran tanto en traer mi sopa? ¿A usted se la trajeron enseguida?

Sus labios parecían pegados por la manteca inerme del líquido bebido, y al mismo tiempo por el terror que se había apoderado de su ser.

– ¿Escuchó lo que le pregunté? Arremetió otra vez la anciana al no percibir una respuesta de su acompañante

– Sí, claro que la escuché – balbuceo – disculpe, pero tenía la boca llena. Respondiendo su pregunta le comento que la mía me la trajeron casi de inmediato.

– ¡Lo sabía! – Dijo para sus adentros la extraña mujer – ¡siempre es lo mismo!

Se levantó vigorosamente de su asiento y gritó:

– ¡Niña no me has traído mi sopa!

– Ya se la llevo doña, disculpe la demora – respondió la mesera mientras se apresuraba con el plato hacia la mesa.


Colocó el flameante brebaje sobre la planicie y le entregó los cubiertos junto con una tapa de limón. Por primera vez la anciana mostró una expresión diferente en su cara arrugada, la cual era el espejo lustroso de un odio profundo y destructivo, mientras la mesera acomodaba la sopa y los cubiertos. 

Una vez se retiró con el acostumbrado baile de sus carnes morenas, la vieja dibujó nuevamente esa sonrisa asquerosa en sus labios delgados y marchitos, al tiempo que lanzaba un alarido de hiena disfrazado de risa que irritó a su acompañante hasta los límites de lo que podía soportar y tolerar.


– Espero que no te moleste mi risa – dijo la vieja mientras rebuscaba en el interior de su inmundo bolso – a mucha gente le parece algo irritante.


Él pensaba exactamente lo mismo, pero su decencia lo invitó a realizar un gesto de cortesía dándole a entender a la fea anciana que no le molestaba en lo absoluto aquel hilarante desparpajo. 


– Menos mal jovencito, ahora puedo reírme con confianza.


Terminada la frase lanzó una poderosa y desagradable risotada con unos pringos de sopa y verduras que se filtraron por su dentadura podrida de dientes pardos y escasos, regando la mesa con un baño fétido de grasa, sal y saliva.


­ – Es la primera vez que vengo a este lugar. Me habían dicho que la comida era muy buena y barata, además que el servicio era excelente. Tenían razón, la sopa está muy rica. Está en su punto ideal de sal. Jijijijijiji.


Otra vez era risita asquerosa e insoportable acompañada de sopa, saliva y un trocito de papa. 


– Aunque veo que el servicio no es tan bueno, siempre me pasa lo mismo en estos restaurantes. Como no me ven tan bien vestida piensan que no tengo con que pagar. Pero yo siempre tengo mis tácticas de presión, tú sabes, mostrando que el cliente es quien manda. Jijijijijiji.


Él no sabía qué hacer, que decir, que pensar en ese momento engorroso de incomodidad, cuando necesitaba agregar a la olla caliente de su existencia tres kilogramos más de tolerancia y una tonelada entera de resistencia para no salir disparado de ese escabroso lugar dejando atrás la exquisita sopa, la mugrienta vieja, la cuenta, la mesera, el almuerzo sin servir, su locura y su aburrimiento. Y estuvo a punto de hacerlo, pero lo detuvo el agradable aroma expelido por un plato de carne guisada, arroz blanco, ensalada de tomate y pepino con cebolla y zanahoria rallada, tajadas de plátano amarillo y un vaso helado de gaseosa con hielo picado.


– Tome su almuerzo señor – dijo secamente la mulata – disculpe la demora

– ¿Oye niña y el mío se demora mucho? – Preguntó la vieja – Mira que ya me terminé la sopa

– Ya se lo traigo doña


Otra vez le tiró la pedrada de una mirada perversa rociada de odio y le dijo con los dientes apretados:

– Más te vale niña, más te vale.


Ignorando la conversación que subía cada vez más de tono, concentró su atención en su almuerzo, el cual lo ancló al puerto imaginario de la mesa. No podía dejar semejante delicia tirada en la mesa a meced del apetito malvado de la vieja que lo acompañaba, la cual seguramente se abalanzaría sobre él y se comería hasta el plato viejo de porcelana. Sólo tenía que comer rápido, pagar la cuenta, recibir la habitual pastilla de menta “helada” para el buen aliento y volver al riel de su vida sin sentido. Pero otra vez su fea compañera interrumpió su cometido y se adentró en sus pensamientos de victoria.


– ¡Que rica se ve la comida! ¿Sabe bien verdad?

– Si, tiene muy buen sabor

– Tengo un hambre terrible. Esta mañana no me dio tiempo de desayunar. Pero creo que va a valer la pena la espera, esa comida huele y se ve realmente exquisita

– No se desespere, ya se la van a traer


Se aferró a esa idea con la esperanza de que al ocuparse ella en su plato de comida, dejara de mirarlo con esos ojos hambrientos llenos de maldad, y callara por fin esa boca, fuente de aquella risa perturbadora y esa voz aguda y nasal que tanto le disgustaba a sus oídos desesperados. Pero se equivocó, lo peor estaba por venir.


 – Tome su almuerzo mi doña, y perdone la demora.

– Ya era hora niña, me estabas matando de hambre.


Al terminar la frase clavó los cubiertos en el perfumado platillo y comenzó a engullirlo con desesperación, como si no hubiera comido en varios días o temiera que alguien se lo arrebatara. 


<<Por lo menos la boca llena la mantendrá callada>> Pensó alegremente <<Ya me falta poco para terminar este almuerzo tan incómodo>>

– Que rico está esto niño – irrumpió la anciana regando trozos de arroz babeados por todo el lugar – ¿quieres probar mi carne en bistec?

– No, muchas gracias – respondió con evidente mal humor mientras se limpiaba con la servilleta, algunos asquerosos pringos de comida molida que se habían estrellado con su rostro enojado

– Es que está muy rica, Jijijijijiji, deberías probarla.

– No me provoca, gracias.


La anciana siguió tragando con furia, riendo y arrojando comida por los aires mientras él apuraba a la cuchara para terminar cuanto antes con ese martirio. Ya estaba a punto de acabar con su casi extinto corrientazo cuando la vieja frenó su acometida brutal sobre su almuerzo y comenzó a buscar otra vez algo en su deteriorado bolso negro.


– Aquí está, por fin lo encontré Jijijijiji – dijo mostrando un pequeño frasco de vidrio con un líquido amarillo y aceitoso – Éste es un perfume muy bueno que yo vendo, sirve para alejar las malas energías y para atraer el amor. Cuesta dos mil pesos, pero a ti que me has caído tan bien te lo dejo en tan solo mil pesitos.

– Señora, que pena, pero no uso perfume habitualmente, no lo puedo comprar.

– No seas mentiroso que hasta acá me llega el olor de un perfume de tu camisa –Agregó la vieja con amargura – Si no lo quieres comprar sólo dilo.

Depositó el frasquito nuevamente en su bolsa sucia y siguió revolviendo su interior con afán y desespero.

– Jijijijiji aquí lo tengo. Ya que no quisiste el anterior, deberías probar este.

Inclinó hacia el frente su cuerpo escuálido y le lanzó a su acompañante unas góticas de un extraño y fragante líquido color almíbar en la mano izquierda

– Huélelo y dime qué te parece – le dijo con tono sarcástico – Éste ayuda a la tranquilidad del alma y a la tolerancia.


Sorprendido por el intempestivo ataque de “perfume” y por el propósito del mismo, limpió su mano con el pantalón bañado de disgusto, y al mismo tiempo de pavor. La anciana ante el desaire frunció el ceño y apretó sus labios ajados exponiendo un gesto amenazante cargado de peligro. Le agarró la mano perfumada y la chocó fuertemente contra su nariz.


– ¡Sólo huélelo!


Él aspiró profundamente la fragancia con la firme intención de recibir el veneno completo para que la dosis fuera letal e indolora, y así acabar con su martirio.


– ¿Qué te parece? – Preguntó la vieja andrajosa – ¿tiene un rico aroma verdad?

– Si –Respondió tímidamente y con algo de terror – La verdad tiene un olor suave y relajante.

– Jijijijiji sabía que te iba a gustar, es un perfume muy rico y tan solo cuesta mil pesitos.

– Ya le dije que no uso perfume habitualmente. Si quiere le doy los mil pesos y usted se queda con el frasquito, y se lo vende a alguien que en verdad lo vaya a usar.


Ella lo rebanó con la mirada y le regaló un gesto asesino, mientras él percibía en medio de un repentino e insoportable mareo, un deterioro en el ambiente que lo rodeaba con rudeza, al cual se le precipitó una avalancha de oscuridad, de silencio y quietud.


– ¿Qué me pasa? – Preguntó en voz alta – ¿por qué me siento tan mareado?

– Es porque no te has comido todo tu almuerzo – respondió la mujer con la voz vestida de eco – mira nuevamente tu plato.


En medio del temblor de su existencia y de lo inestable de su mirada, arrojó su vista con dificultad sobre su casi extinto corrientazo, sorprendiéndose al encontrarlo completamente lleno y humeante.


– ¡Cómetelo de una buena vez! – Le ordeno la “bruja” – Si no quieres que yo te coma a ti.


Su rostro perdió el sano color y un sudor de hielo se apoderó de todo su cuerpo atemorizado y expuesto. Tomó la cuchara y obedeció la orden de su ama devorando todo el alimento en pocos segundos.


– Ya terminé, pero me sigo sintiendo hambriento, con mucho mareo. ¿Qué me pasa?

– Lo que pasa es que aún no te lo has comido todo – Respondió la anciana malvada – ¡Que te lo comas todo de una buena vez!


El plato misteriosamente se encontraba lleno otra vez emanando un vapor delicioso y provocador, así que una vez más agarró el instrumento metálico y deglutió toda la comida con desespero y determinación, empatándose la cara, el pecho y las manos con la grasa rojiza de la carne guisada y con el vinagre acido de la ensalada verde.


  Ya está – Dijo con el aliento cortado y la boca llena del mantecoso arroz – Ya lo dejé vacío, limpio.

– ¿Estás seguro? – Interrogó la vieja – Mira nuevamente el plato para que veas el manjar que te estás perdiendo.


Lo que vio en su mesa le produjo un poderoso impacto quebrando su cordura en un millón de esquirlas afiladas, le revolvió el estómago y le acrecentó el mareo, la angustia, el miedo, y un terrible dolor de cabeza que explotó su cráneo entero llenándolo de debilidad y repugnancia. En su plato desfilaban un centenar de cucarachas junto con un puñado de lombrices, gusanos, moscas, sapos y lagartijas, flotando armoniosamente en un lago apestoso de agua negra, podrida y grasienta. Detuvo entonces de golpe su asqueado escrutinio de porquerías con patas, y escupió de inmediato la masa de arroz que aún tenía en su boca, descubriendo con horror y asco que eran los restos triturados de todas esas alimañas revueltas en su mesa. 


– ¡Maldita vieja! – Gritó con vehemencia – ¿Qué me has hecho vieja desgraciada?


La bruja sólo reía y reía con sus dientes fangosos incrustados en sus encías fétidas, lanzando un aroma de muerte quemando sus pestañas con ese cáustico aliento. 


– Jijijiji que bueno este perfume ¿verdad? Te hace ver las cosas tal y como son. ¡Mira las porquerías que te comes todos los días en este sitio!, Jijijiji.


Con el vientre destrozado, la razón muerta y el mundo entero girando a una velocidad tremenda, expulsó en espasmos intermitentes los trozos digeridos del almuerzo encima de las criaturas asquerosas que se multiplicaban en el viejo plato de porcelana. Chorreando con la pestilencia de ese vomito rancio de insectos y gusanos mutilados, la mesa, las sillas, el piso y toda su ropa sudada.


– Maldita vieja bruja y tu maldito perfume del infierno – Le gritó escupiéndole restos maduros de su vomito caliente – ¡Me voy de aquí vieja hijueputa! 

– No te dejaré ir hasta que me des los mil pesos del perfume

– ¡Toma tus hijueputas mil pesos!


Con sus manos temblorosas, sudadas y empapadas por el aroma agrio de los alimentos expelidos, tomó su billetera y se dispuso a sacar el billete de mil que pondría fin a su infernal pesadilla. Agarró el viejo billete con los dedos pulgar e índice formando una pinza, pero cuando éste se encontró fuera de la billetera tomó automáticamente la forma de una mariposa negra y se elevó por los cielos con su dubitativo aleteo. 


– Jijijiji no sabes mantener el dinero muchacho – Agregó con burla la mujer – ¿se te escapa siempre de las manos?


Con la desesperación navegando en la superficie de su ser agarró otro billete con sus dedos temerosos, y una vez más se convirtió al instante en una negra y horrenda mariposa. Y así con el siguiente, y el otro y el otro. Todos se transformaban por la magia negra y sucia de la vieja bruja que se jactaba de tal singular espectáculo de decadencia. 


– ¡Desgraciada vieja déjame en paz!


Cogió varios billetes transformados en mariposas negras y se las arrojó con el odio agazapado en su existencia directamente en la cara burlona, sucia y marchita de su hechicera malvada. Después con todo su universo envuelto en un remolino de sensaciones nefastas y desagradables corrió hasta el mostrador del restaurante, donde un sombrío Joaco le recibió un puñado de mariposas negras como pago por el suculento almuerzo plagado de asquerosos y babosos animalitos. De repente, el viento comenzó a arremeter con una portentosa fuerza huracanada el desventurado restaurante del cual habían desaparecido misteriosamente y de un momento a otro, la mesera voluptuosa y morena, la bruja con su risotada maligna, Joaco con su mirada muerta y todos los comensales con los vientres hartos de cucarachas negras. En el pobre restaurante, escenario atroz de su tragedia, volaron por el impulso de un viento demoledor las mesas plásticas con sus superficies grasosas, las sillas, los platos viejos de porcelana, las ollas de la cocina, el diminuto televisor y la carpa colorada que por fin cedió al insistente abrazo de esa brisa mortal. Sólo quedó él en el centro de una terraza enorme cubierta por baldosas de tablón rojo carmín, con una expresión de pánico taladrada en su pálida cara, mientras observaba a pesar del mareo y de la vista nublada, el explotar del restaurante, de la calle, del sector comercial y del mundo entero en un beso inexplicable de cólera y absurda pasión, que se llevó entre otras cosas, su aburrimiento, su rutina y el pesado bulto de la costumbre de su vida plana y vacía. Lo que no sospechó en ese turbulento momento de frenesí, mientras su cuerpo destrozado viajaba por el túnel de un tornado voraz, era que su verdadera tragedia apenas acababa de comenzar.

CONTINUARÁ...


Espera el próximo jueves la parte final del cuento.


ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

viernes, 22 de febrero de 2019

CUANDO FLORECEN LOS ROBLES



Llegaste en febrero,
cuando los robles se engalanan con sus aromáticos trajes
derroche floral amarillo y rosa de sutil belleza,
lluvia aterciopelada de color en la pradera

Llegaste en febrero,
con el sol anidado en el fulgor de tu mirada
con la noche durmiendo mansa en tu cabello oscuro
mostrando tus movimientos felinos e imponentes
acariciando el aire con el cautivador aroma de tu piel
quemando el suelo en cada paso decidido
mientras atravesabas las fronteras de mi existencia triste
incendiando mi vida con la fuerza de tus gestos,
impulsando mi espíritu cansado con tu aliento fresco
bordando girasoles encendidos en mi alma enamorada

Porque contigo por fin entró la luz por mi ventana
y se quedó la felicidad a dormir en mi cama
Porque eres un beso eterno en la oscuridad
el calor de un sorbo de café por las mañanas
un bolero infinito de caricias cuando cae el sol
el Rock desesperado de mi corazón en llamas
Eres la locura incontrolable de mis días
Y la agonía cortante de mis noches
la protagonista hermosa de mis pensamientos
y la dueña absoluta de mi corazón.

Llegaste en febrero,
cuando los robles florecen con su esplendorosa belleza
así como floreció este sentimiento que de mi pecho se derrama
y hoy, en el fulgor alucinante de este día que culmina
a ti te lo entrego, enmarcado en la eternidad.


ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

jueves, 23 de agosto de 2018

FELIZ CUMPLEAÑOS ÑOÑO




Ayer, en medio de una cascada de sol y buenos deseos, de abrazos, besos y cariño sincero, se cumplió una vez mas el aniversario de mi nacimiento, mi cumpleaños número 35 bajo un inmaculado cielo de agosto, y por segundo año consecutivo, tu llamada no llegó. El calor de tu voz fuerte permaneció como un recuerdo fundido en las fosas mi memoria, mas no sonó como siempre lo hacía cada 22 de agosto, con aquel fulgor de los tiempos idos, ni con el cariño cansado de los últimos años. No me arropó con su canto habitual, ni me acarició la brisa fresca que traía el acostumbrado y oportuno consejo. Quedó sólo la ausencia que hiere a cuenta gotas, el vacío del silencio, la expectativa quebrada el mil pedazos, y un alma abatida porque tú no estás.

Decidí entonces esperarte con paciencia loca en el asiento de mis sueños. Descubrir tu figura en la distancia, tus movimientos en el horizonte inmaterial, y el centelleo de tu mirada al final del camino. Anhelaba sentir una vez más el aroma fresco de un abrazo, el beso cálido de tu corazón cansado, una sonrisa, un apretón palpitante de tus manos, tu voz, una palabra, un suspiro. Pero me perdí en el laberinto oscuro de mis pensamientos trémulos, sin encontrar la ruta hacía el tranquilo mundo de los sueños. Naufragué en un mar embravecido de reminiscencias, y me ahogué el torbellino violento del insomnio. Recordé mi niñez a tu lado, los paseos por el parque, el aroma a café y cigarrillo en el ambiente, la música vieja como fondo constante, la radio como centro del universo, y el fascinante terror de tus historias. Galopé entonces a paso lento por el muro que puso la distancia, las llamadas y visitas esporádicas, el tiempo desperdiciado, los encuentros cortos, los mensajes que aun conservo y atesoro en mi celular. Quise revivir aquella tarde soleada donde con todos tus nietos y bisnietos explotó en tu rostro la alegría y la satisfacción de haber dejado un legado más importante en esa descendencia que en el mismo mundo de la radio. Pero me asfixiaron las telarañas de los años transcurridos y me perdí el humo negro del pasado.

Hoy, 23 de agosto, en medio de un cielo sombrío que se caía a pedazos en un aguacero interminable, no pude hacer la llamada para felicitarte por el que sería tu cumpleaños número 85. Se me atragantaron los buenos deseos en mi alma y se llenó de congoja mi corazón. Te tuve en mi mente y en mi pecho durante todo el día, como todos los días en los últimos dos años. Hasta que descubrí, justo cuando se fundía el sol en un mar ceniciento bajo un firmamento mojado, que tu presencia se encuentra en cada célula de mi cuerpo, que en verdad soy la prolongación de tu existencia. Tu rostro ilumina mi espejo, es tu nombre el que adorna mi firma, y estas ahí donde el corazón te recuerda y te extraña. Por eso no intentaré buscarte en mis sueños… más bien esperaré pacientemente tu visita en mis pensamientos, para abrazarte y besarte con cada recuerdo, sabiendo que de alguna manera este mensaje, y los buenos deseos por tu cumpleaños, te llegarán con toda intensidad, en un marco espiritual diferente, misterioso, luminoso…. Cargado de amor.

Feliz cumpleaños abuelo querido…. Feliz cumpleaños ñoño.



ALVARO RUIZ REYES

Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

lunes, 19 de junio de 2017

Tu Llegada



Cartagena 19 de junio de 1992.

La tarde se nos vino encima, decorada con un cielo de felpa gris como tapiz sombrío, cargado de estruendos, destellos fulminantes, vientos huracanados y una borrasca hambrienta que chocaba con la tierra ansiosa, las calles agrietadas y tejados sedientos, levantando el fragor de los aromas dormidos y regándolos por todo el ambiente.

A mis casi nueve años de tránsito por las calles de la vida, esa condición atmosférica intermitente, ya había tenido como mínimo unos tres significados diferentes para mí. Pasó de ser las lágrimas sagradas de Dios, a un gigantesco grifo abierto por San Pedro, y en esa tarde opaca y nebulosa, de un simple aguacero de junio, a una señal húmeda que presagiaba el fin del mundo como lo conocía hasta entonces.  

Después de una larga espera de nueve meses, los cuales parecieron nueve años, pues a esa infantil edad el tiempo transcurre con un pánfilo andar, estaba todo listo: el maletín con esmero preparado, el escenario reservado, la tía Alba avisada con suficiente anticipación para cuidarme a mí, y muchos detalles más señalados en la lista de pendientes, todos y cada uno de ellos resueltos con la mayor diligencia.

En ese momento turbio y húmedo, la impaciencia y mi prematuro estrés formaban un aura densa alrededor de mi cuerpo. Ya quería conocer de una vez por todas a mi nuevo compañero de juegos, con el cual compartiría todos mis juguetes, saldría a manejar mi poco usada y casi oxidada bicicleta roja; jugaría fútbol en la calle, y escucharía mis agudos comentarios sobre el fútbol de muñecos. Ya no tendría que esperar con agobio la llegada de mis tres primos grandes para jugar, ni el asedio de mi pequeño primo terremoto Ricardo, ni las esporádicas visitas de mi hermano Mario para sentirme acompañado en esos eternos, tediosos y solitarios fines de semana. Desde mañana no tendría un hermano a ratos, ni primos casi hermanos por momentos. Ya podría dejar de hablar con seres imaginarios en los rincones oscuros de la locura, y dejaría de escuchar las voces siniestras y agudas de los muñecos en protesta por abusar de sus servicios de entretenimiento. Ya me despediría de todo eso, faltaba poco, solo tenía que sobrevivir una noche más a mis pensamientos dementes.

Mi mamá salió de la habitación con una bata blanca bañada de resplandor, su rostro con el fulgor de la alegría me contagiaba aún más en la distancia, y su vientre abultado agitaba mi pequeño corazón de niño solitario. Corrí en busca de un abrazo y recibí todo el amor de su pecho acelerado junto con la caricia de su lechoso perfume. Rocé mis dedos inquietos sobre su redonda barriga vibrante y le dije cuánto añoraba a mi hermanito. A pesar de la cortante prisa, hubo tiempo para inmortalizar el momento, y no dejarlo solo como una imagen opaca del pasado en alguna fosa perdida de nuestros recuerdos. Así que con la rustica y roja cámara fotográfica en manos, afloré mis precoces dotes de fotógrafo, capturando algunas imágenes para la posteridad, utilizando el pesebre regado de lluvia de las lomas vecinas, el firmamento algodonado teñido de gris, y la cotidianidad de las calles mojadas del barrio como fondo imponente de ese febril instante de felicidad. Las cosas ya no volverían a ser iguales, nuestro hogar se llenaría con unos nuevos ojos, con una nueva sonrisa, y un cuarto corazón retumbaría en la sinfónica de nuestra pequeña familia. Esa tarde gris de lluvia copiosa jamás regresaría, llevándose consigo en su gélido regazo, la soledad.

Mi papá agarró mi mano temblorosa y me condujo por las calles empapadas de la aun joven urbanización San Juan, uno de mis recintos favoritos para disfrutar a plenitud el regalo de la niñez. Así que, esquivando los charcos y grietas del acuoso pavimento en ese mundo aparte, llegamos al apartamento de la tía Alba, donde me esperaban mis tres primos: Rafaelito, Toño y Tico. Y el joven Rafael, gozando aun de un poblado bigote y el cabello negro.
La noche transcurrió lenta, fría, con el ataque inclemente de los mosquitos hambrientos, y con un rastrillar de pensamientos absurdos dando vueltas en mi cabeza enferma y ansiosa. Nunca, en esos casi nueve años de vida pude caer dormido como piedra. Cerrar los ojos adormilados en la noche, y volverlos a abrir en la mañana siguiente embarrados de legañas, sin tener que escuchar voces fantasmales, ruidos sepulcrales, carcajadas malignas. Siempre los abría a media noche dándole alas a mi imaginación torcida, y cabida a los espectros de la noche para recoger el miedo entre las sabanas bañadas por la pálida luz de la luna, que, dibujaba las más espeluznantes figuras en la habitación en medio de tantas sombras, inundando de terror esas madrugadas eternas, donde solo el refugio perfumado del cobijo de mi madre y mi padre, podía evaporar esos espíritus malvados adictos al sudor frío y denso de mi palpitante pavor. Esa noche de tétrica llovizna, lejos del refugio salvador de mis padres, en medio de una ronda de criaturas siniestras y de la angustia afilada de mi alma, me concentré en el rostro desconocido de mi hermanito como remedio para el miedo. Lo imaginé parecido al mí, con una sonrisa estampada en la cara, y unos ojos grandes iluminando la habitación. Disipando con su voz y sus manos pequeñas, los temores de mi vida. Alejando a los fantasmas con su sola presencia radiante, haciéndome soñar otra vez, con aventuras increíbles y luces de colores. Ese pensamiento afable me condujo directo al inmaterial país del sueño, sumergiéndome en él hasta el nacer de la alborada. 

En esa mañana fogosa, a una hora diferente a la real, me engalané con mi mejor atuendo: un suéter azul con un extraño estampado, una pantalonera de tela sintética mitad azul y mitad verde fosforescente, medias blancas y zapatos deportivos un poco untados de barro. Peiné mi cabello mojado a la moda de la época con un camino a un lado y esperé con angustia el momento de conocer a mi nuevo amigo. Seguramente él estaba tan ansioso como yo por conocernos, y tal vez ya sabía mi nombre, así como yo conocía el suyo desde hacía un par de meses: Miguel Ángel, como la tortuga ninja de antifaz color naranja, mi favorita.

Al llegar a la clínica mi corazón descontrolado no cabía en mi pecho sofocado. Daba tumbos como loco queriendo salir de mi cuerpo tembloroso. Se me hizo eterno el trayecto desde la entrada del recinto con aroma a alcohol antiséptico hasta la habitación atestada por el inconfundible perfume del merthiolate recién untado, mezclado con la fragancia penetrante del límpido multiusos y un poco de detergente. Sin duda alguna, olor a hospital. Mi madre yacía con la mirada perdida y sin color en el rostro tendida en la metálica cama, cubierta con una sábana hasta la mitad del tronco. Fue una imagen pavorosa, impactante. Pero lo que más me llenó de terror fue el no encontrar a Miguel Ángel en la habitación. ¿Será que se perdió? ¿Será que se lo robaron? ¿Dónde está? Pregunté       
Está en la sala cuna – me dijeron – ya lo traen.

Mi abuela, mi papá, y yo aguardamos con impaciencia. Había esperado ya mucho tiempo por él, desde esa tarde soleada cuando lloré pidiendo, exigiéndole a mi mamá su llegada para tener con quien jugar. Y ahora cuando ya existía en este mundo, no podía verlo, cargarlo, besarlo porque no lo traían de la supuesta sala cuna. Era desesperante.

Después de mucho esperar, en una hora diferente a la real, entró envuelvo como un regalo entre mantas blancas fragantes. Desde lejos, lo primero que vi fue una respingada y puntiaguda nariz, después unos ojos grandes, como los del sueño, los que espantaban la oscuridad. Lo pusieron en mis brazos trémulos y por primera vez en mi vida me sentí grande. Ya no era el más pequeño en el mundo, en mi mundo. Ya no era el más indefenso de la casa, por eso, tenía la obligación de cuidar de él por el resto de mi vida, amarlo y protegerlo. Enseñarle a jugar, a correr, a patear el balón, a dar vida a los muñecos. En ese momento intenso y electrizante mi pecho se llenó de sentimientos nuevos, desbordando una emoción indescriptible en todo mi ser, causante principal del derretir de mis ojos en llanto cálido y sincero, porque en ese febril momento supe gracias a ese pequeño y delicado ser entre mis brazos, que nunca más volvería a esta solo.

Dedicado a mi hermano Miguel Angel, hoy en el día de su cumpleaños.

FIN



ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

jueves, 24 de noviembre de 2016

El Amor



Comparto con ustedes mi mas reciente poema...pero mas que un poema, es una reflexión después de muchos años de ver las distintas caras del amor, sus matices, sus mentiras y verdades.





El amor ya no es una flor salpicada de luz en la mañana
es el agua fresca que la mantiene viva

El amor no es que te piense todo el tiempo
es que nunca te olvide

El amor ya no es aquella canción del corazón
es un llanto vivo a media noche

El amor no es un rosario de suspiros de miel
es el lamento avinagrado de tu ausencia

El amor ya no es aquel pájaro que surca la libertad del cielo
ni sus alas vaporosas doradas al sol de la tarde...
es el aire donde desliza su alegría con cuidado,
es la rama donde reposa su cansancio.

El amor no son tus ojos ni su brillo
es el calor de tu mirada sincera

El amor no son tus manos ni su roce suave
es la fuerza con que sostienes mi vida entera

El amor no es sólo que te quiera con locura
es que te respete con el alma y con cordura
es la costumbre de los días y sus noches
un vientre con vida propia que se hincha
mil Juguetes que se riegan en la sala
el desorden de los juegos y sus risas
los problemas a la hora del almuerzo.

Es la dicha de saber que los años dispersaron los fragmentos
de sentimientos banales y fantásticos sueños
es saber que se vistió de realidad
que se fortaleció del sufrimiento
que sobrevive no solo con besos

En conclusión sincera…
el amor son unos rizos de oro y su ternura
también una aguda voz de ratón,
sus locuras y mal genio.
Es un llanto vivo a media noche,
su rabia y su dulzura
plastilina de colores en el suelo
agua regada en la cocina
es el caos explosivo de las tardes
el desvelo interminable de las noches
los juegos infinitos en el parque
y tres coches guardados en el carro

El amor ya no es lo que era
es la verdad y lo difícil…
pero aun estas aquí
el amor es mi familia,
mi amor eres tu





ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

domingo, 25 de septiembre de 2016

MI MAS BELLO POEMA


#DomingodePoesia






Eres un poema encerrado en un cuerpo de mujer
con floridos versos esculpidos en tu sonrisa de leche
con mimosas palabras chispeando en tus ojos de mar
escrito a pulso por la gracia bendita del santo creador
y plasmado en el oro de tus cabellos de sol


Eres poesía en movimiento
con musicales estrofas bordadas en tu piel de azúcar
con métrico acento en los pliegues de tu voz de querubín
rimando en fogosa pasión sobre tus manos de princesa
tu alma divina con tu esplendorosa belleza


Eres también la balada de mi corazón en llamas
con un coro fulgurante en tu boca de durazno
con el estribillo del amor reflejado en el cristal de tu mirada
cantada en agonía ardiente y plano desespero
por el burbujeante latir de mi pecho


Y ahora que te tengo amarrada a mi alma enamorada,
estoy más que nunca convencido en el calor de esta mañana
que eres el himno armónico del amor de mi vida
mi único villancico en nochebuena
mi canción de cuna preferida
mi poesía y mi más bello poema




ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

jueves, 22 de septiembre de 2016

CONFINADO (Última parte)


PARTE FINAL



La siesta se prolongó más allá de los cálculos y los conteos de minutos llenando barriles de horas, que al mismo tiempo colmaron bodegas enteras de meses, inclusive de años. Mi vida se congeló en la oscuridad de esa caja de 1,2 X 1,2 metros, donde aprendí a vivir curtido de soledad y demencia. Al principio me sorprendió el no sentir hambre, quizá por alimentarme día a día del caldo ácido del miedo y la crema batida de la rabia. Al mismo tiempo las necesidades fisiológicas habían desaparecido de mi débil cuerpo, seguramente consecuencia de lo primero: al no comer, no cagaba, si no cagaba, la idea de morir de una vez por un chorro infinito de diarrea  no sucedería jamás. Pero no aguardé únicamente por una muerte lenta y pacífica. Intenté muchas veces a lo largo de ese encierro ilógico acabar con mi sufrimiento eterno, sin éxito alguno. Un día cualquiera, de esos dominados por la depresión, destrocé a puño limpio el apagado espejo de la celda. Tomé uno de los afilados fragmentos y cercené mis venas ansiosas. Pero la sangré no brotó. Iracundo agarré otro pedazo puntiagudo y me lo clavé en el cuello, pero ni dolor sentí. Fue ahí cuando la teoría de encontrarme en el limbo cobró fuerza. Seguramente había muerto destrozado por el impacto del ascensor y mi alma había quedado encerrada en ese espacio diminuto aguardando la sentencia final, mi condena. O el dictamen ya había sido anunciado, y era padecer eternamente en ese recinto maldito. Mientras esa fatal idea se cocinaba en mi subconsciente, yo seguía maquinando planes para acabar con mi infortunio. Me apuñalé varias veces con la llave del carro, me tragué las llaves del apartamento con todo y llavero. Componía canciones enteras con el acústico martillar de mi cabeza contra el piso y las paredes, pero nunca llegué a sentir dolor, y mucho menos a probar el fermentado aliento de la muerte expelido por sus dientes rancios y su  rostro huesudo. Así que un día, de esos de extraña alegría, decidí acabar con esas ideas suicidas y acostumbrarme a vivir de recuerdos, de sueños, de ideas. El primer recuerdo que llegó a esa fétida cárcel, fue precisamente la última imagen seductora que estremeció mi universo en un baile de lujuria antes de quedar atrapado en el confinamiento de mis miedos. Esa bella joven con su cuerpo bien formado y pinta deportiva apretada en sus carnes firmes; gotitas brillantes de sudor en su rostro pícaro e insinuante, que me había acompañado en medio de pensamientos libidinosos antes del derrumbe de mi vida, apareció en el tóxico y avinagrado espacio de 1,2 X 1,2 metros del endiablado ascensor, vestida de luz, inmaculada.  Con su toallita sobre el hombro derecho, cola de caballo apresando una cabellera negra y espesa, y esa Lycra negra potenciadora de sus nalgas duras y macizas.

<< ¿Es una alucinación? – me pregunté en medio de mi excitación – Sea un sueño u otra sorpresa de éste limbo eterno, la voy a disfrutar, y como prometí hace algún tiempo, la voy a poner a chillar.>>

Sin dar más espera a mis manos ansiosas y a mi corazón acelerado en latidos perturbados, me abalancé sobre mi presa vencida. La agarré con firmeza por su fina cintura, y choqué mis labios secos contra su boca azucarada probando el néctar de su boca y la textura de su lengua inquieta.

– ¡Señor! – Me dijo sin aliento – Deje algo para mañana
– El mañana no existe en este hueco, mi amor – Le respondí mientras le destrozaba el Top sobre su pecho erguido, dejando al descubierto un par de colinas coronadas con rosados pezones llenos de luz – Esto es un día largo y eterno, mi día de suerte por lo que veo. Cállate y disfruta.

De igual forma, y de un solo golpe, la despojé de su apretada lycra negra y de su delicado panty blanco de encaje. Quedando la obra de arte de su sexo al descubierto, sublime y tierno, tal como lo había imaginado en tantos años de encierro y soledad. Y lo mejor de todo, a merced de mi pasión ilimitada y mis sucios deseos encarnizados y reprimidos. Sin perder más tiempo, desgasté la piel húmeda de mis manos fuertes, mis labios agrietados y mi lengua ardiente sobre esa geografía montañosa y fragante de abdomen plano, glúteos redondos, vellos erizados al mínimo roce de mis dedos ansiosos, mientras sus acalorados suspiros de placer alimentaban una furia volcánica en mi entre pierna envuelta en el fuego de la excitación. Pero cuando mi “flecha” en llamas incendiada, estaba lista para clavarse en lo más profundo de ese cuerpo monumental y luminoso, se quebró de repente entre mis afanadas manos esa figura desnuda de bellas carnes, dejando mil esquilas de luz flotando en medio de la oscuridad asesina de mi tumba cubica. Quedando yo agitado, consternado, con las ganas florecidas y el cuerpo en llamas, al tiempo que una maldición por mi infortunio explotó de mi garganta y rebotó por las paredes metálicas del éste cofre maldito que disfrutaba con el espectáculo de mi desgracia.

– ¡Maldita sea mi suerte y mi vida! – Grité con todas mis fuerzas – ¡Esto no me puede estar pasando! ¡No me pueden dejar con las ganas!

Lloré de rabia una vez más tirado en el piso de caucho del ascensor, sin consuelo alguno, hasta que mi corazón encontró la calma en otro recuerdo, un recuerdo amado: Luciana. El día que la conocí en aquel establecimiento de libros y café, en medio de suaves luces verdes y naranjas, con sus ojos bellos devorando un gigantesco libro de Tolstoi y unas galletas de macadamia. Con esa imagen tenue, con el aroma a café, y el sabor de su primera mirada, me fundí en el bálsamo de un sueño donde se recreaba ese instante, por la eternidad.

Un tiempo después de la “aparición divina” de la joven, y de vivir de ideas, sueños y recuerdos, decidí inyectarme entusiasmo, y recorrí ese cajón infame una y otra vez. A veces durante horas y horas en línea recta, acumulando kilómetros en mis suelas. Me parecía muy raro como la dimensión de ese recinto estaba ligada con mi estado de ánimo. Cuando sentía “felicidad”, se ensanchaba sin límites, convirtiéndose en una enorme llanura por donde podía correr, brincar, y rodar durante horas sepultado en la oscuridad. Otras veces cuando intentaba correr embriagado por la rabia y la depresión, me golpeaba la cara con las paredes de la mazmorra, sintiendo cómo estas se acercaban apretando mi cuerpo con ese asfixiante y rudo abrazo. Así que opté por estar siempre feliz y disfrutar de la vida en ese encierro. De hacer las paces con mí destino, con mi suerte y con mis pensamientos. 
Me disculpé en la distancia cósmica con mi novia, por todos los engaños en nuestros 10 años de compartir un sentimiento, que sólo llegué a sentir real en mi absurdo confinamiento. Extrañé por mucho tiempo los deliciosos gestos de su rostro delicado, el perfume dulce de su voz cálida, y todos los movimientos perfectos de su cuerpo floral. Estampé su nombre en las 4 paredes de mi desdicha: “Luciana”, y grabé su sonrisa inmaculada en el techo de mi corazón, para que derramara luz en el valle oscuro de mi existencia extinta.  Pero a pesar de aumentar los días de felicidad, no todo fue tranquilidad y paz en mi extraño mundo de tinieblas. Muchas veces escuchaba durante largos periodos la voz clara de mis familiares. Sus reproches, sus insultos, y a veces, su llanto prolongado. También llegaba la voz de Luciana con todos sus matices amados, pero estaba llena de melancolía y de tristeza. Contagiándome de sus estropeados sentimientos de dolor, consiguiendo que el espacio de mi encierro se encogiera, hasta sentir los cuatro muros apretando con rudeza mi cuerpo derrotado, invadiendo el diminuto mundo con el crujir de mis huesos partidos. Siempre que esto sucedía, una lluvia de manos luminosas invadía mi dimensión y asechaban mi vida. Me tiraban del cabello, me agarraban por los brazos, por el cuello, por los pies y halaban con fuerza tratando de elevarme. Otras veces estas mismas manos siniestras me golpeaban la cara, la espalda el pecho y me agarraban por las muñecas con firmeza. Pero  siempre me defendía con vehemencia, con ahínco,  y las mordía sin pudor sintiendo el oxido sabor de la sangre jugueteando en mi colérica boca, viéndolas partir nuevamente y como las vi llegar, flotando con su resplandor alucinado en el infinito de la oscuridad.

Pero una “noche” (así llamé al periodo de tiempo en que dedicaba más tiempo a dormir) escuché otra vez en la lejanía, el llanto calmado de Luciana forrado por la felpa del eco. Mi corazón estreñido se quebró a la mitad al primer sollozo del ser amado. Ella repetía mi nombre una y otra vez, clamando por mi regreso.

– Abel, Abel, Abel – Rogaba – Regresa Abel, vuelve a mi –

Ya había escuchado ese clamor en distintas voces conocidas y queridas. Lo que me insinuaba estar dormido, perdido, secuestrado, o en una cama de un hospital en estado de coma.

<< ¡Eso es! – Pensé – de todas las locas hipótesis de mi raro destierro y clausura, esa debe ser la real… debo estar en un hospital dormido. Seguramente sobreviví al impacto del ascensor y quedé con serios traumas cráneo-encefálicos que me mantienen soñando. Esas últimas palabras de Luciana eran las piezas definitivas para armar el rompecabezas de mi tragedia >>

– Por favor Abel vuelve, regresa a mi lado –
– ¡Si mi amor, volveré a ti! – Grité – ¿pero dime cómo vuelvo? ¿Cuál es el camino de regreso?

Como si hubiera escuchado mi pregunta, me respondió  atravesando la barrera dimensional entre los dos, gritando con todas sus fuerzas. Esta vez su cálida voz cayó como piedra sin vestigios de eco o lejanía.

– Déjate llevar Abel, déjate llevar. ¡No me muerdas más!

Asombrado por el revelador mensaje, levanté mis ojos dormidos al irreal techo de mi aposento opresor y grité con vehemencia esperando el brillo perturbador de aquellas manos que tanto temía:

– Aquí estoy Luciana, llévame contigo, ¡rescátame de este encierro por favor!

Y explotó el cielo de mi mundo, de mi mazmorra pestilente, donde había vivido refugiado de mis miedos y a merced de ellos al mismo tiempo durante varios años. Y brotaron como ramas luminosas aquellas manos límpidas con las que tanto había luchado y a las que había mordido hasta el cansancio en defensa de mi integridad mental, sin saber que eran las puertas hondas hacia la libertad absoluta. Me acogieron con dulzura, me acariciaron el rostro, el cabello enmarañado y secaron mis lágrimas amargas. Luego se deslizaron por mi barbilla, mi cuello, mis hombros y se posaron en mi antebrazo derecho, halando suavemente hacia arriba. Sentí como mis pies se despegaron del húmedo piso de caucho del ascensor. El calor constante había desaparecido, mis pulmones se hincharon llenándose de un aire nuevo y fresco, mientras mi cuerpo entero levitaba sostenido fuertemente por el enjambre de manos piadosas que me guiaban por un sendero luminoso hacía un firmamento interminable de paz y de dicha. Por fin sentía la tranquilidad que tanto había añorado en los interminables días, meses y años de cautiverio en ese féretro asfixiante y aniquilador de esperanza, que me había devorado en aquella mañana remota, cuando me encontraba fulminado de miedo con mi pulcro traje blanco y a pocas horas de mi trascendental boda, la cual pensaba retomar una vez fuera del apestoso túnel. Pero antes de asomar mi humanidad golpeada por la barrera inmaterial hacía el mundo real, fuera del estado de coma profundo, la voz de Luciana me entregó un mensaje aterrador:

– Eso es amor mío – dijo con la voz sumergida en llanto – Sigue la luz para que por fin puedas descansar de esta pesadilla –

– ¡No puede ser! – Grité – ¡Me voy a morir! –

Esa camino luminoso era la ruta hacia el más allá, hacia el descanso eterno, ¡hacia la muerte!
Increíblemente después de tanto buscar el rustico corte de la guadaña mortal sobre mi cuello, ahora que lo sentía deslizarse implacable sobre mi garganta desnuda, no lo quería. ¡No, no, no! ¡No  quería  morir!, quería seguir viviendo aunque fuera en la oscuridad y soledad hiriente de mi encierro, de mi conocido ascensor del infierno, de mi guarida sofocante que había aprendido a soportar, e inclusive, a querer. A vivir de mis recuerdos, de mis añoranzas y de mis miedos recurrentes. Pero ahora nada podía hacer, por fin salía del limbo agobiante rumbo a lo desconocido, rumbo al punto final de mi existencia, a la muerte. Así que con resignación me dejé absorber por la cascada de luz que empapó todo mi cuerpo sudado y me transportó, después de mucho padecer, a la paz absoluta de mi ser.
–Perdón papá y mamá por mi distanciamiento, nunca los dejé de querer. Perdón amigos míos por todos los errores. Perdón vida por no valorarte lo que te merecías. Perdón Luciana, te fallé, fuiste lo que más amé y lo que más extrañaré. Espero volver a verte un día.

Y así dije adiós a todo, y a todos mientras mi cuerpo se desintegraba quedando sólo un gas inerte rodeando mis pensamientos y mis sentimientos más profundos. Untado de paz sucumbí y me mezclé con el universo que me acogía con una sonrisa de estrellas, tan luminosa como la de mi amada Luciana, iluminando mi sendero, por toda la eternidad.








EPÍLOGO


– Me alegro mucho que hayan decidido internale, créanme que aquí estará mucho mejor que en ese armario. –

– Fue muy difícil doctor, pensamos que se recuperaría en cualquier momento. Usted sabe, empezó a mostrar síntomas de mejoría cuando salió del armario y caminaba por toda la casa. Corría, saltaba, comía lo que le provocaba de la nevera, iba al baño, y se le veía a veces tan feliz, que pensamos que mejoraría, que gran error.

– Varias veces les dije que estos desequilibrios mentales ligados al parecer a una esquizofrenia no eran de fácil tratamiento, y mucho menos se curaban por sí solos. Su hijo por algún motivo buscó refugio en una realidad diferente dentro del armario de su habitación, y durante estos meses se acostumbró a ella, desconectándose por completo de la realidad.

– ¿Pero se va a curar doctor? Dígame la verdad por favor, no le mienta a una madre.

– No puedo asegurar nada en este momento señora, apenas vamos a comenzar con el tratamiento.

– ¿Pero es necesario que esté aquí doctor? Él no es agresivo, y ese tratamiento se lo podrían dar en casa ¿no? Los únicos brotes de violencia los dio cuando tratábamos de sacarlo a la fuerza del armario. Ahí pataleaba y nos mordía las manos.

– Señor Sanabria, una vez más le digo que su hijo estará muy bien aquí. Por ahora sólo le hemos dado unos sedantes. Más adelante comenzaremos el tratamiento. Más bien acompáñenme para terminar el trámite de ingreso.

Luciana sólo se limitaba a escuchar la conversación y a secar de sus ojos un llanto insipiente que humedecía su vista. Miraba al amor de su vida postrado en una cama con los ojos perdidos, la mirada muerta, y un gesto extraño. No parecía el mismo que un par de meses antes le pidió por fin la mano en matrimonio, después de 10 años de espera. Lo amaba profundamente, y por eso sabía, que era mejor que estuviese ahí. Lo supo siempre desde que lo vio perdido en la oscuridad del armario.

– Vamos Luciana, despídete de Abel y acompáñanos hija.
– Ya voy doña Raquel, deme sólo un minuto.
– Bueno Lucy, te esperamos afuera.

Luciana se acercó al cuerpo sedado de Abel, y deslizó suavemente sus dedos trémulos sobre la pradera alborotada y ceniza de su cabello. Besó su frente húmeda y se despidió para siempre de él. Sabiendo que Abel se había marchado para siempre de ese cuerpo, mucho antes de encerrarse en el armario. Ojalá se haya despedido amándola como siempre ella lo había amado a él, y con la pequeña esperanza de encontrarlo algún día, aunque fuera en el confinamiento de su alma, o un rincón oscuro de su atormentado corazón.




FIN






ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes