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jueves, 25 de junio de 2020

LA BRUJA DEL HAMBRE (Parte final)



PARTE FINAL

Y sus ojos se abrieron nuevamente, recibiendo un chorro límpido de luz amarilla. Y un centenar de murmullos llegaron con mucho eco y distorsión a sus oídos muertos.

<< ¿Qué me pasa? – Pensó – ¿Dónde estoy? ¿Estaré muerto?>>

Pero al aclararse su vista y al sintonizarse sus oídos con la frecuencia de las voces a su alrededor, descubrió que se encontraba tirado en la calle de su conocido sector laboral, justo en la esquina donde reposaba como siempre la carpa roja que protegía del sol al “Quiosco de Joaco”, en el cual pudo apreciar a pesar del aturdimiento y la distancia, el ajetreo de siempre.

– ¿Qué pasó? – Le preguntó a un “cuidador” de carros de la zona a quien conocía desde hacía varios años – ¿cómo llegué hasta aquí?
– Docto, usted salió corriendo del quiosco de Joaco y al llegar aquí a la esquina se desmayó. Yo lo recogí enseguida y lo ayudé a levantar. Un cliente del restaurante que salió al mismo tiempo que usted me comentó que usted se había parado normal de la mesa, pagado la cuenta, y que cuando puso el primer pie afuera, salió disparado como bala hasta que se tumbó aquí en la grama.
– ¿Cuánto tiempo duré inconsciente?
– Como un minuto diría yo

Aun con un dolor de cabeza insoportable terminó de ponerse en pie, sacó su billetera y con algo de temor y cautela buscó un billete de diez mil. Lo removió con cuidado y se alegró de no verlo transformarse en mariposa una vez se encontró fuera.
– Toma Lucas, gracias por tu ayuda.

Después de recibir las gracias eternas por la bonificación, paró un taxi, se acomodó en su asiento de felpa, y pidió que lo llevaran a la dirección de su casa.

Durante el viaje revivió las imágenes de la bruja, la apestosa y repugnante comida, el perfume nefasto, las miles de mariposas negras que revoletearon por todo el restaurante. Aun podía sentir en su realidad palpable, como estos endemoniados espectros acariciaban su cabeza y su cara con sus alas de mentira.

Ya en su casa con una fiebre altísima y alucinaciones espeluznantes, sintió un ardor profundo en sus entrañas, como si corriera un rio de ácido en su interior. De repente un hambre voraz se apodero de él, y comenzó a devorar con locura todo lo que encontró en la nevera, inclusive un pollo crudo y congelado. Pero nada podía calmar ese apetito violento que lo dominaba. Cuando terminó con todo alimento en su casa salió como loco hacia la tienda, y se gastó el dinero que le quedaba en frutas, verduras, embutidos, gaseosas y golosinas. Pero no consiguieron apaciguar sus ansias de comida. Fue ahí cuando se arrepintió de darle tanto dinero al loco del parqueo, pues con esa suma pudo haber comprado algunas cosas más.

Sin un peso el bolsillo volvió a su apartamento, y acabó con el arroz crudo, las lentejas, los frijoles, la sal, el azúcar y todos los condimentos. Después, impulsado por el hambre engulló las plantas ornamentales de su balcón y la tierra húmeda de las macetas, sin conseguir la saciedad y tranquilidad anhelada. Entonces, abrumado por el ardor en su estómago y por la locura, se tiró al piso y lloró a caudales. Lloró y lloró hasta que se resecaron sus ojos, y sin más llanto que expulsar, devolvió todo lo que se había comido en un vomito que se regó por toda la sala. Se tiró otra vez en el suelo y se restregó con el jugo rancio de sus entrañas hasta que perdió el conocimiento lentamente, en un viaje profundo y sin regreso. Así pasó todo el largo fin de semana. Comiendo porquerías y vomitándolas a los pocos minutos, en medio de un descalabro mental impresionante y de un espíritu muerto que solo pensaba en comer y comer.

El lunes llegó con un pensamiento que se incrustó en su mente agobiada. Tenía que volver donde Joaco para averiguar qué había pasado en ese viernes negro durante el almuerzo. Que había pasado con la bruja, donde podía conseguirla. Tal vez si se disculpaba por no haberle comprado el primer perfume, o por no haber probado su carne en bistec, ella retiraría ese terrible hechizo del hambre que no podía saciar. Así que se arregló lo mejor que pudo y salió de su apartamento rumbo al apartamento de al lado. Tocó la puerta de su vecino, y le pidió dinero prestado para un taxi. Éste se sorprendió al verlo en tan deprimente estado y se ofreció a llevarlo al trabajo. Durante el camino pararon tres veces debido a nauseas espantosas que lo obligaban a vomitar sangre pura y espesa. El vecino insistió para llevarlo a un hospital para que recibiera atención médica, pero él se negó, comprendiendo dentro de su mente enferma y absurda, que su cura no estaba en manos de ningún médico, sino en la piedad de la asquerosa bruja en el Quiosco de Joaco. Pero no lo comentó, solo le salió con algunas escusas tontas y lo convenció de llevarlo a su edificio. Una vez que se bajó del carro, y observó a su vecino alejarse, corrió impulsado y motivado por la esperanza de la cura, y de agarrar por fin la tranquilidad con sus manos huesudas. Esa calma que tanto había odiado, de la cual tanto había despotricado por tener que cargar la cruz de una vida sin emociones fuertes ni aventuras, pero que en ese momento anhelaba recuperar con locura. Quería estar otra vez inmerso en las mansas aguas de la rutina laboral, del aburrimiento ejecutivo, del estrés profesional, de los chismes de oficina, y cumplir estrictamente los horarios estipulados de todo y para todo. Para entrar a las 8am, ir al baño a las 10:15am, salir a almorzar a las 12:30m, volver a la oficina a la 1:10pm, descansar hasta las 2:00pm, ir al baño otra vez a las 3:15pm, comer una merienda a las 4:30pm, ir otra vez al baño a las 5:45pm y salir de la oficina a las 6:00pm para estar en su casa a más tardar a las 7:00pm para cenar y ver la televisión hasta que la noche lo sorprenda con el garrote del sueño y del cansancio, para así recargar baterías y continuar con el mismo horario al día siguiente, durante toda la semana, el año y la vida.

Ya con el aliento totalmente agotado y los ojos sumergidos en unas ojeras profundas y negras como la noche, llegó a la entrada del exuberante Quiosco de Joaco, con su entorno mugriento testigo del show central de su desgracia, el cual, como era costumbre, se encontraba cerrado a esa naciente hora del día.

Irritado, cansado, molido y enfermo, comenzó a patear la puerta del restaurante acompañando los frenéticos golpes con el látigo de su débil voz. Insistió durante varios minutos ante la vista inquisidora de los vecinos y peatones aglomerados en la acera. Hasta que por fin la puerta cedió y apareció en el umbral la mesera de siempre, la del último año, con sus caderas descubiertas y juguetonas. La mulata lo miró con una expresión de victoria untada en su cara morena, lo agarró fuertemente por el brazo y lo llevó al interior del popular restaurante.

– Cálmate por favor, no llores más – Le dijo con cariño – Aquí estoy yo para protegerte, para cuidarte de todas las cosas malas del mundo.

Él se sorprendió de aquel trato maternal de aquella joven mujer con la que sólo había hablado de comida durante pocos segundos cada día, de quien no conocía ni su nombre, ni origen, ni absolutamente nada de nada.

– Necesito que me ayudes – Irrumpió – El Viernes estuve almorzando aquí ¿te acuerdas? Necesito que me di…
– Cálmate amor, todo a su debido tiempo. Sé que tienes un hambre horrible y por eso te sientes muy mal, tan aturdido y desesperado. Espérame unos minutos y te traigo algo que te va a encantar.
– Es que tu no entiendes, yo…
– ¡Que te esperes te digo! – Gritó la mulata con tono autoritario – Toma, lee el periódico mientras te preparo la comida.

Él agarró con resignación y aturdimiento el diario. Y sin explicarse el por qué de su obediencia a pesar de su desesperación, abrió las páginas y comenzó a hojear las noticias con una extraña sensación de paz que no sentía desde el viernes cuando salió de la oficina rumbo al fatídico almuerzo. Después del disfrute en silencio de ese lapso de relajación, comenzó a sobrevolar otra vez con despiste las regiones informativas del periódico local, hasta que una noticia lo llevó a un aterrizaje forzoso: Muere anciana al arrojarse de un puente peatonal. La foto que acompañaba al artículo noticioso en la sección judicial era nada más y nada menos que la de su asquerosa, irritante, y exasperante acompañante de almuerzo. La mujer que tanto odiaba desde que su mundo se hizo trizas por ese maligno hechizo del hambre infinita. La que en el artículo describían como una mujer altruista, con mucho dinero, que había dedicado su vida y su fortuna en trabajos sociales con jóvenes y ancianos indigentes, y que el viernes anterior exactamente a las dos en punto de la tarde, había decidido acabar con su vida al arrojarse de un puente peatonal cercano al sector comercial de la ciudad, después de haber almorzado tranquilamente en un restaurante de la zona.

Soltó el periódico por la explosión nuclear del miedo en su interior. Primero pensó que, muerta la bruja, si su hechizo seguía vigente, quería decir que ya nada podía hacer, estaba condenado eternamente al sufrimiento. Pero después de unos segundos de meditación, y adicionando gramos de razón a su intelecto, y de sentirse un perfecto imbécil por creer en brujas y hechizos. Se paró de su nuevo trono de tranquilidad con la firme intención de buscar cuanto antes atención médica, como lo sugirió su vecino, y como cualquier persona sensata hubiera hecho al mismo instante de presentare esos terribles síntomas.

<< Ojalá aun no sea demasiado tarde – pensó – ¡Que estúpido he sido!>>

Pero antes de dar el primer paso hacia la sensatez miró una vez más la mortuoria foto del diario amarillista, donde la anciana yacía tirada sobre el pavimento con su cuerpo retorcido y la boca ensangrentada. La detalló con infinito cuidado y esmero, hasta que fue fulminado por una aterradora revelación.

– ¡No puede ser! – Gritó al tiempo que destrozaba la página del diario y caían al suelo los restos de su razón extinta.

La fotografía mostraba, además del cuerpo inerte de aquella irritante mujer, varías mariposas negras muertas a su lado, igual a las que lo habían atormentado en su alucinación macabra. Descubrió entonces, fundamentado en su locura, que la pobre señora también había sido víctima de otro ser lleno de maldad. No había otra explicación en el mundo de los desesperados, del cual él era el rey. Esa pobre anciana, según rezaba el periódico, era una ser bueno, bondadoso, entregado a sus semejantes. De repente una luz reveladora explotó en su intelecto destruido despejando cualquier duda y aniquilando toda sensatez:

<<Entonces la bruja es…. >>

– ¿Ya leíste la noticia de tu compañera de mesa del viernes? – Preguntó la joven mulata saliendo de la cocina con un plato de comida en una bandeja roja – Es una pena ¿verdad? Pero siempre he dicho que las personas deben ser amables, corteses, guardar la altanería. Lo que más rabia me da en mi trabajo de mesera, es que me apuren con groserías. ¿Y esa vieja era grosera e irritante verdad?

Su mundo empezó a girar con turbulencia, mientras el piso bajo sus pies hinchados se hacía migajas polvorientas.

– ¡Tú eres la culpable de su muerte! ¡Te vengaste por su mala actitud durante el almuerzo y la drogaste para que se lanzara del puente! Igual hiciste conmigo. ¿Qué porquería me diste? ¿Qué droga, que narcótico, que brujería le echaste a la comida para que tuviera esas alucinaciones tan espantosas y para que nunca se me quite el hambre? ¡Responde de una buena vez maldita bruja!
– Lo único que te voy a decir es que, si quieres alcanzar la tranquilidad, si quieres poder calmar tu apetito y recuperar tu vida, tienes que venir a mí. Yo te daré la cura todos los días hasta que me dé la gana de dejarte libre de esta atadura, o cuando me aburra de ti.

El rostro recobró el color por la rabia que estalló en su alma herida. Apretó el puño con fuerza y lanzó el golpe directo a su infame hechicera, pero una barrera invisible frenó su aguerrido ataque, y lo arrojó de rodillas al suelo sucio del recinto siniestro, con la respiración cortada y la vista borrosa.

– No sigas luchando contra lo irremediable amor – Dijo la mujer con ternura – Más bien acomódate aquí en tu mesa favorita, donde almuerzas todos los días y cómete tu almuerzo ¡ahora!

El obedeció como perro faldero y comenzó a hartarse primero el hirviente plato de sopa de costilla con huesos carnudos, y luego el plato de carne guisada, arroz blanco, tajadas de plátano maduro y ensalada blanca, todo esto acompañado con un vaso gigante de agua de panela con limón y hielo picado. Hasta que por fin pudo saciar su hambruna.

Después de un par de días en el hospital, atendiendo la orden de su ama, volvió a su adorada rutina, a su horario definido en la torre destructora de los sueños donde reposaba su blanca oficina sin sabor. Llevando en sus espaldas el saco abultado de una vida insulsa, sin pasión y sin emociones extremas. Asistiendo todos los días religiosamente al majestuoso Quiosco de Joaco a calmar su hambre y los deseos carnales de su dueña, con total resignación y sin emoción alguna. Porque las brujas existen, y no son como las pintan en los cuentos: viejas con una enorme nariz decorada con una verruga peluda. Colgadas en una escoba que les sirve de transporte surcando los cielos en compañía de un gato negro, arrojando una risa malvada y brebajes para convertir a sus enemigos en sapos y lagartos. Las brujas pueden aparecer en el momento menos esperado con la inocente figura de una insignificante mulata de un pueblo olvidado de la región, con caderas sublimes, grandes ojos marrones y un corazón negro repleto de maldad. Y lo digo yo, que escribo este relato en tercera persona, compartiendo mi infeliz historia con todo aquel que se interese en mi desgracia, y a manera de nota de despedida antes de disparar esta escopeta que tapizará alegremente con mis sesos destrozados esta solitaria habitación, y me llevará de una vez por todas, al umbral de la satisfacción total.

FIN



ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes



miércoles, 27 de mayo de 2020

LA BRUJA DEL HAMBRE (Primera parte)





El medio día llegó adornado por el hastío, la fatiga y un cansancio mental demoledor. El reloj marcaba las 12:30 en punto, mientras el estómago con los repetitivos ladridos y quejidos, anunciaba el fin de la primera jornada laboral, al tiempo que reclamaba con altanería la dosis adecuada y merecida de exquisita grasa y ardiente carbohidrato para recargar las baterías de un cuerpo desecho y continuar así con la corrida de la segunda faena de trabajo, que al igual que la primera estaría salpicada por la rutina, el aburrimiento y el sabor amargo de la derrota. Así que sin esperar a que el minutero conquistara una fracción adicional en la geografía del tiempo, tomó su letargo impulsado por el hambre y por el deseo de respirar aire puro y dirigió su paso maltrecho hacia el mundo exterior, sin saber en ese sutil instante de felicidad, que jamás volvería de ese almuerzo maldito, receta putrefacta de la muerte.


Al salir de la torre prisionera de los sueños, donde se ubicaba su oficina, el sol quemó su piel dormida con el ataque letal de sus despiadados rayos asesinos, mientras sus pulmones se hincharon con los gases “puros” del ambiente citadino atestados de Smog y un montón de porquerías más, pero que en ese ligero soplo de bullicio se vistieron con un burbujeante sabor de libertad, que impregnó su pecho de latidos y su alma de una fugaz satisfacción total. Sin duda alguna, la calma antes de la tragedia.

Ya sin más síntomas en su débil cuerpo que una ansiedad atroz, aceleró el paso hacia su destino final. El camino se hizo eterno por los efectos desgastantes del hambre física, del calor agobiante, del ruido insoportable de miles de motores ardiendo al mismo tiempo, pero sobre todo por un naciente sentimiento de desgracia que se había apoderado, en medio de un trago acalorado de gasolina quemada, de su tranquilidad. Y había diluido casi por completo la dicha sentida hacía pocos minutos al cruzar el umbral luminoso del cansancio espiritual, rumbo a la hora y media de independencia. Era una sensación algo conocida, Igual que otras veces cuando el cielo se vestía con el manto gris del invierno, o cuando los problemas laborales traspasaban la barrera de la hora del almuerzo, generando incomodidad hasta con la propia sombra. Pero al mismo tiempo con un ingrediente enigmático, más allá de la preocupación, del estrés, de la locura. Era más bien una premonición, un pálpito, que lo invitaba a dar media vuelta y saciar su hambruna en otro lugar, lejos de aquella carpa roja que daba sombra a una terraza enorme repleta de sillas y mesas plásticas; atestada de platos efervescentes y grasosos; llena de empleados hambrientos, meseros sudados, ejecutivos sin tiempo, y una que otra mosca indestructible y voraz. Pero lo limitado de su tiempo no permitía buscar otro recinto calmante de su furia estomacal, y la cercanía de este “restaurante” con su lugar de oficio, era una tentación a su pereza cósmica, además, no sería la primera vez que se convertiría en un comensal más de este selecto y exclusivo lugar, llevaba más de un año  degustando las delicias típicas de la región con todos sus excesos de condimentos y colesterol, envueltas en un nombre peculiar, casi excitante a su insaciable apetito: “Almuerzo Corriente”, o como lo conocía todo el universo del proletariado ejecutivo : “El corrientazo”.


Sacudiendo entonces sus temores sin fundamentos y dudas estúpidas, apresuró su andar bajo el rejo inclemente del endemoniado sol del mediodía, hasta que se encontró en todo el frente del majestuoso “Quiosco de Joaco”, el nombre insípido de un sitio sin bríos ni belleza, pero vital a esa hora del día para los muchos esclavos aglomerados en esa zona comercial. Extrañamente, a la hora pico de los restaurantes ejecutivos del sector, el Quiosco de Joaco se encontraba poco concurrido. Algunas personas solitarias devoraban los “exquisitos” manjares del escaso menú, el cual se hallaba ilustrado en un tablero de acrílico a la vista de todos los clientes. Otros lucían sus vientres hinchados mientras reposaban la llenura con los ojos clavados en el pequeño televisor de 14 pulgadas que brillaba como un lucero solitario en el tapiz de un inmenso cielo negro de fondo, justo en el rincón superior izquierdo del mostrador. De repente un gruñido enfurecido del estómago lo devolvió a la realidad y lo increpó por la demora en escoger la mesa y pedir el suculento manjar, o corrientazo sublime. Sin perder más tiempo entonces, dirigió su andar y su atención afilada al puesto que había ocupado durante todo el año cuando llegaba a tiempo al restaurante, justo en la hilera central en el medio de la terraza. Cerca de la salida, cerca a punto de pago y en todo el frente del diminuto televisor. Una vez en posesión de su lugar plástico humectado por el paso fugaz de un trapo asqueroso encargado de limpiar todas las mesas, y pringado por el tufo de la sarna, llamó a la empleada a cargo de tomar los pedidos en esa línea de puestos centrales. Era la mesera de siempre, la que lo había atendido todos los días de lunes a viernes a la hora del almuerzo durante el último año. Era una mujer de curvas exageradas, mulata hasta los pies, con el cabello rizado recogido en un moño amorfo y horripilante, la cual le había mandado señales untadas de coquetería y picardía, y en ocasiones representadas en raciones dobles de carne, de sopa o tajadas de plátano maduro, pero se habían diluido en el desinterés por parte de él, quien se dedicó a ignorarla todos los días y a mantenerla en su lugar de mesera, hasta que ella con aparente resignación lo alejó de su corazón y de sus deseos y lo mantuvo en su lugar de cliente, como a todos los demás que iban en deglutir los hirvientes alimentos y a salir con rapidez de ese horno viviente. Así que, como en los últimos encuentros lo recibió con una mirada helada que contrastaba con el ambiente infernal bajo la carpa roja besada por el fuego solar.


– ¿Que va a ordenar señor?

– Tráeme por favor una “corriente” de carne guisada con arroz blanco, sin granos y con ensalada blanca – le dijo saboreando el platillo solo con nombrarlo

– Ya se acabó la ensalada blanca – respondió la mulata con su acento sabanero – solo queda ensalada verde.

<< ¡Últimamente siempre se acaba esa bendita ensalada! – Pensó – hasta en un día como hoy que está el restaurante vacío>>

– Bueno, tráeme la ensalada verde entonces.

– ¿Algo más? – preguntó con la impaciencia reflejada en sus ojos marrones.

– Mmmm sí. No me sirvas agua de panela por favor – respondió – tráeme mejor una gaseosa y un vaso con hielo.


La morena apuntó con rapidez el pedido en un papel amarillento y lo arrojó en la mesa. Luego se alejó velozmente contoneando sus caderas voluminosas y sudadas, y entregó el mensaje en la cocina con un grito poderoso:


– ¡Uno con carne guisada sin granos para la mesa 8!


Unos pocos minutos más tarde apareció nuevamente con un humeante plato de sopa como aperitivo que apresuró en colocar en la mesa plástica de un rojo pálido, aun dominada por la fragancia destilada por el sucio limpión y la corteza lustrada por la grasa dormida de anteriores servicios.

– Muchas gracias morena –Le dijo – Ojalá no se demore tanto el seco

– Ya ahorita sale


Toda esta ceremonia hacia parte del rastrillar de su agobiante rutina. Día tras día de repasar el mismo camino, de recorrer los mismos pasos, de comer la misma carne guisada y mezclar su aceitoso jugo con el grasoso arroz inmortalizado con la forma del pocillo. Sumando a todo este festín de la costumbre, el aburrimiento de una vida predecible, tranquila, sin emociones fuertes ni giros inesperados.  Pero todo esto terminaría en pocos minutos, justo después de la primera cucharada hirviente de sopa de hueso, bajo una carpa plástica que parecía ceder al incendio del cielo, y bajo la mirada maligna de un ser siniestro, enviado al parecer, por el mismo Lucifer.


Ya con su “aperitivo” en la mesa, observaba cómo el plato emanaba un vapor condimentado y suculento. Un hueso picudo y sin carne sobresalía como un iceberg en el océano grasiento de la sopa, al tiempo que las verduras cocidas flotaban mostrando su rica textura. Su nariz devoraba ese aderezado aire salino mientras su atormentado estomago torturado clamaba por el inmediato baño caliente de ese rico néctar de colesterol y harina. No lo hizo esperar más, y casi se traga la cuchara entera en el primer sorbo ardiente de ese líquido aceitoso, salado, rociado de limón y ají picante que se deslizó por su garganta ansiosa y comenzó a llenar su cuerpo nuevamente con energías ilimitadas y placer. Tan extasiado estaba con ese delicioso y fogoso trago de sopa, que no advirtió a la mujer que se había posado presurosamente justo al frente suyo, en la misma mesa y con una sonrisa amarilla de encías inflamadas chocando con sus ojos sorprendidos y excitados.


 – ¿Está ocupado el lugar? – Preguntó la mujer sin cambiar su expresión sonriente – ¿me puedo sentar aquí?

<<Pero si ya estas sentadas –Pensó – ¿Quién será esta vieja tan fea y mal vestida?>>

– Claro señora, no hay problema.


La mujer acomodó sus posaderas flacas en la silla plástica y colocó su viejo y gastado bolso de cuero negro sobre la mesa, mientras seguía con su asquerosa sonrisa pegada como estampa en su cara arrugada de uva pasa manchada por años de sol. Una vez alcanzada la comodidad deseada, llamó a la mesera y ordenó un almuerzo corriente con carne en bistec y una porción adicional de arroz blanco y sin tajadas de plátano amarillo. La mulata apuntó el pedido, arrojó el papel con el valor del mismo sobre la mesa, y corrió hacia la cocina a anunciar la petición de la nueva clienta, con la misma fuerza de siempre, estremeciendo todo el lugar.


La mujer que ahora le hacía compañía en la mesa, clavó de inmediato sus ojos grandes y cansados sobre el plato de sopa que su acompañante apresuraba en tomar. A pesar de la concentración en su alimento, éste pudo inspeccionar a su extraña compañera en medio de cada cucharada. Tenía el cabello corto de un raro tono anaranjado con unos visos blancos en las sienes, algo ondulado y peinado hacia atrás. El rostro mostraba maltrato y dolor, al tiempo que era surcado por profundas arrugas y huellas de despigmentación en su piel vieja. Pero sin duda alguna, lo que llamó su atención fue su expresión de burla y picardía. Desde que la vio sentarse al frente suyo no había quitado esa sonrisa con tintes de maldad, ni esa mirada de ojos luminosos abiertos totalmente que parecían brillar mucho más que el despiadado sol en el firmamento tropical. Sentía el peso de esa mirada penetrar su cuerpo y leer su alma, su mente, sus pensamientos paranoicos. Trató sin éxito de pensar en otras cosas, en el trabajo, en la sopa, en el almuerzo que demoraban en servir, pero nada lo hacía olvidarse, aunque fuera por un instante de esos ojos clavados en su vida como puñales en un trozo de queso añejo. Inmediatamente cayó sobre él como un baño de agua sucia, aquel temor absurdo que se había apoderado de su tranquilidad hacía unos minutos, y que había desechado por falta de motivos palpables y reales, pero ahora, que tenía a esa inmunda vieja al frente, con esa mirada penetrante y esa risa de dientes dañados y encías rancias, ese pulso de advertencia había tomado por fin una figura real causando el impacto suficiente para dejar la sopa a un lado, pagar la cuenta sin haber visto siquiera el almuerzo con la tradicional carne guisada, y correr hacía la torre destructora de sus sueños a buscar la seguridad de la costumbre en su oficina blanca y apacible. Pero antes de lograr su cometido, la “doña” dispersó sus pensamientos dementes con una inocente pregunta:


– ¿Por qué demoraran tanto en traer mi sopa? ¿A usted se la trajeron enseguida?

Sus labios parecían pegados por la manteca inerme del líquido bebido, y al mismo tiempo por el terror que se había apoderado de su ser.

– ¿Escuchó lo que le pregunté? Arremetió otra vez la anciana al no percibir una respuesta de su acompañante

– Sí, claro que la escuché – balbuceo – disculpe, pero tenía la boca llena. Respondiendo su pregunta le comento que la mía me la trajeron casi de inmediato.

– ¡Lo sabía! – Dijo para sus adentros la extraña mujer – ¡siempre es lo mismo!

Se levantó vigorosamente de su asiento y gritó:

– ¡Niña no me has traído mi sopa!

– Ya se la llevo doña, disculpe la demora – respondió la mesera mientras se apresuraba con el plato hacia la mesa.


Colocó el flameante brebaje sobre la planicie y le entregó los cubiertos junto con una tapa de limón. Por primera vez la anciana mostró una expresión diferente en su cara arrugada, la cual era el espejo lustroso de un odio profundo y destructivo, mientras la mesera acomodaba la sopa y los cubiertos. 

Una vez se retiró con el acostumbrado baile de sus carnes morenas, la vieja dibujó nuevamente esa sonrisa asquerosa en sus labios delgados y marchitos, al tiempo que lanzaba un alarido de hiena disfrazado de risa que irritó a su acompañante hasta los límites de lo que podía soportar y tolerar.


– Espero que no te moleste mi risa – dijo la vieja mientras rebuscaba en el interior de su inmundo bolso – a mucha gente le parece algo irritante.


Él pensaba exactamente lo mismo, pero su decencia lo invitó a realizar un gesto de cortesía dándole a entender a la fea anciana que no le molestaba en lo absoluto aquel hilarante desparpajo. 


– Menos mal jovencito, ahora puedo reírme con confianza.


Terminada la frase lanzó una poderosa y desagradable risotada con unos pringos de sopa y verduras que se filtraron por su dentadura podrida de dientes pardos y escasos, regando la mesa con un baño fétido de grasa, sal y saliva.


­ – Es la primera vez que vengo a este lugar. Me habían dicho que la comida era muy buena y barata, además que el servicio era excelente. Tenían razón, la sopa está muy rica. Está en su punto ideal de sal. Jijijijijiji.


Otra vez era risita asquerosa e insoportable acompañada de sopa, saliva y un trocito de papa. 


– Aunque veo que el servicio no es tan bueno, siempre me pasa lo mismo en estos restaurantes. Como no me ven tan bien vestida piensan que no tengo con que pagar. Pero yo siempre tengo mis tácticas de presión, tú sabes, mostrando que el cliente es quien manda. Jijijijijiji.


Él no sabía qué hacer, que decir, que pensar en ese momento engorroso de incomodidad, cuando necesitaba agregar a la olla caliente de su existencia tres kilogramos más de tolerancia y una tonelada entera de resistencia para no salir disparado de ese escabroso lugar dejando atrás la exquisita sopa, la mugrienta vieja, la cuenta, la mesera, el almuerzo sin servir, su locura y su aburrimiento. Y estuvo a punto de hacerlo, pero lo detuvo el agradable aroma expelido por un plato de carne guisada, arroz blanco, ensalada de tomate y pepino con cebolla y zanahoria rallada, tajadas de plátano amarillo y un vaso helado de gaseosa con hielo picado.


– Tome su almuerzo señor – dijo secamente la mulata – disculpe la demora

– ¿Oye niña y el mío se demora mucho? – Preguntó la vieja – Mira que ya me terminé la sopa

– Ya se lo traigo doña


Otra vez le tiró la pedrada de una mirada perversa rociada de odio y le dijo con los dientes apretados:

– Más te vale niña, más te vale.


Ignorando la conversación que subía cada vez más de tono, concentró su atención en su almuerzo, el cual lo ancló al puerto imaginario de la mesa. No podía dejar semejante delicia tirada en la mesa a meced del apetito malvado de la vieja que lo acompañaba, la cual seguramente se abalanzaría sobre él y se comería hasta el plato viejo de porcelana. Sólo tenía que comer rápido, pagar la cuenta, recibir la habitual pastilla de menta “helada” para el buen aliento y volver al riel de su vida sin sentido. Pero otra vez su fea compañera interrumpió su cometido y se adentró en sus pensamientos de victoria.


– ¡Que rica se ve la comida! ¿Sabe bien verdad?

– Si, tiene muy buen sabor

– Tengo un hambre terrible. Esta mañana no me dio tiempo de desayunar. Pero creo que va a valer la pena la espera, esa comida huele y se ve realmente exquisita

– No se desespere, ya se la van a traer


Se aferró a esa idea con la esperanza de que al ocuparse ella en su plato de comida, dejara de mirarlo con esos ojos hambrientos llenos de maldad, y callara por fin esa boca, fuente de aquella risa perturbadora y esa voz aguda y nasal que tanto le disgustaba a sus oídos desesperados. Pero se equivocó, lo peor estaba por venir.


 – Tome su almuerzo mi doña, y perdone la demora.

– Ya era hora niña, me estabas matando de hambre.


Al terminar la frase clavó los cubiertos en el perfumado platillo y comenzó a engullirlo con desesperación, como si no hubiera comido en varios días o temiera que alguien se lo arrebatara. 


<<Por lo menos la boca llena la mantendrá callada>> Pensó alegremente <<Ya me falta poco para terminar este almuerzo tan incómodo>>

– Que rico está esto niño – irrumpió la anciana regando trozos de arroz babeados por todo el lugar – ¿quieres probar mi carne en bistec?

– No, muchas gracias – respondió con evidente mal humor mientras se limpiaba con la servilleta, algunos asquerosos pringos de comida molida que se habían estrellado con su rostro enojado

– Es que está muy rica, Jijijijijiji, deberías probarla.

– No me provoca, gracias.


La anciana siguió tragando con furia, riendo y arrojando comida por los aires mientras él apuraba a la cuchara para terminar cuanto antes con ese martirio. Ya estaba a punto de acabar con su casi extinto corrientazo cuando la vieja frenó su acometida brutal sobre su almuerzo y comenzó a buscar otra vez algo en su deteriorado bolso negro.


– Aquí está, por fin lo encontré Jijijijiji – dijo mostrando un pequeño frasco de vidrio con un líquido amarillo y aceitoso – Éste es un perfume muy bueno que yo vendo, sirve para alejar las malas energías y para atraer el amor. Cuesta dos mil pesos, pero a ti que me has caído tan bien te lo dejo en tan solo mil pesitos.

– Señora, que pena, pero no uso perfume habitualmente, no lo puedo comprar.

– No seas mentiroso que hasta acá me llega el olor de un perfume de tu camisa –Agregó la vieja con amargura – Si no lo quieres comprar sólo dilo.

Depositó el frasquito nuevamente en su bolsa sucia y siguió revolviendo su interior con afán y desespero.

– Jijijijiji aquí lo tengo. Ya que no quisiste el anterior, deberías probar este.

Inclinó hacia el frente su cuerpo escuálido y le lanzó a su acompañante unas góticas de un extraño y fragante líquido color almíbar en la mano izquierda

– Huélelo y dime qué te parece – le dijo con tono sarcástico – Éste ayuda a la tranquilidad del alma y a la tolerancia.


Sorprendido por el intempestivo ataque de “perfume” y por el propósito del mismo, limpió su mano con el pantalón bañado de disgusto, y al mismo tiempo de pavor. La anciana ante el desaire frunció el ceño y apretó sus labios ajados exponiendo un gesto amenazante cargado de peligro. Le agarró la mano perfumada y la chocó fuertemente contra su nariz.


– ¡Sólo huélelo!


Él aspiró profundamente la fragancia con la firme intención de recibir el veneno completo para que la dosis fuera letal e indolora, y así acabar con su martirio.


– ¿Qué te parece? – Preguntó la vieja andrajosa – ¿tiene un rico aroma verdad?

– Si –Respondió tímidamente y con algo de terror – La verdad tiene un olor suave y relajante.

– Jijijijiji sabía que te iba a gustar, es un perfume muy rico y tan solo cuesta mil pesitos.

– Ya le dije que no uso perfume habitualmente. Si quiere le doy los mil pesos y usted se queda con el frasquito, y se lo vende a alguien que en verdad lo vaya a usar.


Ella lo rebanó con la mirada y le regaló un gesto asesino, mientras él percibía en medio de un repentino e insoportable mareo, un deterioro en el ambiente que lo rodeaba con rudeza, al cual se le precipitó una avalancha de oscuridad, de silencio y quietud.


– ¿Qué me pasa? – Preguntó en voz alta – ¿por qué me siento tan mareado?

– Es porque no te has comido todo tu almuerzo – respondió la mujer con la voz vestida de eco – mira nuevamente tu plato.


En medio del temblor de su existencia y de lo inestable de su mirada, arrojó su vista con dificultad sobre su casi extinto corrientazo, sorprendiéndose al encontrarlo completamente lleno y humeante.


– ¡Cómetelo de una buena vez! – Le ordeno la “bruja” – Si no quieres que yo te coma a ti.


Su rostro perdió el sano color y un sudor de hielo se apoderó de todo su cuerpo atemorizado y expuesto. Tomó la cuchara y obedeció la orden de su ama devorando todo el alimento en pocos segundos.


– Ya terminé, pero me sigo sintiendo hambriento, con mucho mareo. ¿Qué me pasa?

– Lo que pasa es que aún no te lo has comido todo – Respondió la anciana malvada – ¡Que te lo comas todo de una buena vez!


El plato misteriosamente se encontraba lleno otra vez emanando un vapor delicioso y provocador, así que una vez más agarró el instrumento metálico y deglutió toda la comida con desespero y determinación, empatándose la cara, el pecho y las manos con la grasa rojiza de la carne guisada y con el vinagre acido de la ensalada verde.


  Ya está – Dijo con el aliento cortado y la boca llena del mantecoso arroz – Ya lo dejé vacío, limpio.

– ¿Estás seguro? – Interrogó la vieja – Mira nuevamente el plato para que veas el manjar que te estás perdiendo.


Lo que vio en su mesa le produjo un poderoso impacto quebrando su cordura en un millón de esquirlas afiladas, le revolvió el estómago y le acrecentó el mareo, la angustia, el miedo, y un terrible dolor de cabeza que explotó su cráneo entero llenándolo de debilidad y repugnancia. En su plato desfilaban un centenar de cucarachas junto con un puñado de lombrices, gusanos, moscas, sapos y lagartijas, flotando armoniosamente en un lago apestoso de agua negra, podrida y grasienta. Detuvo entonces de golpe su asqueado escrutinio de porquerías con patas, y escupió de inmediato la masa de arroz que aún tenía en su boca, descubriendo con horror y asco que eran los restos triturados de todas esas alimañas revueltas en su mesa. 


– ¡Maldita vieja! – Gritó con vehemencia – ¿Qué me has hecho vieja desgraciada?


La bruja sólo reía y reía con sus dientes fangosos incrustados en sus encías fétidas, lanzando un aroma de muerte quemando sus pestañas con ese cáustico aliento. 


– Jijijiji que bueno este perfume ¿verdad? Te hace ver las cosas tal y como son. ¡Mira las porquerías que te comes todos los días en este sitio!, Jijijiji.


Con el vientre destrozado, la razón muerta y el mundo entero girando a una velocidad tremenda, expulsó en espasmos intermitentes los trozos digeridos del almuerzo encima de las criaturas asquerosas que se multiplicaban en el viejo plato de porcelana. Chorreando con la pestilencia de ese vomito rancio de insectos y gusanos mutilados, la mesa, las sillas, el piso y toda su ropa sudada.


– Maldita vieja bruja y tu maldito perfume del infierno – Le gritó escupiéndole restos maduros de su vomito caliente – ¡Me voy de aquí vieja hijueputa! 

– No te dejaré ir hasta que me des los mil pesos del perfume

– ¡Toma tus hijueputas mil pesos!


Con sus manos temblorosas, sudadas y empapadas por el aroma agrio de los alimentos expelidos, tomó su billetera y se dispuso a sacar el billete de mil que pondría fin a su infernal pesadilla. Agarró el viejo billete con los dedos pulgar e índice formando una pinza, pero cuando éste se encontró fuera de la billetera tomó automáticamente la forma de una mariposa negra y se elevó por los cielos con su dubitativo aleteo. 


– Jijijiji no sabes mantener el dinero muchacho – Agregó con burla la mujer – ¿se te escapa siempre de las manos?


Con la desesperación navegando en la superficie de su ser agarró otro billete con sus dedos temerosos, y una vez más se convirtió al instante en una negra y horrenda mariposa. Y así con el siguiente, y el otro y el otro. Todos se transformaban por la magia negra y sucia de la vieja bruja que se jactaba de tal singular espectáculo de decadencia. 


– ¡Desgraciada vieja déjame en paz!


Cogió varios billetes transformados en mariposas negras y se las arrojó con el odio agazapado en su existencia directamente en la cara burlona, sucia y marchita de su hechicera malvada. Después con todo su universo envuelto en un remolino de sensaciones nefastas y desagradables corrió hasta el mostrador del restaurante, donde un sombrío Joaco le recibió un puñado de mariposas negras como pago por el suculento almuerzo plagado de asquerosos y babosos animalitos. De repente, el viento comenzó a arremeter con una portentosa fuerza huracanada el desventurado restaurante del cual habían desaparecido misteriosamente y de un momento a otro, la mesera voluptuosa y morena, la bruja con su risotada maligna, Joaco con su mirada muerta y todos los comensales con los vientres hartos de cucarachas negras. En el pobre restaurante, escenario atroz de su tragedia, volaron por el impulso de un viento demoledor las mesas plásticas con sus superficies grasosas, las sillas, los platos viejos de porcelana, las ollas de la cocina, el diminuto televisor y la carpa colorada que por fin cedió al insistente abrazo de esa brisa mortal. Sólo quedó él en el centro de una terraza enorme cubierta por baldosas de tablón rojo carmín, con una expresión de pánico taladrada en su pálida cara, mientras observaba a pesar del mareo y de la vista nublada, el explotar del restaurante, de la calle, del sector comercial y del mundo entero en un beso inexplicable de cólera y absurda pasión, que se llevó entre otras cosas, su aburrimiento, su rutina y el pesado bulto de la costumbre de su vida plana y vacía. Lo que no sospechó en ese turbulento momento de frenesí, mientras su cuerpo destrozado viajaba por el túnel de un tornado voraz, era que su verdadera tragedia apenas acababa de comenzar.

CONTINUARÁ...


Espera el próximo jueves la parte final del cuento.


ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

jueves, 23 de agosto de 2018

FELIZ CUMPLEAÑOS ÑOÑO




Ayer, en medio de una cascada de sol y buenos deseos, de abrazos, besos y cariño sincero, se cumplió una vez mas el aniversario de mi nacimiento, mi cumpleaños número 35 bajo un inmaculado cielo de agosto, y por segundo año consecutivo, tu llamada no llegó. El calor de tu voz fuerte permaneció como un recuerdo fundido en las fosas mi memoria, mas no sonó como siempre lo hacía cada 22 de agosto, con aquel fulgor de los tiempos idos, ni con el cariño cansado de los últimos años. No me arropó con su canto habitual, ni me acarició la brisa fresca que traía el acostumbrado y oportuno consejo. Quedó sólo la ausencia que hiere a cuenta gotas, el vacío del silencio, la expectativa quebrada el mil pedazos, y un alma abatida porque tú no estás.

Decidí entonces esperarte con paciencia loca en el asiento de mis sueños. Descubrir tu figura en la distancia, tus movimientos en el horizonte inmaterial, y el centelleo de tu mirada al final del camino. Anhelaba sentir una vez más el aroma fresco de un abrazo, el beso cálido de tu corazón cansado, una sonrisa, un apretón palpitante de tus manos, tu voz, una palabra, un suspiro. Pero me perdí en el laberinto oscuro de mis pensamientos trémulos, sin encontrar la ruta hacía el tranquilo mundo de los sueños. Naufragué en un mar embravecido de reminiscencias, y me ahogué el torbellino violento del insomnio. Recordé mi niñez a tu lado, los paseos por el parque, el aroma a café y cigarrillo en el ambiente, la música vieja como fondo constante, la radio como centro del universo, y el fascinante terror de tus historias. Galopé entonces a paso lento por el muro que puso la distancia, las llamadas y visitas esporádicas, el tiempo desperdiciado, los encuentros cortos, los mensajes que aun conservo y atesoro en mi celular. Quise revivir aquella tarde soleada donde con todos tus nietos y bisnietos explotó en tu rostro la alegría y la satisfacción de haber dejado un legado más importante en esa descendencia que en el mismo mundo de la radio. Pero me asfixiaron las telarañas de los años transcurridos y me perdí el humo negro del pasado.

Hoy, 23 de agosto, en medio de un cielo sombrío que se caía a pedazos en un aguacero interminable, no pude hacer la llamada para felicitarte por el que sería tu cumpleaños número 85. Se me atragantaron los buenos deseos en mi alma y se llenó de congoja mi corazón. Te tuve en mi mente y en mi pecho durante todo el día, como todos los días en los últimos dos años. Hasta que descubrí, justo cuando se fundía el sol en un mar ceniciento bajo un firmamento mojado, que tu presencia se encuentra en cada célula de mi cuerpo, que en verdad soy la prolongación de tu existencia. Tu rostro ilumina mi espejo, es tu nombre el que adorna mi firma, y estas ahí donde el corazón te recuerda y te extraña. Por eso no intentaré buscarte en mis sueños… más bien esperaré pacientemente tu visita en mis pensamientos, para abrazarte y besarte con cada recuerdo, sabiendo que de alguna manera este mensaje, y los buenos deseos por tu cumpleaños, te llegarán con toda intensidad, en un marco espiritual diferente, misterioso, luminoso…. Cargado de amor.

Feliz cumpleaños abuelo querido…. Feliz cumpleaños ñoño.



ALVARO RUIZ REYES

Copyright © Alvaro Ruiz Reyes

domingo, 4 de septiembre de 2016

LA MAGIA DEL DOMINGO


Comparto con ustedes esta crónica que escribí hace varios años, en un domingo cualquiera, en la ciudad de Barranquilla


…Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.
Génesis 2:2.



Parece que los domingos trajeran adheridos en cada amanecer ese letargo cósmico, ese cansancio infinito y una flojera crónica que nos quita por completo las ganas de hacer algo productivo en todo el día. Los domingos fueron hechos para descargar toda la pereza acumulada a cantaros en una semana de absorbente ajetreo, de ir y venir; cinco o seis días de trabajo, estudio, reuniones, etc. Y un día (algunas veces dos) al final de la exhaustiva semana atiborrada de tanto estrés, para proporcionarle mas carga al maltratado cuerpo en fiestas, parrandas, rumbas y demás jolgorios nocturnos.
En ese séptimo día de la semana todo parece distinto y peculiar. El sol arde con más fuerza y arroja rayos de un amarillo intenso; los colores tienen un matiz diferente, brillan de una manera altanera, como para mantener el equilibrio ante la ausencia total de ruido y movimiento, los cuales se toman también ese día de descanso.
No sé si el paisaje en verdad es diferente alcanzando su máximo esplendor el día de su muerte (renaciendo con poco brillo en lunes), o es una simple percepción de los agotados sentidos humanos, lo cierto es que ese cambio en el entorno altera nuestras costumbres, nuestro rutinario estilo de vida y nos lleva a realizar labores o tareas que no tienen cabida en los demás días de la semana.
Hace un par de domingos, mientras disfrutaba de un delicioso desayuno cargado en colesterol en uno de los almacenes de cadena más importantes del país, vi como poco a poco la magia de ese séptimo día me absorbía con rudeza. De un momento a otro como el inesperado tronar del firmamento en un día de cielo despejado, solté los cubiertos dejándolos caer sobre la roja bandeja que adornaba mi solitaria mesa, y comencé a mirar a mi alrededor ignorando por completo el tentador y grasoso plato que me coqueteaba con su exquisito perfume. Mis ojos se jactaron de un platillo mucho más interesante, de situaciones que embarcaron a mi imaginación en un viaje de sutil locura y a una interminable avalancha de emociones.
 En la mesa que se encontraba justo al frente de la mía, estaban un par de señores, sus cabellos adornados por la nieve del tiempo mostraban que habían pasado hacia ya muchos años las 50 primaveras. En las marcadas arrugas de la frente se podía leer perfectamente el cansancio de toda una vida de lucha, y en sus profundas miradas la extinta llama de la esperanza.
En su metálica mesa contrastaba el rojo lava de la bandeja con el insípido verde de los vegetales que estaba consumiendo uno de ellos, y con el verde intenso y provocador de una botella de la deliciosa cerveza holandesa Heineken. Pero no fue la marchita apariencia de este par de personajes, ni lo particular de sus desayunos lo que llevó mis sentidos y completa atención hacia su mesa, para nada, fue su elocuente conversación, la cual llegaba con claridad hasta mis oídos, la que interrumpió mi desayuno y me sumergió en la misteriosa magia del Domingo.
El que disfrutaba con fingidos gestos del verde y saludable plato de vegetales hervidos era el que mas fuerte hablaba, vestía suéter negro deportivo sin mangas, pantaloneta juvenil de igual color y unos tenis blancos con el famoso chulo de “Niké”. Este individuo de bigotes grises le comentaba a su compañero sobre los últimos avances en el campo de la medicina, le hablaba sobre los nuevos tratamientos para importantes dolencias y problemas de salud de personas mayores. También hacia alusión a las nuevas drogas para el colesterol, diabetes, osteoporosis, etc. A lo que decía le imprimía tal seguridad que parecía ser un experto en el tema. El otro señor formalmente vestido con pantalón de lino blanco, camisa gris y zapatos de cuero marrón, lo escuchaba atentamente mientras en su cara se dibujaba cierta expresión de éxtasis siempre que tomaba un sorbo de cerveza. Este personaje considerablemente más robusto que el de la pinta deportiva hacia importantes aportes a la conversación sobre medicinas y tratamientos que eran lo ultimo en otros países. Al igual que su compañero sus palabras tenían talladas en cada letra tal propiedad que no dudé un solo instante que se tratara de algún medico compartiendo conocimientos con uno de sus colegas. cual grande fue mi sorpresa cuando el individuo dueño del plato de vegetales al terminarse el ultimo brócoli le dice a su acompañante: “viejo lucho si no hubiera estudiando derecho creo que hubiese sido medico”, el otro le regala una leve sonrisa mientras mira con nostalgia la verde botella de cerveza completamente vacía, se quita las enormes gafas de su rostro y le responde con la voz bañada en melancolía: “la medicina es muy bonita y mas a nuestra edad, a mí también me hubiera gustado ser médico”.
Me dije de inmediato: << ¡caramba! Si estos individuos fueran médicos, químicos farmaceutas o científicos, sin duda alguna estarían dando importantes charlas a lo largo y ancho del planeta en auditorios a reventar, y gozaran de fama y prestigio mundial debido a sus avanzados conocimientos en la materia >>
Al instante de tan “apremiante” pensamiento, me llegó con una fuerza volcánica una reflexión inesperada, y recordé de golpe todas esas visitas a la camada de familiares con piel de papel arrugado y cabellos desteñidos por la inclemencia de los años.
En esos exasperantes encuentros llegan como siempre los tan acostumbrados y emotivos saludos y las infaltables frases de cajón: <<Ay como estas de alto y simpático…..cada vez te pareces más a tu papá, ¿en que curso estas ya? (Según la gastada percepción de estos amables dinosaurios voy a seguir creciendo toda la vida y llevo mas de 20 años en el colegio)
Después de que indagan un poco en la vida de cada uno de nosotros, y de preguntarme hasta la desesperación que en que curso estoy, y de responderle cada vez con mas amabilidad y lentitud que hace años termine el colegio, vienen los temas preferidos para estos seres de gastada voz y tierna mirada: enfermedades, medicinas, dolencias y demás males de la vejez. Que no son más que “achaques de viejo”.
Es en ese inmaterial estado del tiempo cuando se viene con una furia extrema la avalancha de preguntas: ¿que tomo para este dolor?, ¿qué me recomiendas para esta molestia?, ¿qué medicina es mejor para esto?, ¿qué remedio en más efectivo para aquello?, ¿es mejor comprar la de marca o la genérica?, ¿es normal que tal pastilla me de sueño?, ¿hasta cuando tengo que seguir con el tratamiento?
En esas visitas eternas escucho gran cantidad de nombres de medicamentos, de tratamientos, de dolencias, de partes del cuerpo que nunca aparecieron en mis aburridas clases de anatomía. Ya casi rayando en la locura, mientras mi papá en su calidad de medico empieza a recetarles un millón de remedios para sus males reales e inventados digo para mis adentros: <<Nojoda, acaban de decir tantos y tantos nombres de medicinas, y yo solo conozco el Dolex para el dolor de cabeza, y eso que vivo en la casa de un medico donde hay cajas de pastillas y jarabes por todas partes>>

Esos desteñidos recuerdos, y el cuadro del par de señores justo al frente de mi mesa, con su charla médica, sus desayunos tan particulares e insípidos y la tristeza esculpida en sus miradas me hizo pensar con más detenimiento en la vejez, en todo lo que viene con ella, en el sabio adagio que dice que “la vejez no llega sola”, ¿pero que es lo que viene con la vejez? ¿Será que lo único que trae la navegación de muchos años por los océanos de la vida es una ingrata red llena de enfermedades, padecimientos, males y un saco inútil atiborrado de conocimientos médicos que solo sirven para alimentar la angustia e incentivar la invención de dolores? Llegué a la temprana conclusión que toda esa experiencia que deja la suma de muchos amaneceres no sirve para nada en la marchita etapa final de la vida, y terminamos todos sucumbiendo ante los famosos achaques y preocupaciones por una quebrantada salud, producto no del desgaste del cuerpo, si no por el abandono afectivo de los seres queridos, que nos terminan confinando en el rincón mas oscuro, como a un mueble viejo que es devorado día a día sin clemencia por el comején del olvido.

Miré una vez mas al dueto de veteranos y advertí que el sujeto de camiseta negra y zapatos blancos deportivos se había marchado, dejando a su compañero de debate contemplando en la soledad de una fría mesa de electroplata, las grandes y apetitosas papayas que adornaban el sector de frutas junto a la cafetería, mientras su pie seguía el compás de un merengue dominicano y su cara volvía a pintarse de éxtasis con cada sorbo de la segunda botella de cerveza, enseñándome que en ese momento no era viejo ni joven, que en ese febril susurro de la mañana solo era un ser que disfrutaba de la radiante belleza de las papayas, de las embriagantes notas de una trompeta y del exquisito y afrodisíaco sabor de una buena cerveza. Me enseño en la distancia, sin saberlo, que la vejez no llega de golpe, y que la vida nos entrena con esmero para ese estado.


Ya cuando mi mente se despejaba del tráfico de reflexiones sobre los adultos mayores, aprecie acercarse a la mesa que se encontraba justo a mi derecha a un trío de individuos de abdomen hinchado, con bandejas atestadas de comida rica en grasa, y orgullosamente vestidos con camisetas del Atlético Júnior. De nuevo mi atención abandonó mi humeante plato y se postró en la mesa de aquellos sujetos que aun no se habían terminado de sentar cuando ya estaban engullendo con desesperación el collar de butifarras, chorizos, morcillas y papas fritas que emperifollaban sus platos.
Enseguida me dije agregándole una pizca de humor al pensamiento: <<erda, si el man de la camiseta oscura los viera, sin duda alguna les pronosticaría un infarto en los próximos 5 años>>
Esos señores con el voraz apetito de una manada de leones personificaron correctamente a ese tipo de personas que tienen al domingo no como un simple y anhelado día de descanso, si no como un día glorioso de mundana libertad. Donde pueden dejar a un lado la dieta de la semana y embuchar todo lo que el estomago aguante, llenando el corazón y las arterias de grasa y a la vez de felicidad. También tienen en ese día el escenario propicio para hartar cuanta cerveza pase por sus manos, embriagando el alma de alegría. Y no llegué a esta conclusión de sus gustos etílicos por la exuberante hinchazón de sus vientres, mas bien fue por el deseo con que uno de ellos miro la verde y tentadora botella de Heineken que bebía a sorbos pequeños el anciano de la mesa de enfrente, y por la cara que puso al mejor estilo de Homero Simpson mientras evocaba una cerveza imaginaria: <<hmmmm cervezaaa>>
Estos tres adictos al colesterol, que al igual que yo solo deben conocer algún tipo de pastilla para el dolor de cabeza y como mucho una sal de frutas para la indigestión, mostraron la viva imagen del hombre que cumple al pie de la letra el primer mandamiento del Barranquillero: “amar a Júnior sobre todos los equipos del mundo”, en algunos casos diría yo, no solamente sobre todos los equipos, si no sobre todas las cosas.
Si había una pinta segura en toda la semana era la del domingo, la acostumbrada camiseta rojiblanca del Júnior de Barranquilla, esa estaba lista desde la noche anterior para en la mañana tenerla puesta lo antes posible, seguramente para enviarle las buenas energías en calidad de ferviente hincha al equipo amado desde temprano.
Fue ahí, de inmediato cuando pensé: joda verdad, hoy juega el Júnior, debería ir al estadio. Pero también recordé lo corto que estaba de plata y de tajo corté ese plan de la tarde.
Cuando levanté nuevamente la mirada ya los tres hombres se levantaban de la mesa dejando sobre su metálica planicie los platos de icopor completamente vacíos y limpios, como si nunca hubieran reposado en ellos tales alimentos. Es mas, uno de los platos tenia algo que se me hizo parecido a una violenta mordida, otra vez riendo para mis adentros me dije: <<estos manes si que tenían hambre>>
Los vi desaparecer con los rostros bañados en satisfacción, de pronto no por el engullido festín, más bien, pensé yo, por lo que venía después de ese exagerado desayuno. Con la barriga mas abultada, producto esta vez si, de su infinita glotonería, y luciendo con mas orgullo que antes la camiseta de rayas rojas y blancas con el flamante numero 10 en la espalda, se perdieron ante la romería de compradores en las cajas y se hundieron en el resplandor matutino de la salida del almacén.

Habiendo desaparecido las distracciones en la cafetería me propuse a terminar de una vez con todas con mi desayuno, el cual ya estaba comenzando a perder ese fragante ardor y sublime encanto que tenia cuando se poso sobre mi bandeja escarlata, para así continuar con las labores del domingo que no serian otras que una larga y serena visita a unos familiares de cabellera blanca, y sucumbir ante los hechizos de la programación de televisión extranjera durante el calor de la tarde. Pero otra vez me resulto imposible enfilar mi completa atención en la afanosa tarea de darle muerte a ese apetitoso manjar, pues hizo su aparición en la álgida escena de la cafetería, entre los obstáculos imperiosos de mesas y sillas regadas, una hermosa mujer de no mas de 23 años de edad, con una figura provocativamente esbelta y fresca, con su rubio y húmedo cabello amarrado en una cola de caballo haciendo perfecto contraste con su tersa piel de nácar, y una insinuante pinta que solo puede ser usada en el abrazante clima del litoral caribe.
Anhelé de corazón que se sentara en mi mesa y me regalara el resplandor inmaculado de su compañía durante el poco tiempo que faltaba para terminar mi eterno desayuno, pero mientras absorbía la elipsis de su aromática estela, una mano la apretó con propiedad y cariño por la muñeca y la condujo a una mesa algo distante de la mía, pero al completo alcance de mi entrometida e inquietante mirada.
Su rostro se ilumino con una gracia casi infantil al chocar su mirada con la del compañero considerablemente mayor que la observaba con una devoción al borde de lo religioso. Se abrazaron y besaron con demasiado amor para ser novios, y definitivamente con mucha pasión para ser una pareja de esposos. De pronto podrían estar recién casados, pero no vi anillos que respaldaran mi curiosa suposición. Fue entonces cuando otra vez el delirante encanto del séptimo día de la semana jugó con mi razón e hizo trizas mi cordura llenando mi mente con chorros de fantástica locura, haciéndome ver a esos dos enamorados como las frenéticas presas de un amor prohibido, las cuales desbordan el sentimiento de sus pechos en el gélido refugio de un almacén de cadena, entre las miradas chismosas de una cuadrilla de desconocidos y la apacible caricia de las robustas y tiernas guayabas en el mostrador de frutas, mientras consumen casi sin darse cuenta, un desayuno artificial que preste las energías necesarias para poder soportar la potente tempestad de la faena de amor del resto del día.
Mientras mas me adentraba a galope firme en la llanura de fantasías desbordadas, me asaltó otra vez la luz de la sensatez, y me dije: <<erda me voy a volver loco pensando tantas pendejadas, mejor me como esta vaina rápido y me voy de aquí, nada de vejez, medicamentos, salud, cerveza, Júnior y amor>>
Así que trinché con vigor el último trozo de salchicha embarrada en salsa de tomate y me lo llevé a la boca, tragándolo casi entero, bebí el ultimo sorbo del ácido jugo de maracuyá, me limpié los labios con la servilleta y me dispuse a salir de ese lugar antes de seguir pensando en vainas raras.
Al salir del almacén, mientras mis ojos se reponían de las puñaladas del resplandor de la mañana, medité un poco sobre lo sucedido en la cafetería, y mi única conclusión fue que el domingo me había presentado todo su extraordinario embrujo en la vida e imagen de diferentes personas, las cuales son todas mundos distintos, que forman en conjunto, este universo de locura de la humanidad, que a veces pasa tan desapercibido en los demás días de la semana donde solo queda tiempo para medio almorzar a las carreras y llegar a tiempo al sitio de trabajo, medio saludar a la familia y empotrar la mirada en el hechizante brillo de la televisión. En fin, en tanto ajetreo solo tenemos tiempo para medio respirar, medio observar, medio amar, medio vivir.

Caminé por la calle pensando un poco aliviado, que en el sombrío y gris despertar del lunes mi aguda percepción y delirantes sentidos estarán enfocados otra vez en lo mismo, mientras con el pañuelo secaba el rebosado brote de sudor en mi cara, y con el pecho hinchado dije a viva voz: ¡nojoda que sol tan hijueputa, tenia que ser domingo!