jueves, 29 de septiembre de 2016

El Payaso


#JuevesdeCuento



Éste cuento hace parte de la recopilación de cuentos de mi autoría, MAR DEMENTE, Nueve cuentos de Locura, disponible en Amazon.com. Espero sea de su agrado.

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Cuando Carolina abrió sus ojos verdes en esa mañana fría regada por una llovizna perpetua y triste, tuvo la convicción absoluta y la certeza total de que en el transcurso de ese opaco día de Marzo, por fin se cumpliría su más enferma y decadente fantasía sexual: Tirarse a un Payaso.
Por eso se despertó rociada por el bálsamo de la felicidad y se levantó de su cama caliente de un solo salto, guardando dentro de sí los mejores ánimos del mundo en mucho tiempo, pues algo le decía que tantos fracasos le habían dejado el conocimiento suficiente para saber cómo y dónde debía buscar al candidato perfecto. Así que sin perder más tiempo se puso en la difícil tarea de pensar desde ese preciso instante en la pinta adecuada para la ocasión: no muy insinuante, pero provocadora. Eso sí, la ropa interior no guardaría tapujos y enseñaría completamente lo mejor de su bien formada figura de Top Model.
El día transcurrió en medio de pensamientos obscenos, selección de lencería, y conjuros secretos de belleza. Una inmensa emoción la hacía temblar por momentos de solo imaginar ese blanco rostro coloreado, con unos labios rojos desparramados en un gesto punzante de gracia y burla, decorado con una enorme nariz plástica y ojos relampagueantes de felicidad. Sin darse cuenta, y en medio de lujuriosos suspiros, ya tenía el negro rostro de la noche encima, engalanada por el rítmico canto de la lluvia vacilante de todo el día. Después de armar vía Whatsapp el plan nocturno perfecto con sus compinches de siempre, de encontrar el traje apropiado, accesorios indicados y tonalidad de maquillaje perfecta, tarea que casi la adentra en la profundidad de la madrugada, tomó su lujoso automóvil y emprendió a toda prisa el camino rumbo a la locura y hacia la promesa mordaz del placer total.

Después de un interminable trayecto por la autopista norte, y de conseguir un lugar de parqueo de lujo gracias al poder infinito de su coquetería, por fin se posó en la puerta del establecimiento de la rumba del momento mostrando todo el esplendor de su picante belleza y porte sin igual, cuando sin esperarlo, en medio del gentío que se afanaba por entrar al sagrado recinto de la diversión, distinguió en la distancia a una figura desdeñada y fangosa, que representaba en su lastimera existencia, todo lo que ella necesitaba para dar rienda suelta a su fantasía y convertirla de una vez por todas en una realidad palpable. Porque nunca a lo largo de su vida de placeres y caprichos se había quedado con las ganas de hacer algo, de cumplir un sueño, de alcanzar una meta por muy difícil que ésta fuera. Por eso se alejó de su grupo de amigos pretenciosos y con total determinación caminó con su andar imponente por toda la acera de la discoteca, haciendo sonar con enjundia sus altos y finos tacones sobre el pavimento besado por la lluvia. Se acercó a la rústica figura y tocó el hombro empapado y blando de aquel espectro de la noche, sabiendo que después de esa charla, su vida cambiaría para siempre.

Y ahí estaba él, un cuarto de hora después, con su bufonesco y gastado rostro adornando la fea habitación de un asqueroso motel barato en el centro de la ciudad, donde reposaba una escultura desnuda de mujer sobre una cama sucia, desordenada, harapienta y sazonada con el sudor agrio de varios amantes cortos de presupuesto pero con exceso de deseos, lujuria y pasión. Como ese miserable payaso que la devoraba con sus ojos rojos y cansados, sintiendo en la lejanía de sus cuerpos calientes esa piel fresca, perfumada y suave, en contraste con los callos de sus manos rusticas y malvadas, ansiosas de esa carne, de esas curvas de silicona cinceladas en el gimnasio y en el quirófano; de aquella boca vaporosa pintada de ese rojo carmesí provocador, que lo invitaba a zambullirse en el deseo y consumir violentamente el jugo efervescente de su sexo en llamas, en la que se había convertido a pesar de la llovizna interminable, en su noche de suerte.
Ella lo observaba con sus ojos verdosos y seguros. Lo reparaba de los pies a la cabeza, y cada detalle de su pintoresca vestimenta la llevaba al límite estrepitoso del placer. No había dudas de lo acertada de su elección, después de los tres fracasos anteriores en busca de cumplir su fantasía mas retorcida y encontrar por fin la excitación absoluta. Ese payaso de la calle, quien había llegado a ella como una aparición divina en la puerta de la discoteca más popular del momento, sería el instrumento apropiado para alcanzar ese sueño sexual en aquella noche lluviosa y fría de la capital, sin duda alguna, su noche de suerte. Por eso cuando lo vio acercarse a la mugrienta cama con su nariz roja desteñida y su peluca crespa color fucsia, sintió una explosión en todo su cuerpo erizado, y un temblor incontenible en sus robustas y bien formadas piernas. El espectáculo estaba a punto de comenzar.

El payaso comenzó a recorrer la geografía montañosa de su cuerpo expuesto con sus manos sucias y ásperas sintiendo la superficie acuosa vibrar indefensa bajo el roce potente de la yema de sus dedos inquietos. Luego, ella  sintió el contacto de su añeja lengua de fuego sobre la piel tersa de su marcado abdomen. Sintió también sus labios agrietados en la mejilla izquierda, su aliento agrio y  fermentado, y el colorete barato que se mezclaba uniformemente con el sudor de sus pechos erguidos y de su cuello delicado absorto en la lujuria total.
Ella suspiraba por el infinito deleite, jadeaba por el acelerado latir de su corazón fatigado, mientras acariciaba la ropa deteriorada, sucia, satinada y multicolor de su vistoso amante. Comenzando por el pantalón bombacho lleno de agujeros y empapado de un olor bestial, pasando luego por los remendados tirantes color purpura untados de grasa y mugre, terminado en su desgarrada camisa verde fosforescente y chaleco amarillo con bolas rojas impregnado por un aroma a gasolina quemada, leche rancia, tabaco, cerveza y orín ácido, donde pudo sentir una barriga hinchada, grasosa y redonda bajo el brillo opacado de aquel uniforme de batalla, que se zarandeaba y palpitaba como con vida propia chocando bruscamente contra su cuerpo emocionado. En ese momento supo en medio de la neblina de su mente excitada, que estaba muy cerca de lograr su macro orgasmo intenso con ese payaso harapiento, viejo y mal oliente, lo que no pudo hacer con aquel otro refinado arlequín de la televisión, ni ese otro bufón desgraciado que sonsacó de un prestigioso circo Mexicano, ni mucho menos el Gigoló musculoso y varonil que contrato, vistió y maquilló con la más ridícula y sugestiva indumentaria de payaso y de mimo alcanzando solo un elevado pico de aburrimiento y frustración. Pero todo eso pertenecía al pasado, fueron ensayos necesarios que le demostraron que su objetivo estaba en la calle, en lo ocasional, en la frontera de lo vulgar y repugnante. Por eso cuando lo vio sentado en el andén a las afueras de la discoteca, con sus ropas húmedas, desteñidas, manchadas, y con una botella de aguardiente envuelta rústicamente en una bolsa de papel marrón, se lanzó de inmediato hacia ese ser siniestro, robusto, sin afeitar y de dientes amarillos, para proponerle el Show de su vida, el espectáculo circense de sus sueños, envuelto por el celofán de la pasión y amarrado por el lazo rojo de la lujuria. Y ahora en este instante, cuando lo sentía caliente entre sus piernas perfectas, solo faltaba que ese hostil y desaliñado “profesional” callejero del humor, le clavara su portentosa fecha de acero inoxidable en lo más profundo de la mojada e hirviente caverna de su ser.
Fue en ese momento agudo cuando el agitado saltimbanqui, aquel mequetrefe inmundo, entendió el sutil mensaje de su compañera de faena quien tenía abierta las puertas del placer esperando su brutal embestida final. Así que sin perder más tiempo, pero sin demostrar el desespero y el hambre, se quitó su colorida peluca crespa y la arrojó hacía el aire denso de la habitación. Luego retiró sus feos tirantes y dejó caer su ridículo pantalón, dejando al descubierto unos deprimentes y gastados calzoncillos pardos, decorados con agujeros de polillas y manchas de blanqueador al tiempo que escupía una fragancia penetrante y nauseabunda mezcla de sudor podrido y orín seco, que a ella le pareció la materialización odorífica del placer. El payaso le regaló una sonrisa de picardía enseñándole sus dientes amarillos manchados de nicotina y café, mientras se quitaba lentamente esos tristes y pestilentes calzones quedando al aire libre su sexo aguado, amorfo y totalmente muerto.
Cuando ella vio la pequeña e inerte gelatina en la entre pierna de su amante se le borró inmediatamente la sonrisa traviesa del rostro. Él sintió  enseguida su inquisidora mirada verde y decepcionada clavarse en el cadáver de su miembro, al tiempo que su consternación y vergüenza se hacían insoportables. Trató sin éxito de revivirlo con un par de bofetadas, de despertarlo de su sueño profundo con pensamientos sucios, de animarlo con la estampa de mujer que tenía enfrente completamente desnuda y en bandeja, solo para él, pero nada funcionaba. Siempre pensó que su problema de virilidad era culpa de su gorda, vieja y desagraciada mujer, y más aun cuando uno de sus amigos más sabios de la calle decía: “el huevo no se muere, se aburre”. Él estaba totalmente de acuerdo, pero si ésta jovencita de cabello castaño claro, ojos verdes, carita de princesa, cuerpo de diosa con un abdomen plano, trasero redondo, senos grandes de silicona, estatura, porte, clase y con una aroma celestial brotando de su piel de azúcar no podía “entretener al muñeco” la cosa estaba realmente difícil. Estaba a punto de coger sus puercas ropas y salir corriendo cuando una carcajada quebró la tensión del momento y frenó su cometido. Era ella, su presa, la que reía con tal bullicio. La que lanzaba risotadas al aire y lloraba de alegría, o de burla, él no lo precisaba en el momento. Pero esas carcajadas eran puñaladas certeras que lo laceraban, lo herían, lo maltrataban en el lugar más doloroso para un hombre: el ego. Entonces el pobre y andrajoso guasón comenzó a llorar en silencio mientras la risa iba creciendo en volumen, en intensidad haciéndose más potente y letal a su orgullo quebrado y dignidad extinta. Él, acostumbrado a la risa de la gente, a que se burlaran todo el tiempo de sus actos, de sus chistes, de sus monerías en los semáforos y en los buses de transporte público, le parecía insoportable ser blanco de ésta “broma” en especial. Le carcomía el alma, lo llenaba de frustración, de dolor, de ira, de una rabia incontrolable hasta el punto de querer borrar ese sonido para siempre del ambiente, de no volver a escuchar nunca más la risa de nadie. Dejar de esforzarse para sacar carcajadas y golpear a todo aquel que se atreviera a arrojarle una sonrisa aunque fuera de lejos. Así que sin darse cuenta concentró todo su resentimiento en su mano derecha, y lanzó un fuerte latigazo cargado de dolor y rencor hacia la fuente tentadora de la risa, destrozándole los labios carmesí en el primer contacto. Pero la risa seguía y seguía. Cada vez más eficaz, más afilada y aguda. Le dio bofetadas en todos los sentidos hasta que se le entumeció el brazo sin lograr callar el estruendo de la burla. Desesperado, y con el colorete chorreado en su rostro arrugado, decidió apretarle la garganta con tanta fuerza que se detuviera el flujo endemoniado de esa carcajada demente, y así lo hizo con vigor, con fortaleza y determinación. Estrangulando a la bella joven con sus manos toscas, rusticas y malvadas, sintiendo su cuello magullado y molido entre sus dedos vivos. De repente un ardor incontrolable se apoderó de su entrepierna y un volcán enardecido en su interior estalló queriendo fluir a través de su miembro enfurecido y vital. Ella seguía riendo y llorando de alegría, y más aun al sentir aquella estaca enterrarse victoriosa en lo más recóndito de su cueva ansiosa quemando su interior con esa lava ardiente de pasión. Llenando su cuerpo exhausto de sensaciones maravillosas, inimaginables y placenteras nunca antes probadas en el manjar humeante del sexo: el macro orgasmo intenso. Y explotaron juntos en un huracán de los mil demonios, y una oleada de luz los cubrió al tiempo que los gritos se confundieron en un solo sonido de poder que reventó los empañados y sucios ventanales de la asquerosa habitación generando una lluvia nutrida de esquilas sobre la cama de vapor y entre los cuerpos mezclados en su superficie mojada y grasienta.

Después del frenesí el payaso Chispita, como se hacía llamar en sus actos de humor callejero, abrió lentamente los ojos rojos y cansados. Se pasó su mano callosa por la cara sudada y con el maquillaje corrido. Se colocó lentamente su vestimenta puerca, satinada, multicolor. Recogió la peluca crespa fucsia que le cubría una incipiente calva y las hebras cenicientas de su cabello, y la acomodó diligentemente sobre su cabeza. Tomó la bolsa sarnosa con sus pocas pertenecías y sacó una botella de aguardiente envuelta en papel marrón. Bebió todo el licor de un solo sorbo y dijo: Trato cumplido mamacita rica. Cerró los ojos inertes de su amada y salió corriendo del cuarto dejándola tendida en la cama, totalmente desnuda y con una expresión fija en su rostro muerto, de felicidad.



FIN

ALVARO RUIZ REYES
Copyright © Alvaro Ruiz Reyes




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1 comentario:

  1. Hola! Por lo que veo son relatos escritos por ti mismo, genial!! Prometo pasarme por aquí y leerte un día que tenga más tiempo!
    Un beso

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